La penumbra de la mente | Séptima Parte: Una Bestia Hermosa

Escena 3

Con cada momento que transcurría a Cornejo se le hacía más difícil mantener viable el interrogatorio, no podía creer la atrocidad que le estaban contando. Ángel se percató de ello y decidió quedarse callado unos minutos para darle un respiro al ex inspector.

―¿Nunca hicieron la denuncia?

―No, como podrá deducir, éramos muy pequeños y no sabíamos cómo actuar en esa situación. Sólo nos refugiamos uno en el otro. Ninguno se atrevía a hablar porque él nos decía que nos iba a matar si hablábamos ―sentenció cubriéndose el rostro, quitando solo por unos segundos el aspecto cínico―. Cuando crecí me volví fuerte, me independicé y amenacé a mi padre con terminar con su insulsa existencia si seguía en la tarea de atormentar a mi hermana.

―¿A qué edad te fuiste de tu casa?

―A los dieciséis me emancipé y un año después le ayudé a Clari para que hiciera lo mismo.

―Ya veo ―dijo Cornejo sin encontrar algo más razonable que decir en esa situación.

―¿Tiene alguna otra pregunta?

―No, creo que con eso va a ser suficiente.

―Está bien, ex inspector ―dijo Ángel acentuando despectivamente―, si llego a recordar algo más que sea de importancia en su investigación, ¿cómo me comunico?

―Cuando salga pida el numero en la mesa de entrada, es el fijo de la comisaria, si no estoy deje el mensaje y lo llamaré en cuanto pueda.

Ángel se levantó prepotente y se marchó demarcando a su alrededor una actitud soberbia. Por otro lado, el oficial Estrada se quedó parado junto a la puerta, esperando a que lo regañaran. Como después de unos segundos no pasó absolutamente nada, decidió empezar la conversación:

―Discúlpeme.

―Que sea la última vez que hablas de más. No podemos sacar evidencias a la luz frente un sospechoso.

―Creo que èl sí decía la verdad.

―Pude ser ―respondió Cornejo meditando―, pero no estoy seguro. Quisiera que vayamos a la escena del crimen.

―¿Para qué? Si está todo en los informes, incluso su hermano mandó a limpiar el departamento.

―¡¿Qué?! ―preguntó tomándose la cabeza―. ¡No pueden hacer eso hasta que se termine la investigación!

―Según dijeron los forenses, ya habían levantado todos los indicios, no hacía falta mantener el lugar lleno de sangre.

―Está bien, vamos igual, puede que algo se les pasara por alto.

De camino al departamento de la casa del Altillo, Cornejo comenzó a sentir como el frìo de la lluvia le penetraba los huesos, sintiendo como la artrosis lo castigaba severamente Seguro que es otro mal que me merezco, pensó.

Siguieron de largo hasta la calle del Altillo hasta donde termina el asfalto. Llegaron a la casa y ambos oficiales ingresaron rápidamente para evitar que la lluvia los empapara. Una vez adentro, Cornejo comenzó a escudriñar cada rincón con Estrada. Estuvieron así por más de dos horas sin encontrar algo relevante.

―¿Qué buscamos?

―Lo que sea que se le haya pasado por alto a los forenses.

―Conozco a los muchachos, seguramente revisaron cada centímetro del departamento. Estamos perdiendo el tiempo. ¿Por qué mejor no leemos otra carta?

Cornejo lo meditó durante unos segundos y no encontró ningún argumento que se pudiera oponer a la petición de Estrada.

―Decís que revisaron cada centímetro cuadrado.

―Exactamente, incluso vino científica de ciudad y de San Martín. Es muy raro encontrar un caso de desmembramiento.

Cornejo tomó la silla y la acercó a la mesa. Colocó la carta sobre la misma y el mal pasar del hombre se hizo evidente.

―¿Qué le pasa? ―inquirió Estrada.

―Sobre esta misma mesa: la mató, le cortó la cabeza, le sacó los ojos, le cercenó las extremidades; para luego repartirlas en la casa y llevarse la parte inferior del torso.

