Terror en la Ruta 41

Los fantasmas son reales, los he visto toda mi vida.

Mia Wasikowska.”

Dejalo prendido, flaco, siempre se está muy oscuro acá adentro.

Desperté por la noche después de haber estado drogándome durante cinco días seguidos. Fui a revisar mi depósito y vi que no me quedaba más. Entonces comencé a explorar la casa para ver si encontraba algo de plata para comprar más droga; no tenía ni un sope. Me enojé bastante porque pensé que me quedaba. Salí a laburar a la ruta 41, como hago siempre.

No es una ruta muy transitada, pero siempre encontrás alguna familia o pareja que va desde Mendoza a San Juan. Manejé el trayecto desde Chapanay hasta el Encon varias veces, viendo como la nafta bajaba. Me detuve a un costado de la ruta y me puse a mirar el cielo. Vi un montón de estrellas y me pareció hermoso, me sentí más rabioso al no estar drogado ante esa vista, sentía que me estaba perdiendo un buen viaje.

De pronto, oí el ruido de un motor acercándose, por el bardo que hacía, estaba seguro que era un gasolero. Vi la hora y ya eran pasadas las doce de la noche, si los dejaba pasar, lo más seguro era que no encontrara a otros para robarle. Antes de que llegaran a donde estaba, salí despacio a la ruta, como haciéndome el gil. Me pasaron muy despacio y vi que era una parejita joven la que iba en el auto.

Mientras manejaba detrás de ellos comencé a divagar, lo que pasa es que, cuando llevas tanto tiempo drogado, como yo, terminas perdiendo la concentración. El auto de ellos se alejaba lentamente mientras que yo pensaba que era el 29 de febrero. Me dije: “Que loco, un día que se ve cada cuatro años”. Estaba re mareado y perdido, pensando en eso, cuando de repente el auto de la pareja me frenó de frente.

Yo los pase, me les puse al frente y me bajé con el revolver en la mano. El tipo puso las manos en la nuca y yo lo amenacé para que se bajara. Me distraje tanto con el chabón, que no me di cuenta de que la mina se había bajado del auto. La muy hija de puta me pegó con un palo en la cabeza y me desmayé.

Me desperté al toque y me vi cuenta que esta tenía las manos y los pies atados. Pero igual pude sacarme el encendedor del bolsillo y vi que atrás mío había un tipo muerto. Me asusté mucho, casi me meo encima, pero me las aguante. El tipo tenía la cara verde, los ojos hinchados y la lengua afuera. Creo que lo ahorcaron. Me da vergüenza admitirlo, pero empecé a llorar, no sabía con qué locos me había metido y estaba seguro que me iba morir. Apague el encendedor, para no verle más la cara y escuche:

Déjalo prendido, flaco, siempre se está muy oscuro acá adentro. ―En ese momento si me mié un poco, pero logré contener el chorro.

No sos real ―le dije. ―Es mi cabeza porque todavía estoy drogado.

No lo estás, flaco. Acordate que saliste a robar para comprar droga; ¿o ya te olvidaste?

No sos real, no sos real, ¡No sos real! ―le grité y le pegué un codazo lo más fuerte que pude. El tipo se quedó callado y el auto freno de golpe. Me fui para adelante y el muerto se quedó encima mío.

Abrieron el baúl y me di cuenta de que aire adentro del auto era re hediondo. Respiré aire puro y quise salir corriendo, pero me olvidé de que tenía los pies atados y que correr en ese momento era inútil. Me caí al suelo y me llené de rosetas.

¿Adónde vas? ―me preguntó el tipo. Tenía ya mascara de conejo, de esas que reparten en los copetines de los cumpleaños de quince.

Por favor no me haga nada ―le pedí. Entonces se rio re fuerte, sacó una picana y me electrocutó. No sé porque, pero empecé a vomitar, y la mujer le dijo que me dejara en paz, que no me arruinara. Me llevaron adentro de la casa y me ataron en una especie de cruz. Una vez ahí, los locos comenzaron a toquetearse y a coger, pero sin sacarse las macaras. Mientras que ellos cogían, yo estudie la casa, solo tenía una puerta para escaparme y todo el lugar estaba lleno de cruces y estrellas invertidas.

Mientras que cogían me observaban y estoy seguro de que se reían de mí. El tipo acabó y vino caminado hasta donde estaba yo.

¿Lo disfrutaste? ―me preguntó, no supe que responderle. El tipo se fue a mis espaldas y comenzó a golpearme con un látigo, mientras que su mujer se masturbaba viendo como me torturaban. Comprendí que yo ya estaba al límite y que ellos recién estaban comenzando la noche. Mientras me golpeaban, me obligaban a fuera restándole siete al mil sucesivamente. Al principio no entendí para que lo hacía, pero después lo comprendí: era para que no me desmayara y para que estuviera consiente todo el tiempo posible. Soporte cien latigazos… o más. Y el tipo volvió con la mujer para seguir cogiendo.

Mis manos y piernas estaban llenas de pus y sangre por las sogas. Me di cuenta de que si no me liberaba iba a morir. No soportaría otra tanda de latigazos.

Espere a que distrajeran y de un tirón libere mis pies. Soporté el dolor y no grité, pero en ese momento me cagué encima. Los pies me temblaban y no los podía mantener quietos. Me arrepentí de haber intentado liberarme, nunca pensé que dolor sería tan grande. Pero ya era tarde, cuando terminaran y me viera medio desatado me matarían. Entonces tire con todas mis fuerzas y libere mis manos. Otra vez soporte el dolor y casi me caigo al suelo.

Avancé un poco, ya que ellos me estaban dando la espalda y vi que detrás de la cruz había una mesa llena de aparatos de tortura, agarré el machete y se lo clavé en la cabeza al tipo. Después salí corriendo, pidiéndole a Dios que los pies no me fallaran. Me subí al auto rogándole también que las llaves estuvieran ahí, y por suerte estaban.

Arranqué el auto y salí escarbando. Escuché disparos, pero por suerte ninguno me alcanzó. Encendí la luz del interior del auto para ver cómo me encontraba, estaba lleno de sangre por todos lados; tanto, que llegué a manchar hasta la alfombra. Apagué la luz, porque verme así me descomponía y sentía que en cualquier momento me iba a desmayar.

No la apagues, flaco ―oí en mi mente―, se está muy oscuro acá adentro”. Se me llenaron los ojos de lágrimas, no quería mirar por el retrovisor, porque sabía que, si lo había, el muerto iba a estar ahí, sonriéndome. Aceleré más y fui a la comisaria. Ahí todo se vuelve confuso, no me acuerdo bien que paso.

Después, me desperté en el hospital y eso es todo.

Los oficiales se miraron con confidencia, como si guardaran un secreto.

Señor, revisamos toda el área y no encontramos nada ―dijo uno.

Creemos que lo que pasó se debió a la sugestión. ―El otro oficial se sentó en la cama―. Hace mucho, había una pareja en Chapanay que se dedicaba al satanismo, mataron y torturaron a muchas personas, harán unos treinta años de eso. Lo más probable es que, mientras que estuvo drogado, viera el especial que pasaron de ellos en la televisión. Eso lo sugestionó.

No, fueron ellos. Ellos me atacaron ―confesó.

Es imposible, ellos murieron hace más de treinta años.

Treinta y dos ―corrigió el otro oficial.

Exacto, treinta y dos años, un veintinueve de febrero en un tiroteo con la policía. ―El oficial se levantó de la cama sudando―. Es hora de que nos vayamos, y usted mejórese. ―Se despidieron sin ser muy corteses, como si el ambiente los incomodara muchísimo.

Ya han pasado cuatro años desde que me torturaron y en ese momento no alcance a comprender todo. Por ejemplo, no comprendí porque la policía no me detuvo después de que les confesé que robaba habitualmente en esa ruta, cómo fue posible que me lastimara de esa manera estando solo en mi casa, cómo es que nadie nunca vino a ver como evolucionaba.

Todo resultó muy extraño, lo único positivo que rescato de esa experiencia es que dejé las drogas y conseguí trabajo.

Ellos dicen que fue sugestión, yo creo que fue real. Sea cual sea el caso, este veintinueve de febrero voy a cerrar mi puerta con llave y pasador y voy a dejar todas las luces encendidas, ya que tengo miedo de que la mujer me busque para vengarse, y que muerto del baúl me despierte quejándose de que todo está muy oscuro.

FIN

ETIQUETAS: