Epidemia | Segunda parte

El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza.
Miguel de Cervantes.

Capítulo 2: El escape

Todavía no puedo entender cómo pude huir de mi barrio. El lugar estaba infectado por los lengudos. Tomé por calle Alsina, me pareció que en el carril Sarmiento las posibilidades de sobrevivir eran nulas. La calle Alsina estaba abarrotada de gente que caminaba apretujada, llevando las pocas cosas que pudieron rescatar de sus hogares.

El éxodo había comenzado

Íbamos en romería, mirando con recelo hacia todos lados, esperando que en cualquier momento aparecieran los lengudos. No había por ningún lado militares o fuerzas del orden, sólo personas desesperadas que intentaban subsistir. Familias enteras conformaban la multitud.

Se empezaron a escuchar gritos muy cerca mío, entre el gentío pude ver a Don Guillermo, un vecino, que estaba tirado en el piso sumido por convulsiones. Se estaba transformando en un lengudo. Un tentáculo le creció a través de su boca ante el pánico de su familia que intentaba auxiliarlo. Don Guillermo se levantó de un salto al tiempo que su lengua descomunal se convertía en un arma, de manera inmediata comenzó a caer gente decapitada, sin sus miembros. El nuevo apéndice era un arma formidable. También algunas personas cayeron al piso teniendo espasmos, estaban por convertirse en lengudos. Se generó un caos de épicas proporciones, todos los presentes intentaron huir, lo cual era imposible, la calle estaba atiborrada de personas que se empujaban, se golpeaban y se pisaban intentando huir.

Los lengudos cada vez eran más, al parecer el contagio se producía por la saliva que éstos elaboraban. Los cadáveres se apilaban. Por mi parte intenté escapar, pero no era posible, entonces me arrojé al interior de una acequia y me metí debajo de un puente.

Pronto se escucharon ruidos de helicópteros que se aproximaban, luego descargas de ametralladoras y fuerte explosiones. La acequia se llenó de muertos y quedé atrapado debajo del puente al quedar tapadas sus aberturas.

Debo de haber estado un par de días atrapado en ese lugar, sumergido en total oscuridad. La descomposición de los cuerpos iba en aumento, así que la fetidez era insoportable. El agua iba subiendo de nivel, pensé que era completamente normal que corriese agua por ese sitio. La sed me secó el cuerpo, evité beber el líquido que imaginé sucio, pero la necesidad pudo más. Cuando quise saciar mi sed con ella me di cuenta de que era sangre. Enloquecí un poco.

Me mantuve en silencio por largo tiempo, temeroso de que me escucharan los lengudos o los soldados, pero la presión me sobrepasó. Comencé a gritar, lo hice por horas, hasta  que me lastimé la garganta. Aún así seguí gritando, en procura del auxilio de alguna persona, de quién fuera.

Alguien comenzó a correr los cuerpos que tapaban las salidas de debajo del puente, un rayo de luz entró y me libró de las penumbras. Los ojos se me llenaron de lágrimas, eran de alegría por ser rescatado al fin y porque mis ojos no podían soportar la luz solar.

Éramos un grupo reducido en número de integrantes, no por elección, sino porque los avatares de la epidemia así lo mandaban. Siempre ocurrían muertes en pequeñas batallas con los lengudos. Habíamos descubierto que eran muy difíciles de matar, el único punto débil que descubrimos era sus piernas, los dejábamos inválidos a golpes de garrote para que por lo menos nos pudiéramos alejar de ellos, era una maniobra peligrosa pero la única manera que descubrimos para defendernos de los lengudos. También debíamos tener cuidado de los militares, quienes al parecer nos veían como enemigos potenciales.

Estábamos siempre escondidos y sólo salíamos para conseguir provisiones. Nuestro refugio eran las ruinas de la vieja aceitera que estaba sobre el Carril Sarmiento, a la altura de calle Azul, No se veía ningún ser vivo, a excepción de las hordas de lengudos que andaban por el lugar. Durante las noches la actividad de éstos era menor, entraban en una especie de letargo y si no se les molestaba eran casi inofensivos, solamente se violentaban si uno se acercaba demasiado.

