La penumbra de la mente | Novena Parte: la trágica historia de Carla

Escena tres.

―No ―afirmó el detective―, solo dice lo aberrante del hecho y hay un recorte del diario.

―Usted tendría que hablar con mi psiquiatra, él sí sabe lo que pasó.

Cornejo la observaba impasible. No le gustaba ver llorar a una mujer de esa forma, ya que él tenía una teoría. Siempre creyó que las dos o tres primeras lágrimas de una mujer estaban programadas, es decir, que están ahí como un mecanismo de defensa para dar pena cuando son atacadas.

Sin embargo, en esta ocasión, Cornejo se dio cuenta de que la joven no podía contener la tristeza y que las lágrimas seguían cayendo a pesar de que la joven no estaba sumida en el llanto desgarrador.

―Veo que está muy mal, Carla. Y lo siento mucho, estuvo mal que la atacara de esa forma ―la joven lo miró presionando los labios, demostrando un esfuerzo sobre humano para no llorar―, pero sería muy útil que me contara que fue lo que le pasó antes de ingresar al psiquiátrico para poder entender el contexto de su situación.

―Cuando tenía quince años ―comenzó a relatar la joven sin quitar la vista del pecho de Cornejo, era como si estuviese hipnotizada y no pudiese realizar ninguna otra función, excepto rememorar la peor etapa de su vida―, empecé a tener unos síntomas extraños. Amanecía todos los días con moretones en las piernas. Muy dolorosos ―trago saliva y continuó―, le conté a mi mamá y ella no me hizo caso, solo me obligó a usará pantalones largos en todo momento, incluso en los encuentros, donde por lo general siempre iba vestida de falda.

―¿Los encuentros? ―inquirió Cornejo.

―Sí, mi papá era un devoto religioso. Más bien un fanático religioso ―corrigió sonriendo―. Mi familia era evangelista y mi papá era el monaguillo de la iglesia, vivía ahí, al igual que nosotros. A mí de pequeña no me importaba, pero cuando fui creciendo el lugar comenzó a molestarme y a aburrirme. Solo iba por mi mejor amiga, ella sufría el mismo calvario que yo.

Entonces, un domingo, estábamos tan aburridas que nos salimos de la reunión y nos quedamos afuera, en un paraíso que había cerca. Nuestros padres no lo sabían, pero siempre que estaban juntas hablábamos de sexo y de muchachos. Estábamos tan reprimidas que nunca habíamos besado a nadie. En ese momento, Claudia, mi amiga, tuvo una idea, la de besarnos.

“Somos amigas, no pasa nada, es para practicar nada más, imagínate lo feo que va a ser cuando le des un beso a un hombre y se dé cuenta que no sabes besar”.

Con esas simples palabras me convenció y la besé, al principio con vergüenza, pero unos minutos después me dejé llevar. Tanto así, que no notamos que la reunión terminó y que nuestros padres venían. El quilombo que se armó en ese momento fue terrible. Imagínese, dos chicas evangelistas besándose en la afuera de la iglesia. “El diablo las poseyó”, gritó una de las viejas frígidas. Entonces mi madre recordó lo de los moretones inexplicables en las piernas y lo contó todo.

El pastor dijo que estaba poseída y que un exorcismo era más que necesario. Claudia safó porque a diferencia mía, no tenía ninguna lesión inexplicable y supuestamente yo la había incitado a pecar. ―Se detuvo unos momentos y cerró los ojos, si los recuerdos pudiesen ocasionar un dolor físico, ella hubiese sentido, en ese momento, la boca llena de alfileres―. Lo que siguió fueron los seis meses más desagradables de mi vida. Me tenían encerrada en mi pieza, con una chata para que no saliera ni siquiera al baño. Tenía amarras de unos cuatro metros en los pies y en las manos y cuando me hacían las sesiones ajustaban para que no me moviera. Fue un suplicio.

―Te importaría contarme qué te hacían en las sesiones.

