La penumbra de la mente | decimoquinta Parte: las hermanas Ocaña

Escena tres.

La lluvia era imparable e incesante. Cornejo llevaba manejando dos horas a sesenta kilómetros por horas debido a la poca visibilidad; y, es que, además del barrial que había en toda la carretera, se había generalizado una suerte de neblina que reducía la visibilidad a solo tres metros.

Su mente lo atormentaba aún más que la lluvia. Los segundos parecían dilatarse y la ruta parecía volverse eterna, como si se tratara de una especie de limbo infinito hecho especialmente para él por su vida de vicios y desprecios. La culpa lo castigaba, no podía quitarse de la cabeza los últimos minutos de diálogo que tuvo con su hijo y el dolor que le ocasionó el mismo, no podía dejar de pensar en la cara de decepción del oficial Estrada al ver que “le leyenda” no había podido resolver el crimen y, peor aún, no podía olvidar la sonrisa socarrona y burlesca del cadáver de Clarisa observándolo desde la mesa. Las cuencas vacías acusatorias, pidiéndole por favor que descubra a su asesino para así poder descansar en paz.

Cornejo intentaba ahuyentar estos pensamientos prendiendo y apagando la radio, buscando alguna señal que lo distrajera con algo de música o alguna noticia. A esas alturas solo buscaba un poco de paz mental y espiritual para poder seguir viviendo los pocos años que le quedaban.

A medida que avanzaba, su respiración se agitaba más y más; sus brazos temblaban, como si de alguna forma el aire gélido del exterior pudiera colarse en el interior del habitáculo y la calefacción estuviese descompuesta; la cabeza le dolía y su boca estaba extremadamente seca, como si se hubiese despertado de una terrible resaca.

“Necesito tomar algo urgente» pensó. «Lo que sea, ya no lo soporto más». Entonces, como si sus oraciones hubiesen sido escuchadas, vio un pequeño bar y gasolinera a la vera de la ruta. Meditó en detenerse, sin embargo, sabía que si decidía ir a ese lugar terminaría comprando unas dos botellas de vino y probablemente moriría de frio en el auto cuando estuviese a punto de amanecer. Miró su reloj de muñeca, eran las cuatro de tarde, si no se apresuraba la noche lo atraparía antes de lo deseado.

Suspiró profundamente, intentó calmar sus temblores en vano y aceleró un poco, ya había pasado el pueblo de La Dormida y faltaba poco para llegar a su destino.

Escena cuatro.

Condujo durante media hora más, asustado por no ver ningún cartel. A pesar de que la visión era muy reducida, podía notar lo desolador y apartado que eran esos parajes, la depresión y sus pensamientos se volvieron todavía más pesados al percatarse que no había ninguna alma a muchos kilómetros a la redonda.

Llegó a la intercesión indicada en el pedazo de papel que le dio el oficial Estrada. Por un momento creyó que no se trataba de la bifurcación, no obstante, no había ningún otro camino ―. Debe de ser este ―murmuró con voz apagada. Después de quince minutos, por fin llegó a la entrada de la finca donde residía la madre de los Olivera.

Al llegar a la entrada apagó el motor y se debatió en la idea de esperar unos minutos más debido a que la lluvia parcia ser más intensa en la residencia. No obstante, la descartó, ya que la había costado muchísimo llegar hasta ese lugar.

Cruzó el pequeño trecho empantanado, sintiendo como el lodo parecía querer engullirlo, como si se trataran de arenas movedizas. Cada paso era más complicado que el anterior. Hasta que, por fin se paró en el pórtico detrás de la casa. En ese instante el dolor de cabeza y la sequedad de su boca aumentaron, intuyó que su cuerpo había activado un sistema de alarma para decirle que se marchara lo más rápido posible. Ignoró el pensamiento y golpeó la puerta con debilidad. Un par de segundos después, una mujer enorme, casi el doble que él, se presentó.

―Buenas tardes, qué se le ofrece.

―Hola, buenas tardes, soy el inspector Alejandro Cornejo. Vengo por un asusto policial.

―Ya me lo imagino ―respondió la mujer con la cara inundada de pena―. Creo que se por qué viene.

―Eso me facilita un par de cosas ―murmuro Cornejo intentando sonar divertido para aliviar la tensión.

―Pase, por favor.

Al entrar, Cornejo notó la precariedad de la vivienda, la humedad en el techo, lo deteriorado que se encontraba el piso de parqué y como un extraño color gris parecía embadurnarse en cada rincón.

―Pase a la cocina ―invitó la mujer.

Al cruzar por el pasillo principal de la casa, el ex inspector pudo notar un pequeño living, donde María Ocaña, la ex esposa de José Luis Olivera, estaba sentada en una silla de ruedas estática; mirando la televisión.

―¿Esa es la madre de Ángel y Clarisa Olivera? ―inquirió sonando apenado.

―Sí, es mi hermana. Disculpe por no presentarme, yo soy Edith Ocaña.

―Sí, ya lo sabía, averigüé su dirección y quise venir. ¿Cómo se enteró de lo sucedido?

―Lo vi en la televisión hace tres días. Hace casi diez años que no veo a mi sobrina, pero su muerte igual me afectó.

―Y su hermana que opina.

―Ella está perdida desde el día en que se peleó con mi cuñado.

―Usted ha podido seguir el caso en la televisión.

―Sí, he mirado los noticieros de noche para que María no los escuche, no estoy segura de sí entiende lo que sucede alrededor, pero por las dudas prefiero que no escuche.

―Entonces sabe al detalle todo lo que paso en el caso.

―Sí.

―Cree que su ex cuñado sería capaz de matar a su propia hija.

―No, en verdad que no. José Luis siempre fue un tipo sometido, al principio por su mamá, después por mi hermana y después por sus hijos. Sencillamente no me lo imagino haciendo algo así. ―Cornejo meditó durante unos momentos lo que ella le dijo y se dio cuenta que si no hablaba con María el viaje sería en vano.

―¿Le molesta si hablo con María? ―preguntó casi pidiendo permiso.

―Por supuesto que no, a veces balbucea y habla, pero no creo que sea de mucha ayuda.

Ambos se trasladaron al living y se sentaron junto a María. Cornejo notó que el brazo izquierdo de la mujer no estaba. Respondió así una de sus interrogantes “¿Qué había pasado después de la pelea con su marido y del intento de suicido?” Las heridas en el brazo de la mujer fueron tan grandes que lo perdió.

Cornejo se sentó lo más cerca que pudo y luego de estudiarla por un pequeño momento se presentó por segunda vez ese día:

―Hola señora, ¿cómo está? Soy el inspector Alejandro Cornejo. Vengo a hacerle unas preguntas sobre su familia, más puntualmente sobre sus hijos, si es que está de acuerdo.

La mujer, que hacia un instante se veía senil y perdida en una laguna mental, desvió la mirada y miró a Cornejo directamente a los ojos, como si un rayo de entendimiento hubiese borrado todos los traumas que la avasallaban y la mantenían encerrada en su prisión mental.

Continuará…