La penumbra de la mente | decimoséptima Parte: cartas reveladas

Escena seis.

La noche avanzaba muy lentamente y las personas comenzaban a irse del restaurante. Cornejo seguía ahí inmiscuido en sus asuntos, traduciendo carta por carta y sintiendo un horror atroz con cada letra que cambiaba. La primera carta rezaba lo siguiente:

“IimuBmutetu. Oasiciñunaoiqmieamuomuenuway,taroaatuctutatdiñejueañamgiñeiefuo eaqusuunañuibouñeufaoeweteuusui,tucatnozcoiñroamitiwañatuoqeei. Ninaqieatañhuous, qisguwis,eikunaamusus,ñadateuiwatuaztañuesuadinidouñeiasunitkiwañat. Uaunieanuteutei”.

Luego de una hora, el ex oficial llegó a este resultado:

“Hola clarisa. Perdóname por lo de la última vez, sé que estabas escondida en el fondo de tu departamento cuando fui a visitarte, sabes muy bien que no soy un estúpido. Ni que me puedes engañar, por favor, déjame entrar, necesito verte y sentirte como cuando éramos jóvenes niños. Te amo demasiado”.

Apenas terminó de descifrarlo se dio cuenta de que el código era muy sencillo. Que solo se trataba de escribir todas las palabras juntas y remplazar las letras consonantes por la letra que seguía en el abecedario. En cambio, las vocales, se reemplazaban por su consecutiva. La segunda carta quedó traducida luego de escasos quince minutos:

“Iimu,Dmuse, ququnadiñuímuhsuññisebeu, sauurubulus. teñdatunañuaatuixtoleeiamomu eaqrateíñnoxqsigoñea, iatnumu. Qañtáloañitununitaroaatuuséunitkoñuituieumuweeu. Na sinqatañdituaíñ. Atqasiroasadoaseatmitcammitninañuitroauowenitkoñuitzloa saduqudeuateaatuqidueeauefgiskusuoweeudiñoñencádemñiatñemuneuueeaiincsieami roatizzi”.

“Hola Clari, papá me contó la gran noticia, te vas a casar. Sinceramente estoy sumido en una depresión muy profunda, hermana. Pensé que nos amamos y que estaríamos juntos toda la vida. Me rompes en corazón. Espero que recuerdes los bellos momentos que tuvimos juntos y que recapacites de esa loca idea de forjar tu vida con un imbécil no es ni la mitad de hombre de lo que soy yo”.

A estas alturas el ex oficial bramaba de ira. No podía creer el cinismo del Ángel cuando fue a declarar. En parte, Cornejo siempre tuvo razón, se trató de un crimen pasional, no obstante, nunca imaginó que se tratara de un acto incestuoso.

La idea cruzó fugazmente por su cabeza mientras hacia el interrogatorio, sin embargo, dudo cuando en la declaración el joven se mostró muy firme y seguro, como si nunca hubiese matado si quiera a una mosca.

La poca gente que estaba en el restaurante lo miraba perplejo. Transpiraba como si fuese una tarde calurosa de verano y, además, temblaba más que nunca. No por artritis, sino más bien por el asco y el nerviosismo cuando comenzó a atar los cabos. Todo era ya muy claro.

Clarisa lo dejó entrar después de que él le insistió mucho, después de todo, era su hermano. Él se aprovechó de ella y después de discutir acaloradamente hizo uso de su fuerza para someterla y desmembrarla por toda la casa. Por eso fue que los vecinos sintieron un grito masculino, por eso fue que los testigos aseguraban que la última persona que entró era de la misma altura que Clarisa.

Mientras más devanaba el asunto más se enojaba, puesto que no podía entender porque su padre, José Luis Olivera, se declaró culpable. Sintió también un respingo de vergüenza por no notar que Ángel volvió un día para dejar el cuaderno escondido y darle aviso a la policía. Se preguntó si tal vez, Ángel había modificado el diario para culpar a su padre. Y la vez pensaba que el muchacho, de alguna forma, logró convencer a su progenitor para que aceptara los cargos. Casi podía imaginar la discusión. En ese momento sintió que se revolvían las tripas y procedió a traducir la última carta:

“Iimu,Dmuse,atuuveatatqasuei.Ituúñibiawiz.Timiroeasidiñwastus.Qisguwis,ñadateuieetoueesuaeaituumidosu.Núteaoñuwayuaeekarimiomiasnuminasadaomuiasnumu,qusroañueeauawuuboeeeeszunusdunuzu.Eákunaiucmusqisómuenuwaazteñimihsiroaduoceateaiqeñeúñuaqsinauiroananusdiuqeseteanqsa.”

