La denuncia más extraña que recibió el Corchito Ramírez

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Era una mañana tranquila, como cualquier mañana tranquila de un día martes. El oficial Ramírez estaba sentado en el escritorio de recepción de denuncias, mirando con bronca la máquina de escribir. Tenía muy claro que en horarios de trabajo es muy poco saludable perder tiempo mirando pornografía y reenviando cadenas a los amigos, cosa que hace el noventa y nueve por ciento de los empleados que tienen Internet el la oficina, pero de ahí a dejarle una máquina de escribir de los setenta, era demasiado. No había “solitario” que le ayudase a digerir las mañanas como esta.

A primera hora había aparecido un señor al que le robaron la bicicleta, más tarde habían traído a un borrachín que ahora dormía a pierna suelta en una de las celdas de paso, a la hora del café y las tortitas del Carlitos cafémovil, como dice la bici en la que anda, había entrecruzado resultados futboleros con los compañeros y comentarios sobre los culos vistos en el Bailando, nada fuera de lo común, nada nuevo.

Esas mañanas ponían de un humor de perros al “Corchito”, mote con el que lo llamaban al negro Ramírez, por petacón, robusto y morocho. Pensaba en que era una lástima vivir días así, que se esfumaban en el calendario sin dejar ninguna huella.

Con su brazo derecho haciendo las veces de sostén de su cabeza y los dedos de la mano izquierda golpeando en seguidilla sobre la mesa vio venir a un hombre al tiempo que su aparición pretendía disimular un bostezo esbozado con desparpajo. Lentamente, pero decidido, el hombre se aproximó al mostrador. Portador de unos cuarenta años, con cara de trasnochado o mal amanecido, barba de dos días, peinado de almohada boca arriba, camisa leñadora mal planchada metida a medias en un pantalón Ombú marrón espanto con jirones, remaches y parches. Calzaba botas de trabajo, como todo operario de bodega de la zona. Sus dedos teñidos de un violeta violentamente oscuro también denunciaban su oficio.

– Buenos días, ¿en que lo puedo ayudar? -. Le dijo el Ramírez al desgarbado muchacho que acababa de entrar a la comisaría sexta.

– Vengo a hacer una denuncia -. Contestó el desarreglado hombre al tiempo que le miraba la placa de “Oficial Ramírez”

– La tiene que hacer acá, conmigo, dígame… ¿Qué pasó? -. Preguntó el Corchito Ramírez rascándose la cabeza aburrido.

El hombre no contestó nada, mantuvo unos escasos segundos la mirada avergonzada en los ojos del Corchito y luego bajo sus ojos resignándose.

– Señor ¿Qué pasó? ¿Le robaron? -. Volvió a preguntar el Corchito.

El hombre continúo mirando el piso, levantando la cabeza por momentos y mirando hacia ambos lados de la solitaria oficina de la comisaría sexta.

– Señor, me tiene que decir que ha pasado o le voy a pedir que se retire, me esta haciendo perder el tiempo -. Sentenció el Corchito esperando respuestas, mientras se hurgaba con el índice la nariz.

El hombre no contestó, el Corchito Ramírez mantuvo su mirada indagatoria, pero nada. El hombre suspiró, dio media vuelta y emprendió su partida. Al llegar a la puerta se detuvo, volvió su vista hacia el mostrador, observó que no había nadie y volvió hacia el Corchito que lo miraba atónito, expectante y aún con el dedo torneando su fosa nasal derecha.

– Oficial Ramírez, vengo a denunciar una violación -. Sentenció el hombre. El Corchito Ramírez se quedó paralizado mirándolo, con el dedo índice quieto dentro de su nariz. Cosas como estas no pasaban nunca acá en la zona.

– ¿Violación?… a ver cuénteme, ¿¡Qué ha hecho hombre!? -. Dijo el Corchito al tiempo que se paró de la silla y se acomodó frente al hombre, del otro lado del mostrador.

– Yo no he hecho nada… – Contestó el hombre.

– Todos dicen lo mismo, miré señor… -. Respondió el Corchito al tiempo que dejaba la frase abierta con sus cejas suspendidas para que el hombre le dijera su nombre.

– Alberto -. Contestó el hombre. – Alberto Fuentes.

– Bueno señor Fuentes, ¿que pasó? ¿Qué ha hecho?

– Yo no he hecho nada, me han hecho algo a mí -. Respondió con cierto halo de vergüenza en sus palabras el Alberto.

– ¿Cómo que le han hecho algo a usted? -. Preguntó sorprendido el Corchito.

– Eso, oficial, eso… me han violado a mí -. Dijo en silencio el Fuentes, como si acabase de contar un secreto.

– ¿A usted? ¿Quiénes lo violaron? ¿Fue un robo? -. Preguntó el Ramírez al tiempo que retomaba su lugar y comenzaba a escribir en la máquina.

– No fueron muchas personas, fue una nomás. Tampoco fue un robo.

– ¿Una? ¿y usted lo conoce? ¿sabe el nombre? -. Continuó indagando el Corchito.

– Si, por supuesto que se el nombre -. Dijo el Fuentes convencido.

– ¿Cómo se llama el tipo? ¡Ahora mismo le tomo la denuncia! -. Preguntó apresurado el Corchito con los dedos en llamas de tanto tipear datos.

– No es un tipo -. Dijo el Fuentes – Es mujer.

– ¿Mujer? ¿lo violó una mujer? -. Preguntó sorprendido el Corchito.

– Si oficial, me violó una mujer -. Aseguró el Fuentes.

– ¿Pero está seguro? ¿No se habrá confundido con uno de esos muchachos de peluca? ¿No era un trapito? -. Le preguntó eternamente sorprendido el Corchito Ramírez.

– No oficial, le digo que no, fue una mujer, fue mi mujer -. Dijo el Fuentes recalcando gravemente la palabra “mi”.

– ¿Su mujer lo violó? -. Preguntó boquiabierto el Corchito.

– Si oficial, mi esposa me violó.

– ¡Pero no hombre! ¡Su esposa no lo puede haber violado! -. Le aseguró el Corchito.

– ¿Acaso usted la conoce? -. Preguntó ahora el Fuentes.

– No señor, por supuesto que no, me refiero a que no lo puede haber violado su mujer -. Volvió a insistir el Corchito.

– ¿Y porque no? A ver… ¿Cuándo se considera una violación? -. Le preguntó con menos vergüenza el Fuentes al Corchito.

– Y… primero cuando el acto haya sido en contra de la voluntad del perjudicado -. Arrancó comentando el Corchito.

– Yo no quería, el acto sexual fue contra mí voluntad – Aseguró el Fuentes – ¿Qué más? -. Le preguntó al Corchito sin dejarlo ni pensar.

– Que haya habido un cúlio -. Sentenció el Corchito con una de sus palabras inventadas favoritas.

– ¿Un que? -. Preguntó el Fuentes.

– Eso, un cúlio, una cogidita, una penetración -. Respondió con tono picaresco el Corchito.

– Bueno… de haber la hubo, ella me obligó a que la penetrara -. Aseguró el Fuentes.

– Pero… estemmm… hay algo que no está bien, a ver, estemmm -. Dudo el Corchito.

– Mire oficial, el acto ha sido contra mi voluntad, sin mi consentimiento y ha habido una relación carnal de por medio, además… hay algo más -. Dijo el Fuentes al tiempo que se tornaba colorado como un pimiento.

– ¿Qué más? -. Preguntó lentamente el Corchito.

– Si hubo penetración…

– ¿Qué? ¿Cómo? -. Preguntó el corchito otra vez atónito.

– Me introdujo algo por detrás -. Comentó silencioso el Fuentes.

– ¿Por detrás? ¿Cómo que le introdujo algo por detrás? -. Preguntó el Corchito quien dentro de su ignorancia y escasa imaginación no alcanzaba a dimensionar las palabras sutiles del Fuentes.

– Eso oficial, ¡no me haga ser tan explícito por favor! -. Contestó levantando el tono el Fuentes.

– Es que no entiendo nada, sino me explica bien no puedo formalizar la denuncia -. Dijo terco el Corchito.

– Digo que me metió un muñequito de una banana por la cola -. Dijo terriblemente avergonzado el Fuentes.

– ¿Un muñequito de una banana? Le juro que trato pero no entiendo -. Aseguró el Corchito.

– Me metió el muñequito de las bananas en piyamas dela Camila, una de mis hijas. Mientras me obligaba a penetrarla me metió el muñequito de plástico por detrás -. Sentenció el Fuentes.

– ¿Qué es la banana en piyama? -. Preguntó ignorante el Corchito Ramírez.

– El muñequito que baila así -. Le contestó el Fuentes al tiempo que hacía un baile que consistía en quebrar su cintura con las dos manos en señal de alto.

– ¿Le metió eso por donde?

– ¡Por el poto oficial! -. Corroboró indignado el Fuentes. – Si le digo que hubo violación y que vengo a denunciar a mi señora es porque la hubo.

– ¡Pero hombre! Ha sido un juego sexual, usted tiene que pensar un poco -. Aconsejó el Corchito.

– ¡Que juego sexual ni ocho cuartos! No tengo ni ganas de ponérsela y ella me obliga, ¿usted sabe lo que es tener que obligatoriamente darle cuerda al barrilete de mi señora? -. Preguntó el Fuentes.

– Y… Dios le da pan al que no tiene dientes, mi señora me entrega el rosquete una vez por semana, con suerte -. Dijo nostálgico el Corchito.

– Si, pero la mía está loca, me tiene cagando con que labure y que traiga guita todo el tiempo a la casa, no me deja un mango ni para el gas -. Se quejó el Fuentes.

En ese momento entró a la recepción el oficial Ricardo Cabrera, uno de los más antiguos y panzones de la seccional, quien alcanzó a escuchar de refilón el último comentario del Fuentes.

– ¡Si se están quejando de las esposas hay equipo eh!, la mía me rompe todo el día las bolas con que donde estoy, donde voy, con quien salgo y con quien entro -. Dijo metido el Cabrera.

– Che Cabrera, lo que le pasa a este señor si es raro -. Boconeó el Corchito al tiempo que el Fuentes se tornaba rojo como un cangrejo.

– ¿Qué le pasa? -. Le preguntó el Cabrera mirando a ambos.

– Quiero denunciar a mi mujer por violarme -. Contestó el Fuentes antes de seguir con la vergüenza.

– ¡Y con penetración y todo! ¡Porque le metió una banana, un piyama y un muñeco por el culo! -. Esbozó orgulloso y apresurado el Corchito.

– ¿Un piyama? ¿Cómo le metió un piyama? -. Preguntó risueño el Cabrera.

– ¡Un piyama no! ¡Una banana en piyama! -. Gritó el Fuentes.

– ¿Qué es eso? -. Volvió a preguntar el Cabrera.

– Un dibujito para niños que baila así -. Y volvió a repetir la coreografía al tiempo que el Cabrera recordaba la canción y tarareaba al unísono el temita que tantas veces le había puesto a sus nietos en la tele para que no rompan las bolas.

– Si… y bueno Ramírez, tómele la denuncia nomás -. Le dijo al Corchito.

– Ok comisario – le respondió al Cabrera. – Mire señor Fuentes que vamos a ir a buscar a su señora y va a quedar detenida en esta seccional hasta que se defina el caso -. Sentenció el Corchito.

– ¡Por favor! Ya no me aguanto más esta situación, ¡usted no sabe lo espantosa que es mi señora y lo rompe pelotas que es! -. Se volvió a quejar el Fuentes.

– Ok ok, a ver, tome asiento -. Lo calló el Corchito al tiempo que retomó el tipeo.

Al cabo de veinte minutos había tomado toda la denuncia con lujo de detalles, sumándole a la actual denuncia varios hechos pasados de importante denigración verbal, física y sobre todo anal.

– Bueno señor Fuentes, hemos terminado, le pido que se retire a su domicilio y que retenga a su esposa ahí, dentro de unas horas la vamos a buscar y la dejamos detenida acá -. Dijo Ramírez.

– Listo oficial, con todo gusto, espero por ustedes -. Aseguró el Fuentes, mientras se retiraba de la oficina.

– ¡Una cosa más! -. Le gritó el Corchito Ramírez al Fuentes – Que no traiga ni la banana ni el muñeco, el piyama si quiere si.

Y el Fuentes se fue con el sol del medio día.

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