Randonautica | Primera Parte

randonautica

Soy un fantasma que desea lo que todos los fantasmas: un cuerpo.
William Burroughs”

―Dale, entremos, Germán, no seas cagón ―desafió Alán sin saber en el terrible predicamento que se estaba metiendo.

***

Eran las tres de la mañana de una hermosa madruga de verano y un grupo de jóvenes adolescentes, la mayoría de dieciséis años, se encontraban sentados en la esquina común del barrio, tomando cerveza, vino y fumando porros. La noche era muy tranquila, no había música ni murmullos a pesar de que se trataba de un sábado en a la noche.

Cada uno de los chicos estaba en su propio mundo, pensando en sus cosas y disfrutando del viaje que la droga barata podía ofrecerles. Entonces, Alán, el más enérgico y jovial de los muchachos tuvo que idea de la que se arrepentiría un poco más tarde.

―Chicos, no les conté ―exclamó mientras el humo de la mariguana le rodeaba la cara y se disponía a pasarle en cigarrillo a su compañero del al lado―, pero me descargué una aplicación en el celu. Se llama Randonautica. Dicen, supuestamente, ―remarcó dibujando comillas imaginarias en el aire―, que está app te puede llevar a lugares donde hay cosas paranormales, vacíos y ese tipo de codas raras.

German, que estaba del otro lado de la ronda de cinco chicos, oyó lo que decía su amigo y se puso a divagar. Su pensamiento navegaba en una deriva de ideas. Entre ellas, pensaba en lo mal que le caía Alán, en lo estúpido que era por creer en ese tipo de cosas y como siempre tenía la necesidad de llamar la atención.

A lo lejos, seguía oyendo como sus amigos debatían sobre la app. No podía comprender por qué, pero cada vez se sentía más enojado y su irritabilidad crecía exponencialmente.

―Germán… ¡Eh, Germán!, ¿estás escuchando? ―dijo Raúl, otro de los chicos con un tono jocoso.

―No, perdón ―respondió, dejando a la vista su gran irritabilidad―. ¿Qué pasó?

―Los tres nos descargamos la aplicación y decidimos buscar un punto paranormal, para ver si lo que decía Alán era cierto. Después de siete búsquedas nos da un punto en la calle del Altillo. ―German frunció el gesto y la comisura de los labios se elevó un poco entreviendo una sonrisa burlona.

―¿De qué te reís? ―inquirió Alán enojado.

―Que todos ustedes son unos boludos ―explayó demostrando que se trataba de una afirmación y no de un cinismo. El resto de los muchachos se levantaron, algunos ofendidos y otros, un poco asustados; debido a que vislumbraban lo que iba a pasar esa noche y tenían miedo, mucho miedo por lo acontecido en la casa del Altillo hacía ya treinta años―. Es obvio. Esa aplicación trabaja en conjunto con google; por ende…, deduzco…, sin ser un genio…, que, cuando ve tu ubicación para buscar algo paranormal, busca noticias según el pueblo donde estás. La casa del Altillo es el único lugar donde cosas malas pasaron. Además, está alejada, en el medio del campo, sola. Las leyendas hicieron que creciera su fama. Hasta hay un puto documental. Que solo salga ese lugar deja más en evidencia que esa app es una mierda.

―Eso no significa que sea mentira ―protestó Alan usando un tono infantil, como un niño al que no le creen una fantasía claramente inventada―. Si estás tan seguro, te desafío a que juguemos a buscar el tesoro.

―¿Querés que entre ahí, para sacar algo de la casa, para dejarte como un cagón y un boludo? No tengo problemas, pero como condición: quiero que entres conmigo. ―Observó de soslayo a cada una de las caras de sus amigos y se sintió más hombre que nunca. Los cuatro muchachos estaban aterrados, sus expresiones eran las de un niño que lo obligan a ver una terrible película de terror, llena de sangre, viseras y monstruos deformes que te esperan en cualquier rincón para comerte. ―No era que yo era el cagón ―atacó compulsivamente sacando pecho.

―Está bien. ―Raúl se acercó a Alán intentando calmar los ánimos―. Yo voy, pero me quedó en la entrada de campana por si pasa algo. ―Alán lo miró como los ojos llenos de lágrimas. Raúl le dio a entender con una mirada que, si demostraba, aunque fuese un poco de debilidad ese día, nunca más Germán lo dejaría tranquilo, y que esa noche lo perseguiría por el resto de su vida, siendo tildado como un cobarde.

―Yo voy a entrar con vos, pero una vez que estés adentro, vas a tener que ver por el arco de tus piernas y sacar algo. Yo voy a grabar todo, para que quedé demostrado que no fui un cagón y entré.

―Bueno, vamos ―respondió Germán victorioso sin dejar de sonreír.

Dos de los chicos, los que no participaron en este relato, decidieron salirse de la apuesta, no querían estar allí; pues, su percepción les dijo, en lo más recóndito de su subconsciente, que todo iba a salir mal.

Mientras que emprendieron el viaje, atravesando la finca. Los tres muchachos caminaban muy lentamente, uno al lado del otro, bebiendo los resquicios de vino que le había quedado. En este momento, ninguno de los tres se sentía enérgico o valiente. Todo eso había quedado atrás, cuando decidieron cruzar el alambrado. Solo el silencio reinaba entre el grupo. Todos pensaban lo mismo, que si uno de ellos, cualquiera, decía volver, los otros dos lo seguirían. Sin embargo, sabían que el que decidiese volverse seria tachado de cobarde toda su vida; y, no hay cosa más importante en la adolescencia que la reputación.

Raúl, que, evidentemente, era el menos involucrado de los tres, estaba tan aterrado que no podía dejar de temblar. Una idea se le vino de forma fugaz al hipotálamo y no se demoró en llevarla a cabo, ya que percibía que algo malo estaba a punto de pasarles. Si bien, los tres conocían toda la historia de la casa del Altillo, Raúl comenzó a contarla, como si fuese un memorándum para rendir una lección oral:

―En el año noventa y tres, la maestra Eliana Amaya, robó el cadáver de su esposo del cementerio; porque, según ella, él le hablaba y le pedía volver a la casa. Mató a un joven, le sacó la piel y se la puso al cadáver de su esposo. Después, dicen que se metió en una bañadera y que se bañó con la sangre del joven, aunque no hay evidencias de eso.

>>Su obsesión por formar una familia fue tan grande que robó dos cadáveres de niños para que fueran sus hijos; pero ni aun así estaba conforme.

>>Entonces secuestró a otro niño, el padre de este nene se dio cuenta quien lo secuestró e irrumpió en la casa. Como consecuencia lo terminó matando en el patio. Además, quemó el hospital psiquiátrico en el que estaba internada. También mató al sereno del cementerio para poder robar el cadáver de su esposo y hace poco pudieron demostrar que también mató al psiquiatra la estaba tratando.

>>Casi mata a su papá y al oficial Cornejo, que fue quien la encontró a punto de matar al niño secuestrado. Después de que la detuvieran, la metieron en un manicomio de San Luis, y murió hace cinco años, a causa de un infarto.

>>Hace poco, pensaban que ella era la culpable de otro de los asesinatos y cuando fueron a exhumarla en el cementerio de Villa Mercedes, descubrieron que el cuerpo no estaba allí.

>>Hay muchos rumores, algunos dicen que ella se aparece por las noches en el cementerio de Palmira, golpeando con su martillo sin cesar el nicho donde yace su esposo para sacarlo y llevarlo a casa. Muchos dicen que nunca murió y que se esconde en la casa del Altillo. Otros afirman que robaron su cuerpo para hacer brujería.

>>Nadie sabe con certeza lo que pasó con el cadáver de Eliana Amaya. De lo único que se puede estar seguro es que la casa de la calle del Altillo está maldita, ya que nadie se atrevió a vivir ahí después de lo que pasó, y además todos lo que han ido a verla han sentido cosas extrañas como: olvidarse de respirar, la sensación de ser observados, y las contantes pesadillas que los siguieron por años después de entrar un rato en la casa.

Cuando concluyó, los ojos de Raúl se rebozaban de lágrimas, Alán temblaba como una gallina y, a pesar de que la noche se puso cálida, no podía dejar de sentir frio. Germán, en cambio, se veía furioso, reteniendo las ganas de golpear a Raúl. En ese momento lo avasalló con una pregunta que retumbó a varios metros alrededor del callejón de donde se encontraban.

―¿Por qué mierda tenés que decir todo eso ahora?

―Es lo que dicen al final del documental, lo he visto como veinte veces.

―No respondiste a lo que te pregunté, imbécil.

―Solo quiero que sepas adonde te estás metiendo, después es tarde para arrepentirse. ―Germán lo miró de reojo, jurándose a si mismo que, cuando volvieran, le partiría la cara a él y a Alán.

Continuará…