―¿Quiere que nos vayamos? ―preguntó asqueado.

―No, simplemente es una mesa.

Cornejo desplegó la carta que redactaba lo siguiente:

“Iimu,Dmuse, ququnadiñuímuhsuññisebeu, sauurubulus. teñdatunañuaatuixtoleeiamomueaqrateíñnoxqsigoñea, iatnumu. Qañtáloañitununitaroaatuuséunitkoñuituieumuweeu. Nasinqatañdituaíñ. Atqasiroasadoaseatmitcammitninañuitroauowenitkoñuitzloa saduqudeuateaatuqidueeauefgiskusuoweeudiñoñencádemñiatñemuneuueeaiincsieami roatizzi”.

Capítulo 5: una Bestia Hermosa.

“¿Por qué no lo puedo matar? Si de todas formas va a morir».
Mary Bell.

Escena 1

En el camino de vuelta de la comisaria, reinó un silencio incomodo en la patrulla, de esos que se asemejan a la espera de que un familiar moribundo abandone su vida en la cutre cama de un sucio hospital.

Estrada no demostraba ni la más mínima emoción y esto molestaba a Cornejo: ver al oficial serio y sin decir absolutamente nada. Lo más probable es que este dudando de mi capacidad, pensó y refunfuñó entre dientes algo inentendible.

―¿Pasa algo?

―No ―suspiró profundamente―, es que siento que estamos en la dirección errónea y, además, que estamos haciendo algo mal.

―Estamos actuando según el procedimiento.

―Sí, pero las cartas…

―Si es que dicen algo, es un código indescifrable que sólo ella y su asesino sabían. ¿Qué tan probable es eso? Hasta hace unos momentos pensé que podía ser verdad, pero mientras más lo pienso más me convenzo de que sólo se trata de correo basura.

Cornejo lo ignoró, sólo miraba por la ventana cómo la lluvia parecía nunca cesar. ¿Cuánto hacía que no paraba de llover?

Desde que murió Clarisa, se respondió a sí mismo. Se sentía cada vez más deprimido y desanimado. Pensaba en el crimen del año noventa y dos, en su hijo y su ex esposa, en el rostro ensangrentado de la joven. Sólo imágenes macabras llegaban a su mente, cosas que ningún hombre debía ver. Necesito tomar más que nunca, pensó, tal vez un traguito me ayude a pensar.

Se sumió tanto en su deseo de volver al alcohol que no notó que el oficial Estrada ya había aparcado en la entrada a de la comisaria.

―¿Viene? ―preguntó amablemente.

―Sí ―Cornejo bajo del auto sintiendo como la artritis lo atacaba sin piedad. Esto es llegar a viejo, pensó. Es una mierda, cómo no me morí antes.

El recuerdo de él parado en la mesa de su cocina con el cable de la plancha envuelto en su cuello le vino de repente. Recordó el día en que casi termina con todo y sintió unas ganas demenciales de llorar. Se consideraba a sí mismo un cobarde que quería morir, pero no se atrevía a acabar con su miserable existencia.

Caminó junto a Estrada por el recinto esquivando las miradas inquisidoras de los otros oficiales. Entró a la sala de interrogatorio y vio a la mujer más hermosa que en su vida imaginó, incluso más bonita que Clarisa.

Se trataba de una rubia despampanante de ojos verdes. Su cuerpo era perfecto, “tallado por los dioses”, hubiese dicho Cornejo si se lo hubiesen preguntado. Una cintura pequeña amoldada perfectamente a una cola y un par de senos hermosos. El rostro de la joven reflejaba simpatía y camaradería.

―Hola ―se presentó―. Yo soy Carla Aliotta.

“No puede ser” pensó Cornejo.

―¿Qué tal? ―saludó sorprendido, extendiendo la mano.

En ese momento Estrada entró con tres tazas de café y casi las tira al ver la impactante belleza de Carla.

Continuará…

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