La sala embrujada de cine del Shopping

Todo comenzó con la llegada de un email anónimo, a nombre de “Espectro Ancestral”, el mismo entre explicaciones y errores de ortografía decía básicamente que nos juntásemos a tomar un café, que tenía que contarme algo macabro que estaba pasando en el cine del shopping, que lo tenía desesperado, que hacía años que no conciliaba el sueño, había decidido renunciar, pero antes de irse quería contar su historia.

Quedamos en juntarnos un jueves a las 19 en un café del lugar, dos horas antes me llamó pidiéndome si podía ser en su casa, ya que era más seguro para charlar, mejor y tranquilos. Decidí aceptar el cambio de lugar, 19:10 estaba golpeando la puerta.

Un joven me abrió, miró nervioso hacia afuera, temiendo que alguien viniese conmigo o me siguiese, cerró con llave y abrojo y me invitó a sentar. “Espectro Ancestral”, cuyo nombre real era Mario Estévez, se había puesto ese pseudónimo para llamar mi atención y prevenirse de que tuviese contactos en el cine.

– Mira… te llame a vos porque no sé cómo ubicar gente de un diario en serio, además sé que ustedes suben leyendas urbanas y escrachan gente.

– Si… subimos leyendas urbanas… y no tan leyendas, como percibo que es el caso. Lo de escrachar gente hace tiempo lo dejamos de hacer.

– Bueno, yo no solo quiero que cuentes lo que pasa, sino que me gustaría que investigues, que lo veas con tus propios ojos, porque me estoy volviendo loco…

– Veo que estás medio nervioso…

– ¿Medio  nervioso? Estoy destrozado, hace años que no puedo dormir bien, tomo tranquilizantes y otras pastillas para dormir, no hay psicólogo que me pueda ayudar, no veo a mis amigos, estoy solo, siendo ruidos por todos lados, me dicen que soy esquizofrénico, pero te juro que hay algo… algo que está ahí… que me sigue desde que empecé a trabajar en el cine del shopping – me dijo Mario mientras su vista poco a poco se perdía primero hacia el techo y luego hacia atrás mío, como si alguien estuviese ahí.

Rápidamente giré asustado…

– ¿Qué miras?

– Nada, nada… estoy perseguido.

– Bueno, contame, ¿Qué pasa en el cine? – le dije aún con el corazón latiendo a mil.

– Hay una sala… una sala embrujada o no sé.

– ¿Qué sala?

– La siete…

– ¿Y porque crees que está embrujada?

– Mira… pasan cosas ahí, a ninguno de nosotros le gusta cuando te asignan esa sala.

– ¿Qué cosas pasan?

– Lo más habitual es que las luces se prendan solas, algo se reproduce, un sonido, pero nadie se anima a entrar a ver qué pasa, cuando pasa eso directamente cortan la luz del sector. Los ruidos que salen de la sala son espantosos. Pero no es solo eso… – dijo mientras se frotaba los ojos, que evidenciaban cansancio.

– ¿Qué más pasa?

– Muchas veces vemos las puertas abrirse solas, como si alguien entrase o saliese, se siente un gemido, seguido de alaridos y gritos. La gente no se da cuenta porque cree que alguna película están pasando, pero los que sabemos bien los horarios ahí nomás nos damos cuenta. De noche cerramos con reja y muchas veces los guardias de seguridad llaman al gerente para decirle que algo ha quedado prendido dentro, que se está reproduciendo una película. Obviamente él se hace el boludo para que no se corra la voz, pero también sabe que no hay nadie dentro.

– ¿Y que han podido averiguar?

– No mucho, dicen que cuando estaban haciendo el cine se murieron dos albañiles, e incluso hay un episodio extraño durante la inauguración, en esa sala, en la función de trasnoche.

– ¿Qué pasó?

– Un tipo falleció sentado, mirando una película, pero fue muy fuerte, hubo mucho lío esa noche, muchos comentarios de lo ocurrido, nunca se supo bien qué pasó porque a la gente la sacaron los de seguridad, se armó mucho revuelo. Desde ahí comenzaron a pasar cosas.

– ¿Y quiénes lo vieron al tipo muerto?

– Solo algunas personas, los que estaban sentados cerca, porque empezaron a gritar, se la gente se asustó, entraron los de seguridad y sin prender las luces sacaron a la gente, luego no dejaron pasar a más nadie.

– ¿Se sabe algo del tipo?

– No, no ¿para qué además? Es un tipo cualquiera, no lo conocía nadie – dijo Mario al tiempo que volvía la mirada hacia los costados y se ponía tenso.

– ¿Y vos tenes algo más de información? – le pregunte con ganas de irme. Había algo en el ambiente que me hacía asfixiar, que me desesperaba.

