Los amantes de río Estigia | Capítulo II

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La caminata se extendió durante muchísimo tiempo, la muchacha no hubiese podido asegurar cuanto tiempo estuvo caminado por el sendero rojizo de la muerte, sin embargo, ahora se encontraba mucho más tranquila, ya que la anciana no la soltó el todo el viaje. Las montañas comenzaron a tornarse cada vez más pequeñas y el sendero sufrió una inclinación, era como sí una rampa hubiese sido instalada en ese sector de la montaña, creando así un pendiente enorme que daba una vista aterradoramente espectacular de las orillas del rio del inframundo. La delgada línea que la joven vio antes, se había convertido ahora en una gran depresión carmesí.

El rio, a simple vista y desde esa lejanía, parecía asemejarse a un océano que se perdía en una densa niebla naranja y espeluznante.

Entonces, el sendero se volvió muy angosto y una gran cantidad de persona seguían moviéndose lentamente en dirección a la orilla. Se formó una fila entorno al muelle que conectaba el sendero del valle de las sombras y de la barca de Caronte.

La anciana y la joven entraron en el muelle notando que el suelo compuesto de maderas podridas se comportaba como una esponja, debido a la cantidad de sangre que yacía en el mismo. Este tacto fue tranquilizador después de caminar tantos kilómetros por la montaña.

La joven miraba estupefacta la gran embarcación. Era enorme, se extendía hacia los lados por varios cientos de metros y desde su posición no podía ver cuál era el ancho real de la barca. La madera que la componía se veía firme y robusta, como si nunca hubiese experimentado alguna inclemencia o la salinidad del mar. Sin embargo, al mismo tiempo y de una forma muy extraña se veía envejecida. Siguieron caminando sobre el muelle, esperando a ser llamadas y mientras más se acercaban. Más tenían que levantar la cabeza para ver la magnitud de la barca que las trasladaría al inframundo.

Los detalles terroríficos de la barca se acentuaban más a media que se iban acercando. Los mástiles se veían tan altos que era capaces de rasgar el cielo y miles de esqueletos, pequeños y grandes, yacían colgados de las vergas.

La cubierta de la barca aterró tanto a la joven, que desvió la vista a la orilla del rio, para no ver más esa lúgubre escena. No obstante, esto fue peor, porque después de observar unos segundos las tranquilas aguas del Estigia comprendieron que el rio no era de agua, sino que era de sangre. Este detalle la hizo mirar con más detenimiento mientras que avanzaba en la fila, y notó que las tranquilas aguas tenían lo que parecían ser personas flotando y quejándose.

Estaba completamente horrorizada, no podía articular ninguna palabra o pensar con claridad. La anciana la tomó del brazo y le dijo casi susurrando:

?No te preocupes, linda, todo va a estar bien. Haceme caso y cuando el hombre te llame le das la cadenita. Si es posible, ni le hables. ?La joven asintió cuando vio que un gigante de cuatro metros de altura la observaba enseñando una sonrisa burlesca.

Fue entonces así que miles de personas se conglomeraron en el muelle, por momentos, la joven creía que este cedería ante el peso de la masa; sin embargo, resistió muy bien. Caronte se paró en el extremo de la puertilla de su barca, se irguió firmemente denotando un físico espectacular lleno de cicatrices y magulladuras. Sus ojos, rojos como la sangre de Estigia, observaban todo en derredor y sonrisa socarrona se dibujaba en su viejo y deteriorado rostro. El barquero dejó de sonreír y casi todas las almas en pena se llenaron de miedo. La expresión del gigante denotaba ira y mal humor, como si estuviese cansado de repetir siempre la misma rutina.

Su voz se alzó en un eco vibrante sobre la plataforma del muelle e inicio así un monologo que había repetido una infinidad de veces.

?Escuchen, almas mortales. Algunos de ustedes quizás saben quién soy. Me llamo Caronte y es mi penitencia llevar a las almas de los mortales por el rio Estigia y nunca poder entrar en el inframundo. He realizado está labor miles de años y debo advertirles que subir a mi barca es algo sencillo.

>>Para ganar el pase al inframundo, antiguamente, se enterraba o se cremaba a los muertos con dos monedas de oro o plata en los ojos. Ese era el pago por mi servicio. Sin embargo, con el paso del tiempo, la tradición se fue perdiendo y mutó a lo que es hoy. Yo no quiero dinero, no me sirve para nada en estos lares, lo que se les pide para poder viajar al inframundo es que dejen algo de valor, algo que los ate aún al mundo de los vivos. En esa época las monedas eran: el último gesto de amor de un familiar, el respeto por un soldado enemigo o aliado en batalla, etc. En sí tenía mucho valor porque era la última posesión del espíritu en el plano de los vivos.

Si no me dan algo que sea de importancia, la entrada a la barca se les será negada, pero tengo que decirles que, si eso les pasa, tienen dos opciones. Intentar cruzar el Estigia nadando y alimentar al rio con su propia sangre, como lo han hecho esos infelices de allí flotando; o, tienen la posibilidad de volver una semana al mundo de los vivos bajo ciertas reglas. Ahora, los llamare a todos por su nombre y apellido, si no lo recuerdan lo sabrán apenas los llame. En este momento, ese es el menor de sus problemas. ?El gigante terminó el monologo sonriendo cínicamente, extasiado por el pavor que les provocaba a las pobres almas amontonadas sobre el muelle.

Comenzó a llamarlos uno por uno y, lentamente, la fila que en un principio era una gran aglomeración se diezmo a gran velocidad. Algunas personas no tenían que entregar para cruzar y luego de un leve dialogo, volvían por el muelle y se dirigían a la oscuridad que rodeaba las orillas del rio.

