La gran historia de Cruela de Ville y el Negro

Esta columna comencé a escribirla en el parque, luego de una crisis existencial  y laboral. Simplemente salió en la soledad de la tarde, con un cuaderno en mano, mate y  sol.

Los que me conocen, saben que soy un sorete, un témpano, una perra insensible, mala, mala.

No pienso en hijos, no soporto los niños caprichosos, no colecciono peluches ni guardo rosas secas, no regalo chocolates, no escribo cartitas de amor, ni abrazo sin razón. No estoy en contra de quienes lo hagan, ni mucho menos. A mí no me sale, no me fluye, no por nada la “crisis existencial”.

Amén.

Lejos de verme madre y sentirme cariñosa, todos me dan niños para que alce, perros para que abrace, osos para que apriete… como si eso me fuese a despertar algo de instinto.

Mi idea de un hijo es:

Los niños necesitan cuidados que aún “yo” no logro dar a mi misma: comida diaria, ropa, baños, y amor. De casualidad que sobrevivo comiendo lo que cocino, me baño día por medio y me quiero un poquito…

Mi amor por los caninos no es de admirar tampoco. Hay un eslabón que no entiendo en la relación “dueños y mascotas”, prefiero tener a los perros lejos, bien lejos:

. “¡¡¡Sacame a esta mierda que me está ensuciando toda!!!”

. “¡Me va a morder, me vaaa a morder!”.

. “No sabía que tu cachorro usaba el atomizador “olor a bosta…”

. “¿Qué se comió ese animalito para cagar así?”.

. “Veo un perro en la calle y mágicamente aparece una piedra en mi mano”.

. “¿Para qué sirve tener un perro en casa? ¿de adorno? ¿Le tirás la cola y se prende la luz?”.

Hay cosas que nunca voy a entender.

Tiempo atrás…

En un asado de esos que se hacen los domingos, con la familia reunida y el vino arriba de la mesa, mi pareja me regala una caja de zapatos: “Tomá amor, para vos”.

Mi cara de felicidad delante de todos es de no creer ¡Qué mi pareja me regale zapatos es realmente un milagro!

Lentamente, apoyo la caja sobre la mesa de la cocina. Siento la mirada de todos encima. Comienzo a sospechar que algo no está bien; quizás olvidé sacarme la cera de los bigotes. Lo compruebo pasando la mano por encima de los labios. No, está todo en orden, los bigotes siguen ahí.

Comienzo a quitar la tapa de la caja al mismo tiempo que las cejas de mi novio se arquean y echan hacia arriba, su boca se abre y las manos hacen un ademán como el Chavo cuando dice “bueno, pero no te enojes” (todo en cámara lenta).

Por mi cabeza pasan los modelos de zapatos más disímiles y variados: con tacos, sin tacos, gamuzados, plataforma, sandalias, botas, chatas, con cordones, sin cordones, con abrojos; pienso en la escala cromática completa.

Pero nada me importa, porque “a caballo regalado no se le miran los dientes” (y en todo caso, de no gustarme, siempre tendría la opción de cambiarlos e inventarle a mi novio la excusa de que me quedan chicos y esas boludeces que todos decimos cuando algo nos parece de horrible gusto).

Finalmente, logro abrir la sorpresiva caja.

Entre unos trapos floreados, hay un cachorro (¡un cachorro, un perro chiquito! Definitivamente hay cosas que nunca entenderé). Dios vaya a saber cuánto tiempo estuvo en esa oscuridad encerrado, esperando el oxígeno liberador.

Debo confesar, el cagazo que me pegué fue mejor que la cara que puse. Pensé que me estaban haciendo una joda.

Traté de fingir ternura, pero mi gestualidad no reconoce esa palabra. Siempre tan fiel a lo que siento, dije lo primero que pasó por mi cabeza: “Ay, ¡pensé que era una laucha!”.(Lo mejor, cuando no se sabe qué decir es no decir nada, ahora lo sé).

Y ni atiné a alzarlo o a sacarlo de la caja. Un moco yo, sí.

Mi novio lo agarró y todos me seguían mirando, como esperando que…no sé, que dijera algo, que el corazón se me aflojara. Por un momento, vi los ojos de mi pareja caerse de a pedazos, en el silencio más profundo. Cagué su sorpresa, su regalo, la emoción del momento. La cagué mal.

“¿Y este?” fue la pregunta que le hice, mientras hacía el intento por alzarlo como con el miedo más grande a quebrar un cristal.

“Para nosotros, lo compré”. Y ahí me cerraron todas las dudas, todos los planteos ¿Por qué me regalaría un perro sabiendo que soy anti-zoo? ¿Por qué un cachorro? ¿Por qué querer tener un perro en nuestra casa? ¿Por qué entregármelo delante de toda la familia? ¿Por qué a mí, por qué yo? ¿Por qué a “nosotros”?

He aquí la respuesta: casi una década de novios, vivimos juntos hace años, la familia nos tiene los huevos al plato con que seamos padres, de los amigos ni hablar. Cumplimos con varios requisitos: hace tanto que nos conocemos, ambos trabajamos, tenemos casa, estamos “en edad”, nos amamos y la mayor parte del tiempo somos felices. Pero se olvidan de algo, ambos somos perfectamente inmaduros y no nos sentimos listos para encargarle nada a la cigüeña, nada. Atrasar la ansiedad de un niño con un perro…¡qué gran idea!

La vida parecía perfecta hasta que llegó “él”.

Y los pisos dejaron de brillar, los sahumerios nunca más surtieron efecto, la ropa blanca dejó de ser blanca y sus pelos fueron encontrados por doquier.

Negro por donde se lo mirara, era una piedra de carbón que lloraba por las noches y cagaba durante el día.

Así nos conocimos. De un día para el otro, me vi limpiando caca con servilletas, durmiendo con dos morochos en la cama, haciendo comidas raras y abrazando a alguien mientras veía televisión.

Mis suegros, padres, abuelos, hermanos, amigos y todas las conversaciones se volvieron suyas: “Negro, Negro, Negrito”.

Me ha besado más veces que cualquier otro hombre en la tierra. Le he dicho tantas veces que lo amo como jamás pensé que podría. Me ha acompañado en esos momentos en que nada tiene explicación, ahí, sentadito al lado mío.

Prescindimos de comprarnos algunas cositas para darle el mejor alimento, el mejor collar, la mejor correa, el mejor veterinario. Él optó por comer el mejor sillón, destruirlo con la mejor mordida y vomitar de la mejor manera. Al veterinario nunca le vino mejor que yo tuviera perro.

Es un labrador negro, por si no lo había dicho, y tiene un estómago muy delicado. Por eso, al día de la fecha ha comido una de las patas de la cama de madera, la esquina de la mesa del tele, 3 almohadones, las tripas de su peluche, 148 cucarachas, 2 rejillas, y todas las servilletas y pañuelos con mocos que puedan existir a su alcance…

Tenemos más visitas a la clínica que al parque. Ya podría tener el cuerpo como un colador, pero no le teme a las inyecciones, ni a los veterinarios, ni a los vómitos ni a que yo lo rete cuando hace algo malo.

Logró de mí lo que nadie jamás ha logrado, dominarme.

El mes que viene cumple un año, y llegó para cambiarme la vida, para siempre.

Continuará…

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