– No, por eso te escribí, para que cuentes lo que pasó y que la gente comente sobre este tema, porque muchos lo saben pero pocos se animan a decirlo.

– Si, puede ser, pero así no puedo hacer nada, necesito más información, déjame ver qué puedo hacer, mientras me deberías pasar el nombre de un compañero tuyo de laburo que sea el que más antigüedad tenga.

– Lo que pasa es que nos van rotando.

– ¿Y quién es el que más tiempo está?

– Yo y el gerente.

– ¿Puedo hablar con él?

– No… no le conviene, él sabe. Es más… él era uno de los que trabajó desde que inauguraron, incluso entró en la sala del accidente. Pero no quiere tocar el tema.

– Bien… déjame ver entonces lo que pueda recabar, cualquier cosa te llamo.

– Necesito que averigües que pasa, te juro que no soporto más, todos me dicen que estoy enfermo pero estoy mal desde que empecé a trabajar en el cine, ahí hay algo que me ha hecho daño. Necesito saber qué es. Siento que alguien me sigue.

– Bueno Mario, vamos a estar en contacto. – dije terminándome el café y parándome para partir.

– Mira… podes hablar con un pibe que se llama Horacio, él es de maestranza, limpia los baños, pero hace bocha que labura ahí. Es callado, pero por ahí te dice algo. Es más, mañana trabajo yo, anda a la función de trasnoche, en la sala siete no hay película, si llega a pasar algo te voy a mirar y te vas a dar cuenta.

Me despedí de Mario, quién se quedó con un semblante preocupado y nervioso, ese muchacho definitivamente la estaba pasando mal, mucho no podía hacer.

El día viernes fui al cine, a ver cualquier cosa, en la función de trasnoche, me senté bien al fondo, como para tratar de escuchar si pasaba algo en los pasillos o si venía ruido de la sala de al lado. Algunos sonidos venían de atrás, pero no podía más que suponer que era una película que estaba siendo emitida en otra sala… hasta que escuché un grito extraño, espantoso, lejano. Me concentré en oír, sin que la película que estaba viendo me distrajese. Entonces alguien me susurró al oído…

– ¿Escuchaste?

Salté de mi butaca espantado, al tiempo que giraba como un animal enjaulado sobre la misma. Pude ver a Mario con sus ojos abiertos como platos por la oscuridad de la sala…

– ¡Pelotudo me hiciste asustar!

– ¿Escuchaste los gritos? – dijo sin prestarme atención. – Es la única sala que está abierta… escuchá.

Salimos al pasillo y nos paramos frente a la sala siete, claramente se escuchaban sonidos, desde la otra punta dos compañeros de Mario miraban hacia mí perplejos… “estos me están jodiendo”, fue lo primero que pensé y me dirigí hacia la entrada de la sala. Abrí la puerta de un manotón y un vaho inmundo me ahogó, un olor fétido, podrido, húmedo y espantoso, al tiempo que ingresaba a la sala… para ver que no había nadie dentro y que una tenue luz iluminaba la soledad. Juro haber escuchado los mismos ruidos que Mario y sus compañeros. Algo raro estaba pasando.

Al salir de las salas del cine pregunté por Horacio, recién volvía el lunes. Mario volvió a pedirme que lo ayude, que no lo deje solo, que averigüe que estaba pasando. Prometí hacerlo. Su cara detonaba enfermedad, poco sueño y desesperación.

El domingo una llamada me despertó a la madrugada, asustado contesté, era César, uno de mis compañeros que me estaba ayudando con algunas averiguaciones…

– Che… se suicidó Mario.

– ¿Queeeee?

– Se suicidó Mario boludo, ayer sábado a la tarde noche, lo encontraron hoy a la madrugada y me llamaron.

– Me estas jodiendo…

– No… apareció colgado del techo con un alambre en el cuello… espantoso.

– ¡Por Dios que desastre! ¿Seguro fue un suicidio? ¿No le habrán entrado a robar?

– No, parece que no, no hay puertas violadas ni nada que falte en teoría, el fiscal es amigo mío y fue el único que ha estado ahí hasta ahora, me dice que lo único raro que ve es que, además de la silla tirada en la que se paró, antes de colgarse se clavó las manos.

– ¿Cómo se clavó las manos?

– Si, se clavó unos clavos grandes en ambas manos, un asco… de terror.

– Bancame que me visto y voy para allá.

– Dale, te espero en la esquina del tipo.

