La penumbra de la mente | decimonovena parte: el fin

“Después de la tempestad, creemos encontrar la calma; no obstante, solo es un reflejo placebo por lo arduo que fue el camino»
Quien suscribe.

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Las penumbras mentales en las que estaba sumergido el inspector Cornejo parecían ser eternas y dilatarse en la nada misma, creando un espacio aterrador y confuso; pero que, al mismo tiempo, engendraba una curiosidad inmensurable, similar a los relojes derretidos de Salvador Dalí.

El detective se encontraba dormido, pero sintiendo todo a su alrededor, como en mala noche, donde el insomnio lo domina por completo. Cinco días después de resolver el crimen, el segundo más difícil y escabroso de su vida, despertó en la cama de un hospital. Volver a éste mundo fue muy difícil, la desorientación repentina, los escasos segundos en los que no recordaba su identidad, sumado a sentirse devastado por dolores que no recordaba tener cuando se quedó dormido.

Apenas su vista se acomodó al entorno que lo rodeaba, sus dudas, una a una, fueron desapareciendo. Lo primero que notó fue el dolor agobiante y punzante en su espalda baja. Cuando amagó a levantarse de la cama, recordó la embestida ocasionada en la calle del Altillo; recordó, además, la lluvia que cesó en ese momento y como el oficial Estrada le rogaba que por favor no se durmiera.

―Ahora me acuerdo ―murmuró entre jadeos―. Me atropelló a mí, pero también a Ángel. ―Cuando mencionó el nombre del culpable, un respingo de miedo trepó en su ser y se instaló allí para hacerlo temblar.

El aparato que controlaba sus pulsaciones comenzó a emitir un silbido incesante que fue respondido de forma inmediata por su hijo que se encontraba en la habitación. Cornejo, estaba tan perplejo por su estado, no notó la presencia de su hijo durmiendo en la cama de al lado.

―Papá, que te pasó ―espetó el chico asustado y acalorado. Se despertó tan violentamente que casi se cae sobre su padre―. ¿Estás bien?

Cornejo no podía recopilar tanta información, su confusión se volvió más grande aún. Solo pudo responder a la pegunta de su hijo con un abrazo que duró hasta que la enfermera lo interrumpió para chequearle sus signos vitales. Cuando la enfermera se fue, ambos hombres se abrazaron, y después de muchos años de enojos y malos entendidos, se fundieron en otro abrazo que duro toda la tarde, ya que cornejo se quedó dormido profundamente a los pocos segundos.

***

Después de un mes, Cornejo salió de alta en el hospital, justo a tiempo para ir a la primera audiencia de Ángel Olivera. A las nueve de la mañana, curiosamente de un día lluvioso, el asesino dio su testimonio y se declaró culpable a los ojos de los sospechosos del asesinato de Clarisa Olivera.

Cornejo se sostenía con mucha dificultad, su espalda nunca mas volvería a estar derecha, sin embargo, se sentía orgulloso; ya que su sacrificio metió a un psicópata peligroso en la cárcel.

Al concluir la sentencia, Ángel lo miró fijamente, desafiándolo.

―Creo que te quiera matar ―dijo Estrada muy despacio para que Franco no oyera la amenaza que había recibido su padre.

―Lo sé ―respondió―, pero puede que esté muerto parta cuando salga; y, si no es así, lo voy a estar esperando.

―Sos un viejo duró ―aseguró Estrada mientras apartaba a las personas a su alrededor para que Cornejo se pudiera mover con mayor facilidad. Por su parte, Franco lo sostenía para que no perdiera el equilibrio. Unos minutos después, se encontraba de camino al cementerio.

***

El oficial Estrada y Franco se quedaron en la entrada, viendo como el anciano caminaba con mucha dificultad, pero demostrando decisión al mismo tiempo. Al llegar a la tumba de Clarisa, arrojó las flores sobre la tumba, ya que agacharse suponía un dolor atroz. En ese lugar se encontraba José Luis olivera, el papá de Clarisa, que, al ver el inspector, pudo contener el llanto, pero no así las lágrimas.

―Lo supo todo el tiempo ―afirmó Cornejo mientras observaba la lápida. José Luis no pudo responder debido a que sentía que, si lo hacía, el nudo que tenía en su garganta reventaría y lloraría sin parar, como le venía sucediendo desde que recibió la llamada ese lunes en la madrugada; cuando su hija dejó de existir. Cornejo giró y emprendió su retorno a la entrada, cuando oyó que Olivera murmuró:

―¿Usted cree que exista un dios que todo lo ve y todo lo oye?

―Eso mismo me preguntó hace más de diez años otro padre con un caso similar a este.

―¿Y qué le contestó a ese hombre?

Cornejo miró fijamente, intentando responder a un cuestionamiento que yacía sumergido en su moral por más de diez años. No obstante, su postura aún seguía igual; no pudo responder. Solo lo observó y frunciendo los labios se despidió realizando un leve gesto con su cabeza a un hombre casi tan desdichado como él.

FIN