Pasaron los días, casi un mes desde la caída del meteorito con el virus. En mi mente sólo estaba la idea de sobrevivir, pero no de cualquier manera, no a toda costa, quería intentar tener un rastro de humanidad dentro de toda la locura de sangre que había vivido.

Con el grupo debatimos cuáles serían los pasos a seguir, qué hacer, pero no conseguíamos ponernos de acuerdo. Había dos facciones, los que se querían quedar en la aceitera y los que se querían ir a buscar a algún lugar mejor. No sé por qué pero tomé partido por los últimos. Nos fuimos sin despedirnos un atardecer. Anduvimos por el carril Sarmiento y llegamos hasta el puente Olive.

Las calles estaban desiertas, caminábamos sigilosamente. Claudia, uno de los miembros de nuestro grupo, era una distraída, ella lo contaba riéndose de si misma. Era joven y linda, cuando la conocí me llamó la atención de inmediato. La miraba caminar, iba ensimismada, con la vista fija en el piso, por eso no pudo notar la presencia de un lengudo, parado en la mitad del carril y le dio un empellón accidental. Éste le cortó la cabeza de inmediato a Claudia, la cual rodó por el cemento del carril, sus ojos miraban desorbitados. Creo que alcanzó a ver, por unos segundos, su propio cuerpo decapitado. El resto de nosotros escapamos, de reojo veía cómo los demás iban cayendo por los golpes de los tentáculos de los lengudos, que salían de su catarsis por el alboroto que hacíamos.

En un momento me encontré solo, la decena de personas que me acompañaban cayeron en la huida. Discerní entre volver a la aceitera o seguir camino. Estaba en esas cavilaciones, a punto de romper en llanto por la desesperación y el miedo, cuando un fuerte haz de luz me cegó.

Me pusieron una bolsa en la cabeza, me ataron de manos y me hicieron caminar unas cuadras, como yendo para Luján. No pude ver quiénes habían sido mis captores. Pregunté pero no obtuve respuesta, me hicieron entrar a algún sitio y de un golpe me arrojaron al piso. Maldije la hora en que me decidí por irme de la aceitera.

Al amanecer me sacaron la bolsa de la cabeza, pude ver que estaba en el dormitorio de algún hogar. En el lugar estaba todo destruido, como si hubiese ocurrido una pelea.

Delante mío había un hombre de unos cuarenta años, de rulos rubios, cara pecosa y ojos verdes. Vestía con un uniforme militar, aunque no iba armado. Me miró a los ojos por un minuto largo, sin decir palabra. Entonces habló.

—El mundo está jodido, verdaderamente jodido —dijo con un marcado acento anglosajón, sacó un cigarrillo y comenzó a fumar, sin dejar de mirarme.

Se llamaba John, nunca me dijo el apellido. Me contó que había desertado del ejército de los Estados Unidos al ver que la lucha contra los lengudos era infructuosa. Con él desertaron varios compañeros, pero habían muerto luchando, sólo quedaba él. Recorrió la zona durante un tiempo y se alió con un grupo de personas que vivían en el Barrio La Gloria. Éstos, cuando él dormía, le sacaron todas las armas y luego de darle una golpiza lo abandonaron a su suerte. John no me inspiró confianza, ocultaba algo, pero no podía alejarme de él. No se podía andar solo por las calles.

Según sus palabras, yo le caía bien a John, y una noche me contó un secreto. Había cerca de la Isla de Pascua, en el Pacífico, un archipiélago artificial construido por la OTAN. En él seríamos recibidos de buena manera, ya que había sido construido con el fin de alojar a sobrevivientes de eventos apocalípticos. Deberíamos llegar a Chile. Luego al puerto de Valparaíso, apropiarnos de algún barco y llegar hasta el lugar. John me dijo que tenía conocimientos navales suficientes como para poder hacer el viaje. Me pareció un buen plan en ese momento. Partimos al amanecer…

Fin de la segunda parte.