Llegué a la escena, estaba lleno de policías y lógicamente no pudimos entrar, el fiscal amigo de César nos contó la situación, era tal cual sabíamos, ni más ni menos. Suicidio. Antes de irme me remarcó una cosa, además de lo extraño de los clavos, me dijo que Mario se había rasguñado la cara, que estaba todo magullado previo a colgarse, por eso aún no descartaban otro tipo de siniestro.

Tenía que hablar con Horacio, sí o sí. El lunes a primera hora estaba en los baños del cine esperando por él.

– ¿Usted es Horacio? – pregunté al verlo entrar al baño con el lampazo y el balde de agua.

– Si, ¿Qué necesita? – respondió tímidamente.

– ¿Viste lo que le pasó al Mario? – comenté mirándolo a los ojos.

– Si… ¿usted es detective? – me contestó.

– No, era amigo. Estaba averiguando por un tema de una sala con él, cuando pasó esta tragedia.

– ¿La sala de los ruidos raros?

– ¡Esa!… él me dijo que vos sos uno de los empleados más antiguos.

– Si, pero yo solo limpio los baños y la sala principal de recepción, no entro a los cines, pero obvio que he escuchado todo lo que se dice.

– Dicen que los ruidos comenzaron desde que se murió este tipo sentado, ¿Vos viste algo ese día?

– No, no nos dejaron entrar, solo entró el gerente y unos médicos, luego se llevaron el cadáver. Vino un milico y otro señor de traje, pero se murió de un ataque al corazón, nada de otro mundo. Yo lo conocía de vista al tipo.

– ¿De acá del shopping?

– No, de mi barrio, se llamaba José Bermúdez, era albañil.

– Justo que me decís esto, hay un tema sobre la muerte de unos albañiles, mientras construían los cines… ¿sabes algo de eso?

– Si, algo escuché, decían que se habían matado construyendo la sala esa.

– ¿Y cómo se mataron?

– Estemmmm… mire, no… estoy trabajando, yo no sé tanto – dijo poniéndose muy nervioso.

– Mire Horacio, no soy ni detective, ni policía, ni nada, soy amigo de Mario y solo quiero saber qué paso, esto va a quedar entre usted y yo, se lo prometo – mentí descaradamente.

– Bueno, solo por Mario… lo que yo sé es que estaban haciendo los techos, habían armado unos andamios enormes, pero no llegaban hasta la altura necesaria. Dicen que el capataz estaba apurado y no quiso mandar al pibe encargado de las compras a buscar andamios para que no se demore la obra, entonces armó unos él y los muchachos siguieron laburando. Cuando se subieron dos juntos, parece que se rompió y cayeron desde allá arriba. Obviamente el arquitecto no se iba a hacer cargo de ese kilombo, así que se puso de acuerdo con el capataz para desarmar los andamios caseros, hechos con alambres y clavos, esconderlos y que todo quede como un accidente. El arquitecto llamó a todos los obreros en carácter de urgencia, mientras el capataz y el pibe de compras, que era como su cachiche, desarmaban todo. Pido que no cuente a nadie esto, pocos lo saben, no quiero perder mi trabajo.

– No Horacio, esto queda entre nosotros – cerré la conversación con mi peor cara de póker y me fui del cine.

Ya tenía dos puntas, por un lado el nombre del muerto dentro del cine, por otro lado la complicidad de la constructora, o la gente encargada de esta obra. Le pedí a César que ubicara a su amigo fiscal para tratar de llegar al certificado de defunción de este señor Bermúdez, no se me ocurría otra manera de averiguar los motivos de su muerte. Por mi parte averigüé el nombre de la constructora, necesitaba charlar en privado con el arquitecto que llevó a cabo la obra.

Esa noche volví al cine a la última función, en medio de la película me arrimé al pasillo. No había nadie. Miré hacia ambos lados y me paré frente a la sala siete. No se escuchaba nada, solo los murmullos y el retumbar de otras salas, algunos cuchicheos y risas. Entonces las puertas de la sala comenzaron a vibrar, y poco a poco una se abrió, dejando ver el profundo negro del interior de la sala, entonces comencé a acércame. El olor fétido nuevamente infestó mis fosas nasales, di unos pasos más, temeroso, hasta que de adentro se escucharon unos gritos espantosos, era de gente… como de gente desesperada, fueron unos segundos y luego un choque atroz, como una bolsa de carne y huesos estampada contra el piso, como un impacto. Los ruidos cesaron, pero lo primero que se me vino a la cabeza fue la imagen de esos dos obreros cayendo desde el techo y estallando contra el suelo. Entonces las luces del interior comenzaron a titilar, mi corazón latía aterrado, no soporté más el miedo y hui sin siquiera volver a ver el final de mi película.

La mañana del martes me encontró en la constructora céntrica, charlando con la secretaria y esperando por el gerente. Una vez que me senté con él mentí con que era un inversor que representaba capitales extranjeros y que necesitaba un presupuesto para una obra relativamente importante. Charlamos de un proyecto de un pequeño hotel boutique en Tupungato, el cual tenía una sala de cine, sin dar muchas explicaciones le dije que sabía que ellos habían construido las salas del cine del Shopping, por lo que le pedí que me presente al arquitecto de la obra para mostrarle los planos.

Me contó que el arquitecto había sufrido un accidente hace un par de años, en la ruta, pasando justo frente a su imponente obra en el shopping, pero con su mejor sonrisa me explicó que el nuevo personal está “absolutamente en condiciones” de llevar acabo cualquier obra civil. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, solo veía al estúpido gerente hablando con cara de idiota mientras pensaba en el accidente.

– ¿Me podría dar el nombre del encargado de obra o capataz? Antes de arrancar necesitaría charlar sobre unos detalles técnicos de esa obra particular – le corté en seco.

– Mire… dígame un día y vamos con nuestro equipo donde usted quiera y le salvamos cualquier duda – respondió nuevamente con su cara entrenada.

– Déjeme un teléfono y lo llamo para coordinar la semana que viene… de todas formas quédese tranquilo, mis inversores son gente seria, así que lo tenemos que hacer con una empresa seria, no crea que le pregunto por sus empleados por algo en particular. – dije con un tono profesional.

– No, estimado, para nada. No dudo de usted, sino que tenemos mucha rotación de personal, ¿vió cómo es esto de la construcción? – respondió apurado.

– Si claro, sé que es complicado. De todas formas, ¿me podría dar el nombre del capataz o el encargado de esa obra? Me gustaría que este él cuando charlemos. Seguramente sabrá saldar mis dudas técnicas – insistí.

– No me va a creer – dijo el gerente sonrojándose y claramente sintiéndose incómodo – el capataz también falleció, era un señor grande.

– ¿Cómo se llamaba?

– José Bermúdez…

Esta vez el escalofrío me inundó por completo y me cegó absolutamente, nuevamente quedé en la nada, sin siquiera escuchar o prestar atención a mi despedida y salida de esa oficina. José Bermúdez… ahora todo comenzaba a cerrar, el arquitecto de la obra muerto en un accidente frente al shopping, el capataz… muerto dentro. Lo llamé a César.

– Averigüe algo muy groso – me dijo apenas atendió en vez de decir “hola”.

– Más fuerte de lo que averigüe yo seguro que no es, pero contá vos primero. – le respondí.

– El viejo ese, José Bermúdez, se murió de una manera muy fulera en el cine, está todo bajo secreto de sumario re contra garpado por los dueños de los cines – me dijo César.

– ¿Y qué le pasó? – pregunté nervioso.

– Se murió asfixiado con un alambre… y ¿a que no sabes que tenía en las manos? – preguntó.

– Clavos… – dije.

– Si… estaba clavado a la butaca, nadie vió nada, nadie escuchó nada, ahí nomás sacaron a la gente sin siquiera prender las luces, parece que el primero que lo vió fue un pibe que empezó a gritar y llamar a los de seguridad, estaba sentado cerca, luego se supo que era empleado de Bermúdez, pero de este flaco no se sabe nada.

– Ya te llamo – corté en seco a César y regresé apurado hacia la constructora. Entré rápido a la recepción e intentando parecer relajado, tomé aire y le pregunté a la secretaria…

– Señorita, ¿cómo se llama el encargado de compras?

– Aníbal Dorio, ¿por?

– ¿Hace mucho trabaja acá? Le pregunto porque vio que recién charlaba con el gerente sobre un proyecto, bueno… me gustaría ir abriendo cuentas corrientes en algunos lugares.

– Si, hace varios años.

– ¿Trabajó en la obra de los cines?

– No, no… antes había otro chico.

– ¿Mario Estévez? – pregunté sin titubear.

– ¡Sí! Mario… creo que se quedó trabajando en los cines del Shopping – dijo la secretaria al tiempo que me quedaba atónito… – ¿Le pasa algo?

– No señorita… nos vemos, me tengo que ir.

Mientras caminaba hacia el auto me puse a pensar en lo macabro de la situación, algo tremendo había pasado… esa sala estaba condenada para siempre, ¿o quizás se había cerrado ya el círculo? Los culpables y cómplices habían pagado su acto.

Mientras tanto, en la sala siete siguen pasando cosas raras, la luz se sigue cortando, los gritos siguen rasgando las paredes, el olor inmundo continúa esparciéndose a veces por los pasillos… el horror aún se siente en el ambiente, aunque ya no quede nadie vivo de los trágicos hechos ahí ocurridos… salvo el gerente.

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