No hicimos buenas migas

Frío.

Miro por la ventana a través de lo empañado y veo a un par de gatos pasar corriendo por la medianera. Las nubes parecen de hule, azules, sentenciosas y amenazantes.

Los Pumas juegan una semifinal y sinceramente me importa tres pitos. Decidí de antemano que ésta es buena hora para ir a votar. Lo gélido del clima más la previa del asado y los Pumas se conjugan para tener una mesa de votación libre, vacía y náufraga. No tengo mucha fraternidad cívica, no tengo ni media gana de ir a sufragar.

Voto en la escuela secundaria del B° Antártida Argentina de Luzuriaga. Queda cerca, me gusta el camino que hay que hacer: pasar por la vieja bodega y sus casas de adobe; ver cómo casi llega al cielo la torre de la casona misteriosa del carril Sarmiento; los árboles espeluznantemente altos; sentir el efecto Doppler de bocina del metrotranvía.

La escuela está desierta.

Un soldado gigante de boina roja, detrás de un FAL y de un bigote enorme, reparte de mala gana las pocas personas por las mesas de votación. Me acerco a él para informarme y lo saludo. Sin responder me mira desde arriba como si yo fuese un insecto. Sé que si tuviese la oportunidad me aplastaría con su borceguí reluciente; a mí me da risa su bigote tan a lo Freddy Mercury y ambos apenas disimulamos que también existe el odio a primera vista. Me indica dónde queda la mesa donde voto mientras sus ojos me disparan balas explosivas tras los Ray-Ban comprados en el Persa.

Extrañamente el presidente de mesa está activo, locuaz, al contrario de lo que había imaginado; le doy el DNI, el de color verde libreta (me encantan los anacronismos y no lo pienso cambiar); ceremoniosamente me entrega el sobre para el voto.

Entro al cuarto oscuro y me encuentro con un montón de caras pérfidas y macabras que me sonríen desde las boletas. Pienso que así debe de lucir Mefistófeles. Menemistas cómplices de la sangría que se le hizo a la República; hipster de barba candado que hablan y hablan de trabajadores pero no tiene ni un callo en las manos; feminazis; el ejército en las calles. Todos mentirosos.

No quiero votar en blanco ni hacer que me impugnen el voto. Aunque tampoco quiero hacer algo por ninguno de esos delincuentes.

Encrucijada.

Quiero un poco de anarquía. Pero no la del caos generalizado, de policía desbocada y manifestantes molotov, de balas de goma mutantes y carros hidrantes muertos de sed de justicia. Se me viene a la cabeza una frase que leí de una autor ignoto: Anarquía significa «sin líderes», no «sin orden». Una sociedad sin líderes que se autoregule mediante un verdadero consenso general. Utopía, eso es hermoso e imposible, bellamente irrealizable.

No hay salida, no hay nada más que hacer. Cortar boletas, repartir el poder desde mi posición de hormiga.

Desesperanzado salgo del cuarto oscuro. Introduzco el sobre laxo en la ranura de la urna. La sensación de no poder hacer más me embarga.

Necesito un poco de anarquía. Un acto contestatario que me saque el mal gusto de los ojos y de la boca. Una mini revolución que me impida pensar que, esté quién esté en el gobierno, todo, absolutamente todo, va a seguir siendo lo mismo. Necesito un poco de anarquía.

Cuando salgo veo al soldado de boina roja en la puerta, no hay que ser telépata para saber que si tuviera un lanzallamas me incineraría, si tuviera un tanque me arrollaría, o me apuntaría con un misil tierra – tierra directo a la nuez de Adán.  Sin pensarlo me le acerco: … Señor, disculpe, tiene miga…. le digo señalándole los bigotes. Él, de manera muy marcial, me mira con todo el asco posible y se pasa una mano, la derecha, por el mostacho militarizado en busca de los residuos panificados

… Sí, miga…mi garcha… remato en un susurro. Entre dientes digo la sílaba cha, para tener el privilegio de la duda. Me voy rápido, creo que me escuchó pero su cerebro no puede decodificar el mensaje de rebelión. Sigo caminando. Me siento un poco mejor. Salgo a la calle y hago el camino de vuelta.

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