La leyenda del hombre deambulante del Valle de Uco

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La siguiente experiencia que se sitúa en San Carlos, en una calle que llamamos “El bajo”, después fue evidenciada al descubrir que existe una leyenda sobre ello, hoy en día puedo decir que no tiene nada de leyenda y que realmente sucede, eventualmente.

Habíamos salido a correr, a estirar las piernas, a despejar la mente como lo veníamos haciendo durante algunas semanas.  Ese día salimos más tarde de lo habitual a causa de varios contratiempos. La noche llegó rápido y la calle de tierra, que era nuestro camino cotidiano, estaba oscurísima, sin ningún poste que la alumbrara. Tiene exactamente cuatro kilómetros; creo que sólo hay dos casas en el trayecto; a los costados está lleno de sauces y un pequeño arroyo que acompaña el paso.

La calle era oscura de por si, pero ese día había hecho muchísimo calor y la tierra hacía más oscuro y pesado el ambiente. Debo admitir que al entrar en la calle repensamos la idea de dejar el ejercicio para otro día, pero ya estábamos en el baile, así que nos mandamos por la boca del lobo.

Como siempre antes de correr, calentamos caminando un poco, charlando boludeces; a veces nos chocábamos porque no se veían ni las manos. En varias partes escuchamos ruidos a los costados como si alguien estuviera persiguiéndonos, la obviedad nos decía que seguramente era un animal: pericote, rata, perro, etc. no le dimos importancia y seguimos caminando. Empezamos a correr mientras los ruidos a los costados continuaban; en un momento pasamos frente a una de las casas y nos salieron los perros, no los vimos, lo que sabemos es que parecían ser varios por la cantidad de ladridos; pero el hecho es que cuando pasamos frente a la casa y nos saltaron los canes salimos cagando y nos olvidamos del trote suave. Más adelante nos dimos cuenta que los perros no nos habían salido a nosotros porque pasaron de largo hasta el otro lado de la calle, ladrando enojados como si hubieran visto a alguien o algo. Nosotros por suerte ya estábamos varios metros adelante, pero los ladridos desaparecieron en la nada misma, de haber una jauría de perros, a un silencio total en sólo tres segundos. Eso nos resulto extrañísimo y ya nos empezamos a mear en las patas, pero no íbamos a volver, ya estábamos bastante lejos, así que seguimos corriendo unos 10 minutos hasta que frenamos a retomar el aire, en ese momento a lo lejos en la calle empezamos a divisar una extraña nube blanca en el medio, como humo que se volvía cada vez más blanca, pensamos que era humo, efectivamente, pero nunca recordamos que era imposible “ver” en esa calle; decidimos llegar al lugar para saber lo que era.

El tramo se hizo bastante largo, parecía que la nube se alejaba, pero llegamos y “entramos”, nos aliviamos porque sentimos olor a humo, así que continuamos pasando entre el nubarrón. En un instante a no más de 80 metros vimos la figura de un hombre parado de frente, de negro, llevaba un buzo con capucha, pantalón largo y estaba bastante erguido, parecía que era un hombre adulto por la postura. “¡Hey! Señor, ¿necesita algo?” le grité al rato, parecía que no había escuchado pero empezó a caminar hasta donde estábamos nosotros y de golpe salió corriendo hasta desaparecer de la calle. Casi como magia, a los dos segundos las ramas de los árboles empezaron a moverse como cuando corre viento y los perros que habíamos dejado atrás, ladraban y aullaban con miedo. Nos “miramos” la cara y salimos corriendo, nos olvidamos de respirar adecuadamente y de mantener el ritmo; ¡a la mierda eso! Corrimos hasta más no poder y llegar al final de la calle donde continuaba otra calle solitaria, pero al menos tenia postes de luz y un trecho más allá comenzaba el “centro urbano”.

Llegamos a nuestras casas sin aire, llenos de tierra, con repugnante olor a humo y tiritando; pensábamos que habíamos visto al mismísimo lucifer, y no era nada menos. No podíamos explicar la situación, la pensamos en todos los sentidos pero no llegamos a una conclusión lógica. Pero sí concordamos en que al día siguiente iríamos de nuevo, decididos encontrarle explicación, aunque nos costara un par de calzoncillos limpios.

Al otro día, al mismo horario partimos a la calle del bajo, pero esta vez con otro objetivo y con una cámara digital en mano. Entramos y estuvo tranquilo por un largo trecho, los ruidos a los costados se habían ido. Al pasar frente a la casa nos ladraron dos perros creo, nada importante, ni siquiera nos salieron a correr ni nada, eso nos dejaba confundidos, era raro. Tranquilos, seguimos y llegamos a la parte donde habíamos visto la nube de humo, pero tampoco estaba ahí. Unos pasos mas adelante encontramos una pala tirada al costado, la miramos y la dejamos atrás, pensamos que le pertenecía a alguien de los trabajadores de la viña que estaba al lado.

Al caminar unos 10 metros sentimos a alguien levantando la pala y como se la llevaba arrastrando hasta los arbustos. Nos dimos vuelta y nos dirigimos al lugar donde estaba la pala, que para empeorar la situación, ya no estaba. Alumbramos con el celular y vimos algunas pisadas en la tierra que desaparecían en la vegetación. “¿Entramos?” nos preguntamos, sin pensarla mucho nos metimos, por las dudas marcamos el número de nuestros viejos por si pasaba algo.

Cruzamos el pequeño arroyo, y llegamos a un bosque de sauces llorones donde había un sendero marcado que parecía guiar hasta la ruta 40, a unos 20 kilómetros. No sentimos nada extraño y seguimos caminando hasta llegar a un tronco caído donde encontramos una pequeña gruta con la foto de una familia y varias velas derretidas.

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Mientras investigábamos la gruta, delante nuestro escuchamos la pala otra vez arrastrándose, acompañada de pasos que quebraban las hojas; nos agachamos, escondidos en el tronco sin hacer ningún ruido, meados hasta los callos, nos quedamos unos segundos ahí mientras los pasos seguían. Parecía como si caminara deambulando, porque se alejaba y luego volvía a percibirse más cerca. En un momento no se escuchó más, frenó de repente a unos 20 metros de nosotros. Por suerte o no, estaba oscuro excepto por la luna que dejaba algo de claridad; asomamos la cabeza por arriba del tronco e hicimos una vista panorámica esperando ver algo; increíblemente a unos cinco metros, justo en el sendero que llevaba a la ruta, estaba el hombre parado, mirando hacia abajo mientras movía la pala provocando ruido en las hojas. Estuvo parado unos segundos y empezó a caminar hacia la ruta siguiendo el sendero, caminaba erguido, como un borracho. Nosotros esperamos a que se alejara un poco, salimos del tronco y lo seguimos; mi amigo me agarró el brazo y me lo apretó fuertísimo soltando todo el miedo que tenía, yo me quedé paralizado, sólo atiene a agarrar la cámara y tapando la luz  con la mano le saqué una foto para demostrar que lo que habíamos visto era real.

El hombre seguía caminando, mientras nosotros lo seguíamos escondiéndonos entre los árboles frenando a cada rato; los perros habían empezado a aullar pero no nos habíamos dado cuenta hasta ese momento. En un momento el lugar se quedó completamente a oscuras las nubes habían tapado la luna y no veíamos absolutamente nada. Nos agachamos y nos quedamos en silencio esperando que el sagrado viento corriera las nubes y volviera la claridad; para cuando volvió nos levantamos decididos a seguir al hombre pero había desaparecido, ya no estaba, se fue sin hacer ningún ruido, se había esfumado. Revisamos visualmente el lugar en busca del hombre pero no lo encontramos, no nos quedaba otra que volver por el mismo camino.

Cuando llegamos a la gruta, no encontramos la foto ni las velas, sólo estaba la estructura de la gruta y a un costado se veían las hojas corridas como si alguien hubiese pasado por ahí arrastrando algo. Era obvio que no era normal lo que vimos asíque corriendo volvimos a la calle oscura que antes había sido nuestra pesadilla, ahora era nuestra “luz”.

Llegamos a nuestras casas tarde y pasamos la foto a la computadora, que hasta el día de hoy nos sigue poniendo la piel de gallina a nosotros y a todos los que les contamos la experiencia.

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Después del hecho le conté lo que vimos a mi abuelo que llevaba toda su vida viviendo en el lugar y le pregunté si sabía de algún difunto o algo en la calle que resultó ser la antigua ruta 40 (sorpresa a nuestra ignorancia). Me contó que hace unos 70 años en una de las casas que antes estaba sobre la ruta vivía un hombre con su esposa y su hijo pequeño. El hombre trabajaba en un vivero donde tenía sus plantaciones y vegetales que vendía por menor con lo que sacaba para mantener a su familia. El hijo sufría de leucemia, ellos sabían que no viviría mucho y pensaban que estarían preparados para enfrentar la vida sin su hijo. El hecho es que a los meses el hijo falleció en la casa. Fueron días muy difíciles para el hombre y su esposa que intentaban llevar una vida normal, pero la mujer no aguantó vivir así y se suicidó colgándose en uno de los sauces llorones cercanos a la casa. El hombre al llegar de su trabajo en el vivero, vio a su esposa colgando de la rama y se le vino el mundo abajo. Sin nada ya porqué vivir, llevó el cuerpo de su mujer llorando y gritando desamparadamente hasta el vivero donde tenía sus otros amores: las plantas. Cabo un pozo para enterrar a su amada y otro para él junto a ella, y así fue que decidió suicidarse y entregarse cortándose las venas con el filo de la tijera con la que podaba las plantas. La casa donde vivían la derrumbaron y el vivero desapareció con el tiempo.

Mi abuelo me contó que muchos dicen haber visto al hombre con la pala buscando el lugar donde enterraron a su hijo para hacerle una tumba junto a su familia. Otros más cuenteros dicen que sólo busca a su esposa para desenterrarla y traerla devuelta.

Lo cierto es que nosotros lo vivimos y tenemos prueba de ello, no sabemos todavía porqué lo vimos ni siquiera lo volvimos a ver, ya que actualmente seguimos yendo a correr por la calle y no hemos vuelto a ver nada. Por las dudas ahora vamos de día y si se hace tarde directamente no vamos.

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