La penumbra de la mente | Undécima Parte: Como mirarse en un espejo

Capitulo Cinco:“Como mirarse en un espejo”

 “La novela criminal no sólo es un rompecabezas nada más, sino una reflexión y una explicación de lo que ocurre en nuestro mundo.
Michael Connelly”.

Escena uno:

Ya habían pasado aproximadamente más de cinco minutos desde que Claudio Laiseca había ingresado a la sala de interrogatorio. El hombre, ciertamente, era tan delgado como el prometido de la joven asesinada; sin embargo, su estatura oscilaba en más del metro noventa. Cornejo, que parecía estar disfrutando de la situación, fingía observar los expedientes; no obstante, lo que hacía en verdad era estudiar a su sospechoso entreviendo por encima de los papeles que sostenía en las manos.

Laiseca se movía de atrás hacia adelante, sin quedarse quieto ni un segundo. A pesar de que la lluvia de invierno no había arremetido en esos tres días y que el clima era mucho más frió que de costumbre, el hombre estaba sudando como nunca en su vida.

Está muy nervioso, puede que sea él, pensó Cornejo, después de todo es el que se comporta más acusatoriamente, como si fuera el asesino. En ese momento se mordió los labios con suma fuerza, imaginando que degustaba una botella de vino barato, de ese que sólo a dos horas de haberlo ingerido te pasa factura con enormes intereses. Pero hay un detalle, los testigos afirman que vieron entrar a un tipo de más o menos uno setenta de la altura a la casa de Clarisa, y este hombre es enorme. Aunque era de noche y miraban por las ventanas, ¿qué tan probable es confundir la altura de una persona en esas condiciones?

―¿Puedo fumar un cigarrillo? ―rogó Laiseca, dando a conocer una voz extremadamente gruesa producto de años y años de daño a la garganta por tan terrible vicio. Cornejo giró sobre su silla y observó al oficial Estrada que enarcó una de sus cejas y, en ese momento, se armó una comunicación telepática entre los uniformados: “Los vecinos oyeron a un hombre de voz gruesa gritar”. Cornejo oyó la voz de su subordinado en su psiquis.

―Le voy a ser muy sincero, Laiseca ―dijo el oficial haciendo uso de toda la seriedad que le era posible. Al ver este gesto, el sospechoso trago saliva tan fuerte que se escuchó en toda la habitación―. Usted está muy complicado con esto… muy complicado.

―¿Por qué?

―Es el único sospechoso con el que tenemos evidencias concretas. ―Laiseca abrió la boca y se cubrió el rostro con las manos, claramente estaba a punto de llorar―. Encontramos semen en las sabanas y cuando lo comparamos con las muestras que usted dejó aquí el lunes, hubo coincidencia; es decir que usted estuvo en la casa de Clarisa Olivera el día del asesinato. Es más, incluso creemos que fue usted porque, según sabemos, la joven era muy tenaz e impecable, sacando el hecho de que cuando fuimos a la casa encontramos todo lleno de sangre, el resto de las cosas estaban muy limpias y ordenadas. Por lo tanto, mi colega y yo, deducimos que la mató apenas acabaron de tener sexo, tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de quitar las sabanas ―Cornejo desvió la mirada evitando el contacto visual por unos segundos―. Una joven tan limpia jamás hubiese dejado todo en esas condiciones.

―Es una joda, ¿verdad?, ¿ah?

―No, señor, y esto es absolutamente válido en un tribunal ―sentenció Cornejo―. Además, usted tiene un prontuario importante. Es alcohólico y golpeó a su esposa.

―Al igual que usted. No se crea que no lo he visto en el bar o comprando botellas de vino en diferentes almacenes para que no lo crean borracho. Todos en el pueblo lo saben, no sé por qué lo oculta ―Cornejo se enardeció, incluso se vio a si mismo saltando sobre el escritorio y estrangulando a Laiseca.

―Yo no soy como usted, sí soy alcohólico pero jamás golpe a mi esposa.

―Yo tampoco y usted, como todos los demás, se equivoca. Yo jamás toque a mi ex…

―Supongamos que le creo ―respondió el inspector casi burlándose―. Usted toma por la misma razón que yo, se le ve en la mirada, un hombre depresivo, al filo del suicidio, reconoce a otro cuando lo ve. ¿Cuánto hace que no habla con su hijo? ―Cornejo se sintió disminuido y atacado, era como si el interrogatorio se hubiese dado vuelta―. ¿Sabe qué es lo que pasa, policía? Yo se lo voy a decir ―continuó Laiseca―. Cuando una mujer decide dejar al marido y quiere sacárselo de encima, suele inventar casos de violencia domestica como estos. Hay tipos hijos de puta, eso no se puede negar, pero también hay boludos, como yo, como usted que, por un simple error, pierden todo lo que más amaron una vez. Y con eso me refiero a los hijos. Yo a mis hijos hace tres años que no los veo, viviendo a cinco cuadras, ósea, me los cruzó y le doy plata a mi ex para que los mantenga, pero yo no me puedo acercar ni a cien metros porque caigo preso. ―Cornejo lo miraba con suma atención y comprensión. Entonces pensó: “Tal vez merece la oportunidad de ser escuchado”.

―Está bien ―dijo Cornejo―. Cuénteme lo que le pasó antes en su matrimonio, eso me va a servir para armar un perfil psicológico suyo y también quiero que me cuente la relación que tenía con Clarisa Olivera.

―Con Clari ―respondió Laiseca haciendo uso de un tono soñador y aniñado, como si se tratase de un adolescente enamorado―. Ella fue el motivo por el que mi esposa me dejó hace tres años.

>>Todo comenzó…

Continuará…