Al borde del deseo II

Sabíamos que esto no podía seguir así. Jamás había tenido tanta piel con alguien como con Camilo, pero no podía jugar con los sentimientos de Rodrigo, estaba mal.

Cerré los ojos aquella noche y sentí el cuerpo de Camilo abrazar el mío después del placer de sentirnos juntos. Nadie me abrazaba como él. Nadie me hacía dormir con tanta paz.

Le abrí la puerta, lo besé y le dije —hasta cuando vuelva a ser—. Él me correspondió como si me conociera de toda la vida y me dio una sonrisa cómplice, que sellaba aquella noche que habíamos pasado juntos.

Me dolía saber que estaba en pareja. Me dolía que no fuesen para mí esas dedicatorias de amor que hacía en sus fotos, me dolía estar en la sombra. Y a la vez, no podía resistir el impulso de aceptar cada una de sus invitaciones a vernos, sabía que estaba mal, pero no lo podía evitar, había algo en su ser que era hipnótico.

Al cerrarle la puerta a Camilo, mi celular empezó a sonar, era una llamada de Rodrigo. Atendí, y sentí su voz como apagada. — ¿Sabrina, estás muy ocupada?

— No. Decime qué pasa —le respondí yo.

— ¿Puedo ir a tu casa?

— Si, acá estoy. Justo estaba pensando en qué almorzar — le dije.

— Cocino yo entonces. Nos vemos en un rato.

El plan me encantaba. Siempre solía cocinar yo, y por una vez me iba a evitar el trabajo. A su vez me dio la intriga de porqué Rodrigo la noche anterior me había mandado mensajes tarde en la noche, y ahora en la llamada su voz se sentía rara, como triste. Sin pensar demasiado me fui a bañar, el día empezaba diferente.

Cuando salí de la ducha, sentí el timbre, me asomé por la ventana de mi pieza y era Rodrigo con unas bolsas de compras. Me vestí, le abrí la puerta, y él instintivamente, me buscó la boca para darme un beso, el cual yo correspondí. Siempre pensé que los labios de Rodrigo besaban con calma, besaban disfrutando cada momento, no a las apuradas.

Dejó las bolsas arriba de la mesa de la cocina, y vi que había algunos limones y unas verduras, y un pedazo de carne adentro de una bolsa transparente, que Rodrigo agarró, y puso en la heladera.

—  Te voy a cocinar una de mis recetas favoritas, carne al horno con papas al limón.

Y yo sonreí, también era una de mis recetas favoritas, mi mamá la hacía como nadie.

— Como lleva mucho tiempo de cocción voy a empezar ahora así no comemos muy tarde — me dijo, después de preguntarme dónde estaban las fuentes de horno y como prenderlo.

Lo vi cocinar, y me di cuenta de que si bien la piel que tenía con Camilo era muy fuerte, una relación no era solo eso. Y no me merecía sobras de amor de nadie.

— Bueno. Ya metí todo al horno. Ahora dentro de una hora va a estar listo —  Yo sonreí. — ¿Podemos hablar de algo importante? Me dijo. Y se puso serio. Yo lo supe. Probablemente sabía de lo mío con Camilo. ¿Pero porqué si me iba a cortar vino a mi casa y se puso a cocinar? No tenía sentido.

— Anoche yo no estaba bien. Mi mamá, que estaba viviendo en Brasil, falleció. Me llamó Marielle, su pareja. Por eso es que necesitaba hablar con vos anoche, era tarde, lo sé, pero vi que leíste mi mensaje, realmente te extrañaba y necesitaba no estar solo. Yo soy hijo único, de mi mamá al menos, y hacen varios años que ella vivía en Brasil. Yo te amo Sabrina, pero necesito saber si vos estás igual de comprometida en la relación como yo lo estoy, porque si no es así yo quiero que dejemos de perder el tiempo en algo que no nos va a llevar a ningún lado. Pero si vos estás comprometida a esto, pongamos lo mejor de nosotros para que esto funcione.

Y ahí lo vi claro. No podía seguir recibiendo sobras de amor de Camilo, porque yo bien sabía que no podía esperar a que dejase a su novia. No lo iba a hacer, le gustaba la aventura de ser infiel, mientras que Rodrigo me ofrecía la oportunidad de un proyecto juntos, y me amaba.

— ¿Cuánto tiempo tenemos hasta que esté lista la comida, una hora dijiste? — Le respondí. Me miró extrañado, al principio, pero me le acerqué y le di un beso apasionado en la boca. — Con vos hasta donde quieras.

Ambos supimos bien que hacer, me sacó la remera, y yo le metí la mano por debajo del pantalón.

Y en ese momento en donde sus labios acariciaban mi piel, se metían en mi centro y me hacían olvidar de Camilo yo lo supe. Había elegido bien.

El resto del día lo pasamos juntos, y me prometí no volver a responder los mensajes de Camilo, por el bien de mi salud mental.

— Anoche fue la última vez que pasamos juntos. Lo nuestro pudo ser y no fue, y ahora hemos tomado caminos separados y así debe ser. Te deseo lo mejor Camilo, pero no los volveremos a ver —  En el momento que mandé aquel mensaje, sentí como la boca de Rodrigo se prendía suavemente de mi cuello, y con sus manos acariciaba mi cintura.

— Perdón por dejarte solo anoche. Perdón por lo de tu mamá — le respondí, y realmente me sentía muy culpable.

— Está bien y lo entiendo. Ahora enfoquémonos en lo nuestro, y con vos morocha a donde sea —

Solo diré que aquella noche hice una promesa para mí misma — nunca más aceptar migajas de nadie.

FIN

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