Cuando el egoísmo gana la batalla

 

 

Hablando con amigos, a veces, con suerte nos damos cuenta de lo afortunados que somos al estar felizmente en pareja. La mayoría que se encuentra en ese estado sentimental lo hace en el auge de su situación amorosa, nada nunca podría ser mejor que estar a su lado. Incluso cada vez que pelean, cada guerra es parte de ese amor.

Pero otras no sucede lo mismo y si nos preguntan cómo estamos, siempre la respuesta es la misma: bien. ¿Para qué decir otra cosa? De todas formas nadie podría ponerse en tú lugar ni solucionar absolutamente nada. Aunque por dentro la duda te esté incendiando, preferís la resignación.

Entonces te das cuenta que pasó otra oportunidad para ser sincero/a con vos mismo/a y te das por vencido/a. Mientras vas fingiendo un día más ser feliz con lo que te toca.

Pero un día, por casualidad o por el bendito destino te encontrás con la persona indicada, esa que entiende piel a piel lo que te pasa. Pero son amigos, nada podría suceder.

Nos propusimos tomar unos mates, teníamos tanto de qué hablar. Pero no podíamos dejar de decirnos lo que a ambos nos estaba torturando, esa duda que nos hacía culpar por sentimientos que no podíamos controlar. ¿El enamoramiento cuánto dura? ¿Es realmente posible amar para siempre?

Y así  comenzó nuestra maldita charla que hizo mover mi cabeza más que el suelo chileno. Nadie tiene asegurado su futuro, creo que ni siquiera sabemos cuándo realmente estamos con la persona indicada. Simplemente nos dedicamos a intentar lograr llegar a  sentir algo más, distinto y lindo. Que dure, no somos demasiado pretenciosos.

La charla siguió, entre mates y mentiras nos fuimos diciendo un par de verdades. Los dos estábamos de acuerdo en algo: hacía mucho que no éramos felices, costó pero al final había que decirlo.

No era fácil aceptar que pasaron años y cada uno siguió intentando hacer que la relación funcione, aún a costa de nuestros propios sentimientos. Uno sabe que algo malo pasa cuando ya no te invaden esas ganas locas de comerle la boca cada vez que lo/a mirás, cada vez que él/ella te ve.

Nos contamos nuestros defectos mientras se nos acababa el agua. Eran muchos y entendíamos nuestra responsabilidad de cada cosa. Continuamos dialogando y cada vez teníamos más cosas en común. ¿Por qué habíamos callado tanto tiempo? ¡En qué estábamos pensando!

La tarde estaba acabando y nosotros llevábamos horas hablando de lo mismo pero siempre de manera distinta. Nos pasaban las mismas cosas pero teníamos la capacidad de contarlo diferente. Éramos tan iguales y no nos habíamos dado cuenta.

Le conté que llevábamos más de seis años juntos, nunca soñé con el hombre ideal pero él se le parecía bastante. Tiene un par de ojos que pudieron socorrerme más de mil veces con solo mirar los míos, era intuición, nos debíamos amar por siempre.

No era mi intención aburrirme, sentir los mismo una y otra vez, pero suponía que es parte del amor sentirse a veces “desenamorada”. Pero mi malestar comenzaba cuando me preguntaba si estaba siendo realmente feliz, jamás dudé si lo fui, pero hoy no lo sé y eso, la duda, realmente me estaba matando.

Él me contó que hacía dos años estaba de novio, ella siempre fue muy correcta y él no hizo más que estar a su medida. Para él la etapa de enamoramiento también parecía haber acabado sin embargo lo tomaba como algo natural, como si desde el principio supiera que así iba a ser. Nunca se sintió completamente enamorado pero quizás era porque nunca antes lo había estado.

La tarde entre confesiones fue muriendo y cada uno debía volver a su realidad. Era lo que ambos habíamos elegido. Ese día había sido distinto para nosotros, el primero en donde ambos habíamos decidido ser felices aún sin serlo.

Nos despedimos con ganas de más pero no nos pasamos nuestros números haciendo imposible un nuevo encuentro en donde seguramente no habría tregua de por medio. Los dos entendíamos que no podíamos hacerle daño a la persona que alguna vez amamos. Un beso en la mejilla y un abrazo que duró poco más de un minuto fueron testigos de esa historia que nunca fue. Continuamos con la esperanza de que algún día, por error o por ganas de volver a vernos sonreír, nos vuelva a encontrar.

¡Qué egoístas somos!, aún sin quererlo.

ETIQUETAS: