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¡Zurullos, vendo zurullos!

Vengo de visitar mi patrimonio, en el cual he visto un cúmulo de zurullos malolientes, podridos todos, echando vapores excrementales.

Hoy he ido a mi restaurante preferido, un chino, con una larga cola de reos que pedían y mandaban a los camareros llenos de estrés. Así fue la experiencia:

—Dígame, ¿qué le pongo, maldito bastardo?

—Mire usted, póngame ese zurullo de ahí, el de las moscas, póngame el mojón de allá, el semi-sólido, esa boñiga dura, estreñida y retestinada, y de beber póngame evacuación de resaca. Hoy hay hambre y sed.

—Ahora mismo, pedante.

Cogían el cucharón y ponían la plasta en el plato de papel. Me senté en una mesa, y me lo comí todo de un tirón. Si me hubiera visto en video, hubiera comprado un rifle y salido en busca de la bestia, sin saber que soy yo. Después voy a mi casa y abro mi ordenador portátil; se rompe la bisagra y con la bisagra el chip wi-fi. Cojo unos nervios de cuidado; saco el móvil para buscar posibles causas y pasan dos cosas: mi Galaxy S8 va lento y no encuentro nada. Me resigno.

Hace unos días fue mi cumpleaños; fui a un restaurante, claro, con mi primo. La experiencia fue así:

Como tenían una mesa de 10, tardaron una o dos decenas de minutos en venir a atenderme.

—Buenos días, ¿cómo quiere enriquecerme hoy?

—Póngame una hamburguesa, patatas fritas, aros de cebolla y Dr. Pepper para beber.

—Ahora mismo.

Mientras esperamos la comida, hablo con mi primo y su mujer:

—Fíjate, primo mío, que no hay nada que quiera comprarme para mi cumpleaños o Navidad.

—¿Cómo es eso? ¡Cosa rara!

Esto, a día de hoy, no es un problema. El dilema se ha resuelto; un ordenador, claro, portátil. Lo mismo que el año pasado. El camarero viene y me da dos platos: uno grande que contiene una montaña marrón y otro chico que porta cuatro patatas mal fritas.

—¿Y la hamburguesa?

—¡Ahí, cegato!

Es verdad, la hamburguesa se esconde bajo la montaña marrón. ¿Qué es esa montaña marrón? Es harina frita, grasienta, con una fina lámina de cebolla dentro. Para hacernos una idea, los aros tenían el tamaño de un donut y la cebolla el tamaño del agujero. Le pego un bocado, otro, y me decido a dejar los aros tal y como me los trajeron, grandes y enteros.

—Bueno, la hamburguesa está buena.

—Sí, la verdad sí. Yo, lo que pasa, es que no tengo hambre.

—Ya veo, una pena.

Le doy un sorbo a la bebida. Sabe a agua, es decir, a nada. Miro al plato de excrementos de cebolla y decido que basta. ¡Prou! Llamo al camarero.

—Qué quiere ahora, pesado…

—Quiero hablar con el supervisor.

—Ahí está el dueño del restaurante, ceporro.

—Pues dile que venga.

Ahí viene el dueño, un gordo parsimonioso al que le gusta mover el bigote y el que abre los cachetes cuando va al baño, para dar paso a toda la bazofia que come en su propio restaurante.

—Qué…

—¿Usted ve esto normal? ¿He pedido donuts de cebolla o aros de cebolla?

—Usted sabrá lo que ha pedido.

—No pienso pagar, esto es impresentable.

—¿Cómo? No, no, eso no. Mire usted alrededor, ¿no ve que los demás están comiéndoselo todo sin quejarse? No me venga usted de gourmet, señor francés, lengüita italiana, alemancito preciso. Usted paga y no hay más que hablar. Es más, paga también propina, ¿eh? Que no pienso pagarle el suelo a los camareros, que ya bastante he hecho montando el negocio.

Me cagu… me di al diablo en todo, pagué y me fui.

El otro día pasé por el Apple Store. Había gente acampando fuera.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —pregunto.

—Acampar, ¿no lo ve? El iPhone X sale mañana y quiero ser el primero en tenerlo.

Una piara de cerdos. ¡Oinc, oinc, el capitalismo es progreso! Cebadnos de zurullos, empresarios, que nosotros acamparemos para comprarlos. Dadnos donuts de cebolla, ordenadores que se rompen, ropa mal cosida, comida con conservantes. ¡Dadnos cáncer! ¡Dadnos necesidades! ¡Oinc, oinc! Cebadnos, sí, cebadnos, engordadnos. Después comednos, cortad las chuletas, los filetes de distintos cortes, las costillas. Haced morcilla con nuestra sangre, chorizo con las sobras, ¡sobrasada!, ¡jamón serrano! ¡Dadnos ansiedad!

¡Ah! Ese es mi patrimonio, una montaña de caca electrónica, comida mala e innatural. Mi patrimonio es una universidad con profesores que no escuchan mis comentarios cuando los tengo. Mi patrimonio es un puñado de amigos medios, conocidos, que no tienen la menor intención de ayudarme. ¡Me vuelvo loco! ¡Dadme pastillas, que estoy loco!

En fin. Abro «la colmena», de Camilo José Cela, y me pongo a leer. Me gusta, no, ¡me encanta!, no, ¡lo adoro!, no, ¡fantasía! Camilo José Cela es mi patrimonio real. Llamo a mi madre para compartir la increíble que es el libro, ella me escucha. ¡Mi madre es mi patrimonio real! ¿Cómo es esto? Aquí se desvela el secreto. Camilo José Cela escribía con el corazón, con el ansia de hacer algo bueno, genuino. Mi madre me quiere de corazón, con el ansia de hacerme sentir querido. Los granjeros que crían cerdos en el mercado libre, no hacen nada de corazón; lo único que hacen es pensar en qué cosas quitar sin que el consumidor se entere, en qué mínima cosa añadir para que el consumidor crea que hay progreso.

En fin. Tengo hambre. Voy a comer un poco de roña. Estoy aburrido. Voy a jugar con el móvil. Ya se me pasará el enfado.

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