Cupidos profesionales

Comenzaba el año 1956, y apenas sacando una gamba de los pañales, la temprana edad nos permitía crecer a pasos agigantados, con el transcurrir de las vacaciones. La época ociosa para quienes nos quedábamos en Rodeo nos permitía, a los Jóvenes Ávidos, dar rienda suelta a las actividades que en la época escolar, dejábamos un tanto de lado.

Enero pasaba, y nos volvíamos a ver otra vez entre los regalos de Reyes, las challas del carnaval y  las frescas pileteadas sanjoneras, que eran el dar a luz de la felicidad encarnada por entonces.

El reencuentro nos permitía contarnos de pe a pa, lo vivido en estos infinitos veinte días, cuanto mucho, que nos habían tenido ausentes. Ponernos al corriente, entre la mezcla de envidia sana y orgullo genuino, por lo que cada uno había chapuceado fuera del charco de nuestro Rodeo natal, era la más singular de las excusas.

Cierta mañana, salí a vueltear en la bicicleta de Reyes con mi chupalla penosa y la gomera, que me había calibrado recientemente mi abuelo Alfonso, colgando del cuello. La arboleda que rodeaba la finca de mis primos, era un tirolés sensacional para los “culillos” (como diría el Enanoslife), que apreciábamos el arte del tiro al pichón.

En fin, mientras daba rumbo a mis piernas al ritmo de un silbido desentonado, observé entre unos álamos al Santiaguito sentado, con sus brazos sobre las rodillas encogidas y la cabeza a gachas, entre los mismos. Las manos tapaban sus oídos, como el nene que no quiere sentir el ruido de los fuegos artificiales de fin de año.

Le pegué un grito sin desmontar y me acerqué lentamente. Noté de lejos noma’, la velocidad con la que secaba sus ojos, como cuando se nos da vuelta un vaso de agua sobre la mesa y antes de que aparezca un sopapo, limpiamos desesperados con lo que tenemos a mano. Santiaguito sifoneó para adentro un par de veces, cuando le preguntaba qué hacia sentado ahí y encima solo.

Antes de escuchar esas mentiras tan irreales de chico bueno que le salían, que ni inspirado podría faltar a la verdad, lo subí del jopo al asiento de atrás y nos fuimos a probar suerte con la honda.

Todavía no llegábamos, y temblando desembuchó solito. “Mis papas no se quieren más Rubén”, largó angustiado. Sus palabras me transportaron a lo que había oído en mi casa semanas atrás, de la boca de mis padres: “Parece que los López no andan bien che…”, una noche en la que me imaginaban apolillando.

Por entonces era inusual que los padres se separaran. Hoy en día, los compañeritos de mis nietos, en su gran mayoría, tienen las camas de sus papis en sucursales distintas. Por lo que la situación pasa a tomar más naturalidad, dentro del embrollo que implica la lejanía. Los nenes a esa edad pueden ser muy crueles, y en suma del “que dirán”, tornan espesa la realidad de los hijos.

Un par de pájaros sufrían en plumas propias su bravía al tirar, con esa mezcla de rabia y desconcierto, mientras me daba el relato de los trapitos mojados del hogar. Su sufrimiento me hacía parte de su historia. Era un lindo defecto que me jugaba en contra algunas veces, pero no lo podía dejar así.

El pasquín de sujetos que nuestra avidez nos hacia conocer, daban siempre algún lugar al que ir a golpear, cuando los bolonquis estaban en puerta. “Los Consejeros Sentimentales de Barriales”, le mandé, ante la intriga de sus párpados.

Ni lo dejé opinar, y sin contarles nada a los demás, arrancamos para la Villa de los Barriales, donde actualmente se encuentra la ciudad de San Martín. Me pareció atinado no levantar tanto la perdiz, y que el Santi se sintiera en confianza, para poder darles mayor precisión a estos artesanos del amor.

Los Consejeros, eran tres mequetrefes que resolvían los problemas que aquejaban al corazón, y trataban de encauzarlos con la maestría en simulación que tenían. Situaciones ingeniosas, eventos impredecibles, fuera de la agenda, hasta aniversarios distritales, eran inventados para unir divisiones, en principio inalcanzables.

Éstos, estudiaban con repaso a las partes interesadas. Los oían, aconsejaban y si resultaba insuficiente, entre los tres congeniaban estrategias para ayudarlos. Manejaban las casualidades a su antojo, y los mezclaban cara a cara en situaciones determinantes. Por ejemplo: el herrero de la zona, más conocido como el Carlitos, estaba profundamente enamorado de la Elvira, la panadera, y sus curvas. Por lo que lo hicieron intervenir en un asalto de diez cacos armados a la panadería, con patadas voladoras y gritos karatecas en defensa de la pobre señora. Eran un tanto exagerados de momento, pero preferían que sobrase y no faltase. Los poros de la Elvirita entregándose a su héroe, era la paga de los Consejeros.

Al llegar a Barriales, paramos en una despensita de pueblo, donde nos recibió una morocha. Para entrar en confianza, ponderamos el comercio por demás y hasta advertimos lo económico de sus precios. Ella dudaba de nosotros, hasta que el Santiaguito preguntó cuánto costaba una damajuana de caberne’. “Dios mío…”, pensé para dentro.

Sus cejas de desconfianza, nos obligaron a batir la verdad: “Estamos buscando a Los Consejeros Sentimentales de Barriales doña” La negra se puso café con leche, y nos tiró no menos de diez preguntas seguidas de munición gruesa. Santiaguito decía por la nariz “mamonósh…”, no le entendía un jopo.

– Mire señora…

– Señorita –retrucó, estirando el cogote de coté.

–Ehh… si, señorita es muy importante para nosotros poder dar con ellos. Venimos desde muy lejos en esta bicicleta destartalada, con hambre, calor, cansancio… frío –no había manera de que se me cayera una lagrima, ¡me cacho en die’!

La dama se metió sin decir nada entre una sábana que hacía las veces de cortina. En la espera, quietitos donde estábamos, vimos pasar una jauría de ángeles hasta su retorno.

–Adelante pequeños –nos defirió en otro color de voz, al tiempo que nos daba entrada a la cocina del hogar–, mi patrón los va a recibir en unos minutos.

Con un susto que ni les cuento, nos sentamos en unas sillas de madera rústica, hasta que se acercó un hombre lampiño, por donde se lo pudo observar, y nos dio el pie: “Cuentenmé muchachos.” Luego de escuchar todo, nos convocó a una reunión para el otro día por la tarde, en la plaza de Rodeo, para con sus secuaces, darnos las instructivas del caso.

Pasadas las siete de la tarde estábamos apostados en un banco cercano a unos rosales, de esos que como decía la nona del Santi, te llenan de vida el alma. Cuando del costado, aparecieron dos monjes tibetanos y un policía más pequeño. “Ni preguntes”, deslizó uno de los monjes. “Estamos en medio de un procedimiento”, agregó el más bajito.

El profesionalismo de los “militantes del amor” me ponía la piel de gallina. No podíamos fallar. Acordamos meticulosamente horarios, pseudónimos y repasamos el plan perfecto un par de veces. “¡Manos a la obra!”, dijo con el puño apretado de ilusión el Santiaguito.

Aprovechando el día de los enamorados, aparecieron unas pancartas en la mañana siguiente, invocando el “Primer baile regional de los enamorados”. Allá fuimos. Era más bien un baile de la familia en general, pero por supuesto muchos aprovechaban la temática para la reconquista, la declaración, o el “chingoleo” como suele decir Bomur. Los hechos fueron más o menos asi:

18.30. Llegamos con mis papis al baile que sorpresivamente nos recibió con una especie de kermés. Al toque lo vi al Santi de la mano de su papá, esperando para darle con unas bolas, a unos monos le tela que colgaban de un barral. Me guiñó el ojo canchereando y nos hicimos “los otros”.

18.45. Doy un par de vueltas buscando conocidos, y bueno también para ver si estaba la Priscila por ahí, y alcanzo a ver a la mamá del Santi hablando con un payaso calvo, que le quería vender unos globos.

19.00. Uno de los Consejeros empilchado como para un casorio, presenta oficialmente el baile. “Bienvenidos familias de Mendoza, espero que el amor aflore en vosotros, en este primer baile del día de los enamorados.” Arranca diciendo en una voz de locutor maravillosa.

19.28. La gente baila, gira, mueve sus cabezas, la fiesta es un éxito. Infiltrados que festejan chistes ajenos, acróbatas contratados que se dan porrazos intencionales en busca de carcajadas, los Cuentistas de Historias que se prestan al piropeo digitado por los Consejeros. Desde el medio de la pista, el Santi me pone carita de incógnita con las manos abiertas hacia adelante y los hombros encogidos.

19.33. Veo a Susana, la mamá del Santiaguito, agradeciendo la invitación a bailar de un hombre alto, muy pintón, que insistía. Hasta que por fin accede, largan unos pasos vueltita de acá para allá y se pierden entre las parejas. Me quedo helado, mientras por atrás mío el payaso me sugiere al oído, con aliento a cigarrillo seco: “Ta todo bajo control pendejo.” Me vuelve el alma al cuerpo.

19.37. En solo dos temas, el papa del Santi hace contacto visual con Susana. Se le encrespaban los pelos, da vueltas sobre su eje como pensando en otra cosa. Cuando se la empieza a jurar, aparece una perra rubia de pedigrí milenario, en un vestidito blanco apretado y una melena que topa justo en la curva dibujada al final de su columna. A Don Alberto le maduran los ojos ante el coqueteo de la mujer y, cabeceo previo, salen a participar en el vaivén de la orquesta municipal.

19.51. Las parejas se deslizan artísticamente coordinadas, como la escena principal de un musical de Broadway, al tiempo que los papás del Santi con sus respectivos, giran y giran hasta quedar a centímetros, chocan… y los tiempos musicales se paralizan.

19.52. El Santi mete su cabeza debajo de la remera, no quiere ver. Yo desbordo de la emoción.

19.52. La hembra fatal y el hombre más encantador que piso Rodeo alguna vez, se hacen un gesto ameno, como si se conociesen desde antes, piden disculpas a los padres del Santi, y se acercan a una barra a chupar unos traguitos.

19.55. Los papás se regalan indiferencia, al tiempo que se apretujan otras veces todos los presentes y comienza a sonar la banda otra vez: “Oh Carol” de Neil Sedaka, el tema favorito de Alberto y Susana. Se miran, corren la vista, y se vuelven a mirar. Sienten el flechazo revolviendo los recuerdos, su historia, sus alegrías, las diferencias se hacen humo, la primera vez de todo nada por sus retinas. Ella muerde su labio inferior y el… el la golpea son un beso novelesco.

“¡Siiiii!”, brama chocho Santiaguito en un salto de dos metros.

Aparecen dos copitas de champagne de la mano del presentador del baile para enamorados, la gente sigue en la suya como si nada. Alguien me toca con un dedo el hombro, es Priscila, que me regala su sonrisa de la Gioconda. “Feliz día de los enamorados para mí también.”

“Oh Priscila, no soy más que un tonto…”

También podés leer:
La viuda negra de Lavalle

Hace un año escribíamos:
Dicen que soy aburrido

ETIQUETAS: