Los amantes de río Estigia | Capítulo IV

  •  
  •  
  •  
  • 4
  •  
  •  
    4
    Shares

“Sábado en la noche.”

Se encontraba manejando junto a su “mejor amigo” en una ruta solitaria que carecía de iluminación. Había transitado mil veces ese trayecto con mujeres, sin embargo, esta era la primera vez que se sentía realmente incómodo. No podía creer que hubiese llegado tan lejos. Mientras que la ruta se tornaba cada vez más intransitable, debido a los baches y a las partes donde no había asfalto, redujo la velocidad a solo treinta kilómetros por hora. Lo observaba de costado, sin poder evitar sentirse fastidioso por la estúpida sonrisa que su acompañante llevaba en la cara.

?¿De qué te reis, Ale?

Alejandro alzó la vista a su amigo y le respondió sin dejar de mostrar felicidad.

?Es que, según mis cálculos, a esta hora, la semana que viene, ya voy estar en mi luna de miel. ?Matías quiso tomar aire para interrumpirlo, pero decidió quedarse callado y oír lo que Alejandro tenía para decir?. Podes creer, loco, cinco años de relación. Está bien, no sé cómo vamos a hacer, porque los dos tenemos trabajos de medio tiempo, y no ganamos mucho; pero nos amamos…

En ese instante la mente de Matías comenzó a navegar a la deriva, sumido en un mar de celos e ira. Trató de mantener la compostura, no obstante, le fue imposible. De pronto, comenzó a recordar aquel verano del año dos mil cuatro. Cuando él y Alejandro, sin decirle a sus respectivos padres, se escaparon una siesta muy calurosa y se fueron a bañar al canal. Recordaba muy bien la creciente que vino de repente por el sistema de riego, recordaba muy bien como su amigo sucumbió ante esta masa de agua y fue arrastrado debajo de un puente, y, recordaba muy bien, como su hombro se desgarró cuando hizo acopió de una fuerza inaudita para sacarlo de allí, recordó como ambos estaban tirados en el suelo intentando recuperar el aire y recordaba, además, con mucho dolor, que ese mismo día por la noche, Alejandro lo fue a visitar con un regalo.

?Hola, Mati, podes salir.

?Sí, ¿qué pasó?

?¿Estás bien? ¿Se dio cuenta tu mamá?

?No, no se dio cuenta, se creyó la mentira, pero no voy a poder salir a jugar hasta que me cure.

?No importa, Mati, yo te voy a venir a visitar todo el verano. Y te traje algo para agradecerte. ?El niño metió la mano en su bolsillo y sacó dos pulseras tejidas con hilo?. Las hizo mi papá. Te quiero regalar una y yo voy a usar la otra. Siempre que usemos esto vamos a ser amigos. ?Matías recordó su felicidad al momento de recibir el regalo y sintió una mezcla de culpa y de temor por lo que estaba a punto de hacer.

Miró a su amigo, que no dejaba de hablar, e acto seguido centro su mirada sobre la pulsera de hilos que aún llevaba en la mano derecha. No podía creer que esa cosa todavía estuviese intacta después de casi quince años.

La sensación de llorar lo atacó repentinamente, pero logró disiparla cuando recordó el motivo por el cual estaba en la ruta esa noche con Alejandro.

Cinco años atrás, él había roto con su novia Elizabeth. Solo unos meses después se enteró que la persona que él consideraba un hermano estaba saliendo a escondidas con ella. La noche en la que Matías iba a increpar a Alejandro, este se le adelantó.

?Matías, necesito hablar con vos.

?Yo también ?respondió embravecido.

?Déjame hablar a mi primero y si después me querés pegar o no querés hablar más conmigo estás en tu derecho. Al mes que te peleaste, comencé a salir con Elizabeth, no pienses que yo lo planeé; todo lo contrario, me hice amigo de ella cuando estaba con vos y, después de que cortaron, ella colapsó. La consolé como te consolé a vos. Entonces… una cosa llevó a la otra.

>>Yo nunca había estado de novio y mucho menos había besado a una mujer antes. Nunca me sentí así. No quiero perder tu amistad, pero tampoco quiero perderla a ella.

Matías recordaba que su reacción en ese momento fue de tomarlo por el cuello y derribarlo, no se le hubiera echo difícil, ya que pesaba veinte kilos más y le sacaba diez centímetros. Imaginó golpearlo hasta dejarlo sin aire, sin embargo, se abstuvo de esa idea y decidió dejarlo seguir hablando. Después de todo, el conocía a Alejandro mejor que nadie en el mundo y sabía que lo que él decía era verdad. Alejandro seria incapaz de hacerle daño a alguien, además de que era cierto que, a sus diecinueve años, jamás le había tomado, siquiera, la mano a una chica. No porque no fuese atractivo, sino que después de que su madre murió cuando apenas tuvo cinco años se encerró en sí mismo y nunca permitió que nadie más, a excepción de él, se acercase?. Perdóname, Mati. Te quiero como si fueses mi hermano. La decisión ?dijo tragando saliva? es tuya.