Cada vez que esto sucedía, la anciana suspiraba y apretaba más el brazo de la joven. Ya quedaban pocas almas en el muelle, cuando de pronto el gigante exclamó:

?¡María del Carmen Zagastti!

?Esa soy yo ?murmuró la anciana que avanzó con paso débil y tembloroso hasta la orilla del muelle. Llevándose consigo a la joven.

El barquero la observó detenidamente y le preguntó:

?¿Por qué intentas formar un lazo con ella si no es familiar?

?Me da pena que la muchacha allá muerto tan joven. ?La sonrisa sínica en el rostro de Caronte parecía ensancharse cada vez más, como si hubiese presenciado ese acto una y otra vez a lo largo de la eternidad, y le causara cada vez más gracia.

?Este bien, María del Carmen ?dijo Caronte fulminadora con la mirada. La anciana temblaba de miedo al sentir que esos ojos rojos se clavaban en ella. Sentía como si él pudiese leerle el alma. La incomodidad se extendía y parecía nunca llegar al fin, hasta que Caronte por fin habló ?Asique murió de cáncer. Dígame, que tiene para pagar su pase.

María se inclinó y se quitó el pañuelo sin nunca soltar la mano de la joven y dijo ?Este pañuelo me lo regaló mi hija apenas comencé con el tratamiento, me acompañó durante diez años. Es lo más preciado que tengo porque estuvo conmigo en todos los momentos difíciles. Me acostumbre tanto a usarlo que siempre rechace los otros que me regalaban.

Caronte extendió su mano y tomó el pañuelo que parecía una pequeña curita en las palmas del gigante. El pañuelo se fundió en el cuerpo del barquero y este se apartó de la puerta quitando su expresión burlesca y enseñando por primera vez algo de respeto.

?Señora, ?dijo? ya pagó su pase. Puede entrar.

La anciana se quedó estupefacta y avanzó solo unos pasos, quedándose solo a unos cuantos metros de la entrada de la barca. Caronte, al notar su apego a la muchacha, volvió a su postura socarrona y cínica.

?Está bien, María, ?dijo? es el turno de la joven, asique si quiere puede esperar allí. ?El barquero la observó fugazmente?. ¡Qué pena! ?dijo exaltado?. En verdad eres hermosa, no me molestaría que te quedes vagando por las orillas del rio un tiempo. ?La muchacha se sintió asqueada y acosada, tenía ganas de salir corriendo, sin embargo, carecía de fuerza, se sentía desorientada y adolorida.

?María Belén Crissty. ?La joven, al oír su nombre, se llenó de amargura e ipso facto varias imágenes de sus padres dejándola en la casa de su amiga la avasallaron. En ese momento recordó: la ropa que sacó a escondidas para irse, prepararse para la noche y, además, pudo recordar a un chico alto y musculoso que la sacó a bailar y la hizo reír mucho.

Belén estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó que Caronte la observaba detenidamente. Él posó su vista sobre ella y sus ojos parecían arder como brasas calientes de una estufa a leña en un día muy frio de invierno. Entonces, la joven elevó la vista y sintió un deja bu, como si antiguamente algún hombre la hubiese visto con el mismo aspecto profanador. Se quedó quieta y muy lentamente comenzó a cubrirse los pechos y la vagina. Ante esta acción el barquero comenzó a reír.

?Es una pena ?dijo?, tan bella mujer desperdiciada en un lugar como este. ?Belén no pudo contener las lágrimas y estas resbalaron por sus mejillas y a cayeron sobre el brazo que cubría sus senos.

?Está bien, María Belén, tu muerte fue muy desagradable y fue un castigo muy grande por mentir; pero fue un castigo aún más grande para tus padres que, cuando se enteraron que saliste sin su permiso y nunca volviste, quedaron devastados, el matrimonio y sus vidas se marchitó cuando perdieron a su única hija… Es una pena ?concluyó la frase mofándose irónicamente de la joven?. Volviendo a lo nuestro, ¿que tenés para mí?

Belén tomó aire y dejó de nuevo a la vista su curvilínea figura. Quitó la cadenita de su cuello y se la entregó al gigante. En el momento que la soltó, pudo notar que la mano que cubrió la vagina estaba atestada de sangre. Bajó la mirada a su entrepierna y casi se cae de rodillas al ver que su órgano genital estaba severamente dañado. En ese momento, todas sus heridas comenzaron a dolerle: la garganta parecía estar sumergida en agua hirviendo, pues la sensación de sentirse ahogada y asfixia la golpeó con más fuerza que nunca; la vagina le dolía muchísimo, sentía como si un palo lleno de puntas hubiese ingresado allí y que el resultado de tan atroz acto fuese que sus entrañas estuviesen molidas; su rostro y sus costillas, presentaban machucones y laceraciones; incluso, pudo sentir como un mechón de pelo había sido arrancado ferozmente de su cuero cabelludo.

?¿Qué me pasó? ?preguntó jadeando.

Caronte no le respondió, y la anciana se quedó sin palabras, llena de amargura; al presenciar la escena, puesto que, la cadenita que el entregó Belén como forma de pago cayó al suelo de la plataforma y no se fundió con el cuerpo del barquero. Caronte bajó la vista adonde estaba ubicada la muchacha y le dijo:

?Tenemos un problema, María Belén. El objeto que me diste tiene muy poco valor emocional. No vas a poder subir a la barca. Tu destino es vagar por la orilla el Estigia o hundirte en él, sin importar lo que elijas quedaras atrapada de este lado durante toda la eternidad.

Continuará…

Escrito por Cthulhulotudo para la sección:

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