Carta al Ausente

La brisa que entra por la ventana, parece traer consigo la musa inspiradora.

Con una sensación invasora, con infinitas ganas de gritar, elijo sentarme a expresar.

Pienso… siento… ¿Qué fue de todo?, ¿Qué fue de vos?, ¿Qué fue de lo que éramos?, ¿Ya no lo somos?

Recapacito y caigo en que no fue la brisa lo que entró por la ventana, sino tu recuerdo… o tus ojos… o el sonido de tu voz… ya no lo sé. Sólo sé que ahora te tengo acá, en mis pensamientos o en mi memoria, o quizás estés aquí realmente.

Alcanzo a divisar un poco de tristeza en tu mirada, escondida tras esa bella sonrisa que siempre me iluminó, que me dio fe, que supo cuidarme, que quiso encaminarme y que sin querer me asustó un par de veces.

Jugando con mi imaginación (o no) te invito a que conversemos, hace mucho no lo hacemos. Pero si estas brisas matinales te traen hasta mí, no voy a desperdiciarte como hice tantas veces.

Será el síndrome de “senosacabaelmundo” ó “teextrañodemasiado” que hacen este encuentro casi milagroso.

Preparo el mate, nos sentamos frente a frente. El silencio aturde mis oídos al comienzo y lo callo con un “hola”. Su sonrisa vuelve a generarme lo que tantas veces, lo que hasta no hace mucho…

Se ofrece a cebar el Símbolo de la Paz (conoce mis dotes culinarios) y casi sin querer, empezamos a dialogar; de forma tímida y hasta casi temerosa, las palabras fueron tomando su cause.

Muchas preguntas había por hacer, mas él y yo sabíamos que la mayoría de las respuestas no existían –o quizás sí… uno con el tiempo va comprendiendo (o aceptando) que las respuestas no siempre sacan las dudas y no por ello dejan de responder.

Y fue así como cada cual dejó caer su pared y nos fuimos encontrando. Fue así como te pude ver en las gradas del “Poli” hinchando por mí, haciendo a mi antojo, deshaciendo a mi condición.

El humo cambiaba lentamente su color y a medida que el tiempo pasaba, las miradas (la mía sobre todo) se entibiaban y los mates se lavaban; entramos en perdón.

Te perdono, por las noches en vela.

Te perdono, por la distancia física.

Te perdono, por pensar en vos antes que en mí.

Te perdono, por creer en el amor.

Te perdono, por no lograr comprender.

Te pido perdón, por creer en el amor.

Te pido perdón, por las tantas noches en vela.

Te pido perdón, por pensar en mí, antes que en “Nosotros”.

Te pido perdón, por el silencio.

Te pido perdón, por no lograr comprender.

Contradictorio, ¿No? Disculparse y disculpar las mismas cosas… no resulta tan absurdo cuando uno logra ponerse en el lugar de los demás.

Veo que te vas. Aún no por favor. Mi mochila pesa menos, pero no te vayas todavía.

Me falta agradecerte. Gracias, por la eterna esencia de la Vida.

Te amo papi.

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