“Hola, Clari, estoy desesperado. Está noche voy a verte. Solo quiero conversar. Por favor, necesito disuadirte de esta locura. Más de una vez te dije que solo un hermano merece una hermana, porque nadie te va a cuidar y amar como yo. Déjame hablar por última vez y si no logro que cambies de opinión te prometo que me marcho para siempre.

Al concluir con la última traducción, un nudo se instaló en forma definitiva en la garganta de Cornejo. Sintió el impulso de hacer algo estúpido y efectivamente, pagó la cuenta y se marchó. Por suerte la lluvia era un ligero chubasco que apenas empañaba el parabrisas y tomó dirección hacia la casa del Ángel Olivera.

Apenas ingresó al pueblo, miró de reojo su reloj, eran las cuatro y veinte de la noche, faltaban aún tres horas para que amanecieran. Se aproximó a un teléfono público y con la poca luz que le otorgaba el alumbrado público, marcó el número del oficial Estrada.

Luego del quinto timbre, se hizo más que evidente que no iba a haber respuestas. Tanteó su bolsillo y se dio cuenta de que no tenía más monedas para volver a marcar. Entonces maldijo su suerte y estuvo a punto de colgar, cuando de pronto una voz mecanizada le atendió.

―Esta es la casilla de mensajes del número dos seis uno… deje su mensaje después del tono. ―Cornejo suspiró sin poder determinar porque tenía tanta mala suerte siempre que necesitaba que alguien le tendiera una mano.

―Hola, Claudio, espero que escuches esto. Tal vez estoy actuando como un novato por no ir a la estación y pedir refuerzos, pero siento que tengo que enfrentar esto solo. ―Tomó tanto aire como antes de reanudar la comunicación, como si fuese la última bocanada que tomaría en su vida y comprendió que se estaba despidiendo―. Fue muy fácil resolver las cartas, solo había que cambiar las vocales por la anterior y las consonantes con las letras que seguían en el abecedario. Es difícil al principio, pero una vez que le cazas el truco es fácil. El asesino es Ángel Olivera. ―En ese momento una sensación de vacío y nostalgia lo avasalló y comenzó a llorar. No soltaba sollozos ni jadeos, solo las lágrimas caían sin cesar y se camuflaban con las gotas de lluvia que no se resignaban en detenerse―. Te soy sincero, Claudio, voy a ir porque me siento como hace veinte años cuando fui a la casa del Altillo, siento que no tengo ninguna razón para vivir. Nos vemos. A pesar del poco tiempo que estuvimos juntos te tomé un gran aprecio. ―Luego se limpiarse las lágrimas, y sentir el áspero roce de su abrigo, colgó el auricular y se dispuso lentamente a ir a la casa del asesino.

Pasó lentamente frente a la casa. Ya eran las cuatro y cuarenta y se sorprendió al notar que había movimiento en el interior de la vivienda. Estacionó una cuadra más allá y se volvió caminado, sintiendo que su corazón estaba por devorarlo por el ansia y el miedo a lo que se iba a enfrentar.

Se aproximó a la ventana y la escena que vio lo llenó de repulsión y asco. Vio que Ángel Olivera estaba embistiendo el torso de su hermana como un maniático perdido en una excitación perversa.

El ex inspector retuvo las arcadas, sin embargo, la repulsión fue mayor y vomito las hamburguesas que pidió para la cena. Se dio cuenta del ruido que hizo y sintió la necesidad apabullante de correr, no obstante, se percató de que ya era demasiado tarde y procedió de igual forma.

Giró en torno a la entrada y pateó la puerta con todas sus fuerzas. Se sentía valiente y vigoroso, como cuando salió de la escuela de oficiales y se enfrentó a su primer día de trabajo.

Ángel, al sentir el estruendo, perdió el equilibrio y cayó de bruces al suelo. La perplejidad, la confusión y la furia se apoderaron de su rostro y no pudo disimular ningunas de sus emociones como en el interrogatorio.

―Así te quería agarrar ―exclamó furioso Cornejo, mientras que Ángel Olivera se levantaba del piso con una sonrisa lunática dibujada en su rostro trastornado.

Continuará…