―En las primeras solo me ataban y oraban, pero con el tiempo todo fue empeorando. Los moretones se extendieron a todo mi cuerpo y sin ninguna razón comencé a insultar. Cada día estaba más enojada e insultaba más. El pastor al principio lo toleraba, pero con el pasar de los días comenzó a golpearme. Mi papá solo se paraba en una esquina de la habitación y no hacía nada a pesar de que yo le pedía que me ayudara.

Las sesiones pasaban y cada vez eran más violentas. Yo estaba todo el tiempo golpeándome e insultando, solo me calmaban cuando ellos se iban. El pastor, al ver que no había resultados positivos su exorcismo, me dejó sin comida, solo me daban un poco de agua de por día. Estaba muy débil. ―Cornejo comenzó a imaginar lo horripilante de su situación―. Llegó un punto en el que no sabía cuándo era de día o de noche, solo le pedía a Dios que me matara para que se terminara ese sufrimiento. Hasta que, un día, sentí que me estaba sacudiendo. Pensé que era algunos de mis tics, a veces me despertaban, pero cuando abrí los ojos me di cuenta que el pastor estaba sobre mí; me estaba violando. Cuando terminó, salió y escuché que hablaba con mi papá. Le dijo que era la voluntad de dios que yo muriera y que probó con el último método, y ni así pudo quitarme el demonio. No vi la expresión el rostro de mi padre, pero me imagino que le creyó todo. Era un tipo muy crédulo. Después de eso, dijo que tenían que dejarme morir de hambre para que mi cuerpo se purificara. En ese momento sentí mucha ira, tanta que logré romper la cabecera de la cama y me liberé. Me quedé quieta con la luz apagada, fingiendo estar dormida. A los veinte minutos ya no oí nada y supuse que ya estaban acostados. Me levanté lentamente y salí al pasillo. Caminé hasta el calefactor y abrí el gas. Los odiaba, a pesar de que eran mis padres. De eso si me arrepiento, no de lo que sucedió después.

Luego entre en la casa del pastor por la iglesia. Fui hasta la cocina y tomé un cuchillo. Me moví sin hacer ruido y me quedé mirándolo desde la puerta de su habitación. Me di cuenta que no podía matarlo ahí, entonces salí e hice ruido en la cocina. Escuche que él y su esposa se despertaron, entonces él vino hasta la cocina para ver que era ese ruido y se sorprendió cuando salí detrás de la heladera y lo apuñale en los testículos. Su esposa vino corriendo y al verme apuñalándolo quedó impactada, por suerte no supo cómo reaccionar en ese momento. Entonces lo dejé y salí tras ella, la mujer se metió en la pieza de sus hijos y cerró la puerta, por mi estaba bien, no quería hacerle daño a ella, aunque tal vez se lo merecía. Volví a la cocina y el pastor se había arrastrado unos metros, entonces le clavé el cuchillo en la nuca y se dejó de mover.

Mientras que terminaba de matarlo, su esposa escapó por la ventana con sus hijos y le dio avisó a unos vecinos. La policía llegó a los cinco minutos a la casa y me encontraron llena de sangre, golpeándome e insultándome.

Apenas me revisaron se dieron cuenta, por lo deplorable de mi estado, que había sido abusada. Me llevaron a un hospital y luego de diagnosticarme Tourette y al tratarme les di mi testimonio. No había testigos; todos murieron. Me salvó que mi testimonio concordaba con el estado de mi cuerpo. Fui declarada inimputable y estuve tres años en el hospital psiquiátrico. Me dieron de alta y el Estado me ayudó a terminar la escuela y a conseguir trabajo. Vendí la casa de mis padres y me compré un pequeño departamento.

Cornejo ordenó los papeles que tenía en el expediente, creía que ella era la culpable; por más pena que le dio el relato, creía que ella pudo haber sufrido una recaída y que eso la llevó a matar de nuevo. Tomó las fotos y se las acercó. Cornejo nunca hubiese esperado la reacción de Carla al verlas…

Continuará…