Matías no lo supo en ese instante, pero nunca dejó de amar a Elizabeth. Los cinco años de relación pasaron muy rápido, y aunque en el fondo odiaba a su amigo y su ex, pudo soportar verlos juntos, hasta que, unos meses atrás, Alejandro lo sorprendió diciéndole que se iba a casar.

Los celos que sintió ese día volvieron a atacarlo y empezó a tramar un plan maquiavélico para destruir de una vez y por toda la relación que su amigo tenía con Elizabeth. El corazón de Matías parecía querer estallar por momentos, pues los sentimientos de venganza y culpa lo abrumaban. En un momento, casi decide frenar y volverse, pero Alejandro tuvo la pésima idea de preguntar:

?¿Me estás llevando al motel de la estrella?

?¿Cómo sabes?

Los dos comenzaron a reír, aunque era evidente que Matías lo hacía sin ganas.

?¿Te pasa algo? ?inquirió Alejandro

?Sí, pero no puedo decírtelo, tenés que verlo con tus propios ojos.

?¿En serio vamos al motel?

?Sí, pero no pienses mal. Hay algo ahí que te quiero enseñar. Lo sé desde hace un mes y no sabía cómo decírtelo.

?¿Qué es? ?preguntó Alejandro imaginando a medias la verdad y cambiando completamente su estado de ánimo.

Llegaron al motel y luego de dar la vuelta guardaron el vehículo en la habitación de mantenimiento. Los muchachos se bajaron sin hablar. Caminaron hasta la entrada y llamaron en la puerta de ingreso. Luego de unos segundos, un hombre de tez oscura, pequeño y algo encorvado les abrió.

?Pensé que no ibas a venir, menos mal que te apuraste.

Matías los presentó apropiadamente.

?Don Augusto, él es Alejandro Peralta. ?El hombre se vio viejo frente a la luz rojiza que caía sobre su rostro. Tomó la mano del joven con muchísima fuerza y les pidió que lo acompañaran por el pasillo hasta su oficina.

Se sentaron en torno a un escritorio deteriorado y comenzaron a hablar sobre banalidades, claramente, evitando el tema principal: ¿por qué estaban tres hombres reunidos un sábado en la noche en el despacho de un albergue transitorio?

Alejandro no lo soportó más y, justo en el momento en el que Matías preguntaba cómo era llevar adelante un negocio de ese tipo, los interrumpió:

?¿O me decís por qué me trajiste hasta acá o me llevas a mi casa?

Ambos hombres los observaron e intercambiaron miradas. Matías tomó aire, demostrándose triste y acongojado; sin embargo, por dentro, bullía de emoción. Estaba más excitado que nunca.

?¿Qué habitación?

?La veintidós ?respondió el hombre bajando la mirada. Matías se paró frente a su amigo y le pidió dos cosas: primero que fuera fuerte y la segunda que lo acompañara. Alejandro sabía en el fondo de su ser que era lo que estaba a punto de ver, pero se negaba a creerlo, sentía estaba en un mundo surrealista o en un futuro lejano, como si la felicidad que tenía hace solo hora fuese un recuerdo tan lejano como el horizonte.

Caminaron por el pasillo y se pararon frente a la puerta veintidós, junto está puerta había una ligera abertura en la que un hombre delgado podía colarse con un poco de dificultad.

?Desde acá seguís vos solo. Camina hasta posicionarte entre medio de los espejos, ahí vas a encontrar una rendija y vas a poder ver el interior de la pieza.

Alejandro procedió sin decir nada, sintiendo como una sensación de vacío lo abrazaba. Cuando llegó a la abertura que le mencionó su amigo sintió que su mundo se le terminaba, pues vio que la mujer que había amado durante años siendo penetrada por un hombre grande y musculoso.

No podía creer lo que lo que sus ojos veían, pero era verdad. Elizabeth gemía y pedía que le dieran más duro mientras que su pareja sexual cumplía a la perfección. Luego de observar durante unos segundos más, Alejandro volvió por donde vino. Las lágrimas se resbalaban por sus mejillas y un dolor atroz se instaló en su pecho por un tiempo indefinido. Matías logró su venganza, sin embargo, no se sentía bien. Ver a su mejor amigo tan desahuciado lo hizo sentir culpable, más aún cuando oyó a Alejandro murmurar cuando pasó a su lado:

?Otra vez…

Veinte minutos después de esa nefasta experiencia, Alejandro no podía evitar sentir una amargura tan extrema como la que sintió a sus cinco años cuando a su mamá murió. Su corazón estaba desgarrado y sentía, muy en el fondo, que nunca podría salir de semejante depresión. Incluso, la leve idea de quitarse la vida rondo por su mente, sin embargo, la sepultó inmediatamente y se dijo a sí mismo en voz baja.

?Me prometí que nunca más iba a pensar en eso.

Escrito por Cthulhulotudo para la sección:

ETIQUETAS: