/Los desaparecidos de Río Cuarto

Los desaparecidos de Río Cuarto

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El calor de enero explotaba el ambiente. Se habían acabado mis vacaciones y tenía que arrancar el año viajando a la provincia de San Luis en busca de nuevos clientes. La jornada fue un fracaso, después de dos días, luego del almuerzo, decidí volverme a Mendoza. Transitando la ruta 7 a la altura de La Cumbre sentí un crujido, algo comenzó a hacer ruido en el motor, las luces del tablero se encendieron todas juntas y se detuvo la marcha de la Peugeot Partner de la empresa. Se había cortado la correa de distribución… imposible seguir. Así que llamé a mi jefe para avisarle de lo ocurrido y después me contacté con la compañía aseguradora. Eran las tres de la tarde. Las horas corrían. Me contacté dos veces más con el seguro, reclamando la tardanza de la grúa y logré telefonear una última vez a mi jefe avisándole que me quedaba sin batería para que siguiese con los reclamos desde Mendoza.

A eso de las doce de la noche llegó el servicio de grúa. Venía manejando Carlos, un tipo de Río Cuarto. Era lo más cercano y disponible que había encontrado la empresa de seguros a mediados de ese enero, recambio de quincena vacacional mediante. Cargamos la camioneta y emprendimos el viaje de regreso a Mendoza… a setenta kilómetros por hora, que era la velocidad que le permitía el vehículo sin forzarlo.

El tipo era bastante callado, introvertido y taciturno. Manejaba concentrado, respondía monosilábico, pero estaba atento a mis charlas, y además me decía que le venían bien para no dormirse. Luego de haber tocado la temática más superficial y típica, como fútbol y política, me fue inevitable preguntarle si alguna vez había experimentado sucesos paranormales en las rutas nocturnas. Carlos manejaba la grúa hacía más de quince años y era quién se encargaba de este tipo de socorros, grandes distancias, de provincia a provincia, manejando de noche…

—Vos debés tener una que otra historia extraña de ruta, ¿no? —le pregunté sin vueltas.

—No…, la verdad que no —me respondió de inmediato.

—Te pregunto porque yo escribo sobre leyendas urbanas —le aclaré.

—¿Y has escrito varias? —me preguntó con algo más de interés.

Entonces comencé a desplegar mi batería de leyendas escritas, contándole con lujo de detalles cada una. Pude percibir cómo Carlos me escuchaba atento y disfrutaba con mis comentarios, al punto de pedirme por favor que no le indicase la locación del «mítico boliche del Este”, ya que él tendría que volver a pasar solo por ahí una vez que me dejase en casa, de regreso a Córdoba.

Le conté también del bosque de Tunuyán, del orfanato de Rivadavia, de los chicos de San Martín y varias anécdotas inconclusas sobre pequeños sucesos en iglesias de pueblo que no llegaban a ser historias. Ahí el tipo me preguntó algo que me descolocó un poco.

—¿Sos creyente?

—No sé…pero tomo como válido que la gente busque respuestas en la religión —respondí— ¿Vos?

—Era bastante creyente… pero últimamente no —fue la extraña respuesta de Carlos.

El chofer era un tipo extraño, esquivo. Cuando entramos en terreno paranormal su mirada se tornó alerta y escurridiza. Parecía estar nervioso, tomaba el volante fuertemente y con ambas manos. Me llamó la atención el último comentario. Presentí que guardaba algo detrás de su silencio.

—Mira… ya que veo que estás en el tema, que sabés y que has escrito mucho sobre estas cosas te voy a contar algo —dijo, e hizo un breve silencio—. En mi casa pasan cosas…

Y comenzó su relato.

—Vivo en el barrio Vice Comodoro Marambio, barrio construido en los sesenta por los militares, en una casa que nos regaló mi suegro. Estoy casado con Laura, tenemos dos hijos de seis y nueve años, Ramiro y Agustín, cuando eran bebes mi suegro vivía con nosotros, se hicieron grandecitos y él se fue a vivir solo a la ciudad. A partir de ese día empezaron a pasar cosas raras en la casa.

—¿Cosas raras como qué? —pregunté.

—Cosas raras… Al principio era algo muy leve, por ejemplo salíamos y al volver encontraba alguna ventana abierta, alguna puerta sin llave, una luz encendida… La puerta del patio aparecía abierta siempre. Esto lo percibía yo sólo, no lo comentaba con mi esposa.

Las luces de un camión que pasaba le iluminó el rostro aunque sus ojos no mostraron ninguna incomodidad.

—Luego empecé a sentir una presencia extraña, algo nos observaba, desde los pasillos, desde los placares, desde las habitaciones o desde el fondo. Cuando salía a regar el pasto lo sentía más fuerte…, desde los arbustos… Algo estaba ahí. Yo sentía que alguien nos contemplaba. ¿Viste esa sensación cuando alguien te mira, que levantas la vista y efectivamente te esta viendo? —me preguntó Carlos con la vista encendida en la ruta —. Bueno, esa sensación. Sentía eso, que alguien nos observaba, nos espiaba. Pero me daba cuenta que solo yo lo sentía, que solo a mí me pasaba. Entonces lo hablé con un compañero de trabajo y me dijo que tal vez estaba cansado, algo estresado, y por eso sentía esa sensación de angustia. Y pensé que podía tener razón ya que trabajo muchas horas y a veces me toca manejar por la noche y de corrido durante mucho tiempo —comentaba Carlos pausado, pensando cada palabra—, y decidí tomarme una semana de vacaciones y relajarme un poco. Llegado el sábado, salimos a cenar afuera, a un restaurante del centro. Cerré toda la casa y salí con mi familia. Cuando llegamos vi la puerta de entrada abierta… el pánico me atacó… “¡Nos entraron a robar!”, le dije a mi esposa.

3

—Que feo…

—Sí, feísimo… Bajé yo sólo, y cuando entré estaban todas las luces encendidas. El panorama era muy extraño, estaban todas las puertas de los muebles del living abiertas, al entrar en la cocina lo mismo, todos los cajones de la alacena abiertos, de par en par, como todas las ventanas y puertas de la casa. En el patio la manguera estaba abierta hacía varias horas. Pero no faltaba nada.

—¿Cómo…? ¿No te robaron nada…?

—No. ¿No entendés que no eran ladrones? No había entrado nadie a la casa, estaba todo abierto, todo, hasta las canillas de adentro, pero no faltaba nada. Mi esposa entró llorando, asustada, creyendo lo peor y cuando vió todo así dejó el pánico para caminar incrédula por cada rincón de la casa, confundida, los nenes lloraban… Pero no faltaba nada.—¿Y qué hiciste?

—No tenía sentido llamar a la policía, además no quería asustar a mi familia, así que le dije a Laura que seguramente habíamos entrado en el mismo momento en que los ladrones se escapaban. Pero yo sabía que era otra cosa, algo extraño. Cerramos todo y nos fuimos a dormir. A mi me costó un triunfo descansar.

Carlos suspiró, despegó sus manos del volante y lo volvió a tomar con sus dos manos.

—El domingo fuimos a comer un asado al río. Por la tarde nos fuimos a pescar con mi hijo mayor alejándonos del camping más o menos un kilómetro. Se hizo de noche y decidimos volver, mientras la luna nos alumbraba lúgubre. Regresábamos caminando entre las piedras, de pronto volví a sentir esa presencia espantosa de alguien observándonos, en la noche, entre la oscuridad. Miré hacia atrás y nada. Giré rápido y tampoco vi a nadie más. Seguí mi paso alerta intentando no llamar la atención del nene, hasta que me dijo: “papi… ¿quién viene atrás de nosotros?”. Una sensación de horror me apretó el pecho. ¡No lo sentía solo yo! ¡Agustín también lo veía! Volví a darme vuelta y le respondí que “nadie”, al tiempo que lo alzaba para apurar el tranco. Comencé a apresurarme y a sentir más cerca la presencia caminando detrás mío. Mi hijo también, así que miraba hacia atrás y al no ver nada buscaba en mis ojos alguna respuesta. Como yo tampoco sabía que pasaba, calculo que sólo transmitía miedo, así que se largó a llorar y yo comencé a correr. Un poco antes de llegar al auto detuve la marcha. Los ruidos habían cesado. Entonces disimulé el susto diciendo chistes y haciéndole cosquillas… “¿Te asustaste, eh?” le decía al tiempo que miraba a hurtadillas por si divisaba algo. No podía llegar corriendo y asustar al resto de mi familia así que respiré hondo y disimulé a la perfección lo sucedido. Más allá de que las presencias no cesaban, me sentía angustiado por no saber cómo resolver el asunto. Llegué a pensar que tal vez me estaba volviendo loco, que el estrés me estaba consumiendo, o que había demonios que solo yo veía.

—¿No fuiste a hablar con algún cura? —le pregunté.

—Si…, pero primero pasó algo que por un lado me calmó, pero por otro me hizo tomar esa decisión de llamar a un sacerdote. Una noche estábamos cenando en casa, terminamos y los chicos se fueron a dormir, entonces mientras con mi esposa mirábamos televisión empecé a percibir lo mismo de siempre. Esta vez sentía una presencia fija, detrás de una cortina que ondeaba al viento en la puerta que iba al patio. Tenía la certeza que estaba ahí, mirándonos. El corazón me palpitaba a mil, no podía disimular los nervios y los descargaba moviendo frenéticamente mi pierna. No quería ni mirar hacia la cortina, pero sentía por el rabillo del ojo que estaba ahí. Eso estaba ahí, te lo juro. Entonces miré de reojo a mi esposa y la vi titubear un segundo y mirar hacia la cortina con cara de espanto. Nos conocemos hacía veinte años, esa mirada, esos nervios… ¡Eran los mismos que tenía yo! Así que me animé y le pregunté: “¿vos también los sentís?”. Me miró congelada, abrió los ojos de par en par, sorprendida. “Si Carlos… hace meses”. Salimos a la vereda, lejos de la habitación de los chicos y nos quedamos como dos horas charlando, contando lo que veíamos y que habíamos callado cuidar la paz de la familia. Así que ya no estábamos locos o estresados, había algo en casa. Y eso era realmente preocupante.

5

—Decime que descubrieron algo… —le dije intrigado.

—Lo primero que hicimos fue llamar a un cura. Vino, bendijo la casa, hicimos algunas oraciones, dejó unas estampitas… y nada. Incluso después de esa visita las entidades cobraron más fuerza. Por eso te preguntaba lo de la religión. Luego llamamos a una señora que hace “trabajos”, que se dedica a la magia negra y esos maleficios. También celebramos una especie de rito, con rezos e incienso y fue peor. Porque a partir de ese momento se empezaron a mover cosas.

—¿A mover cosas? —dije asombrado a modo de pregunta.

—Sí… Hasta ese día solamente sentíamos que nos miraban. Luego de la visita de estos tipos era como si el espíritu se había violentado, entonces se empezaron a caer cosas, desaparecer de un lugar y a aparecer en otro… Los chicos se dieron cuenta de que algo raro pasaba. A veces aparecían pocitos en el pasto. El único momento donde todo se calmaba era cuando venía mi suegro. Caía a cenar o a visitar a sus nietos y todo se controlaba. Él es un tipo de mucho carácter, ex militar, virulento y serio. Parecía como que los espíritus le tenían miedo a él y se esfumaban. Entonces presentimos que algo raro pasaba con ese asunto… ¿porque se calmaban cuando estaba él?

6

—¿Lo hablaron con alguien más?

—No… yo pensé hasta en ir a un psicólogo, cuando creí que solo los veía yo. Pero cuando supe que Laura también los veía y pasaban cosas con los nenes me di cuenta que no era locura mía… es más, justamente por los nenes es que estamos buscando dónde irnos.

—¿Por qué? ¿Qué pasó con los niños?

—Mira…, la primera “interacción” por así decirlo, fue tremenda. Mis dos hijos duermen en la misma pieza, yo en la pieza de enfrente a ellos. Un pasillo une las habitaciones con el comedor. Una noche estaban los dos jugando en sus camas, tirándose una pelota de basquet de un lado a otro, el más chiquito lloriqueaba porque el más grande lo molestaba y le daba pelotazos. Eran como las once de la noche. Entonces me levanté de la cama y los fui a retar. Les quité la pelota y les apagué la luz. Salí de su habitación, tiré la pelota hacia el comedor, y me volví a acostar en la cama para seguir mirando la televisión. De pronto sentí que los chicos volvieron a jugar con la pelota y les grité “¡La cortan con la pelota o la próxima voy con el cinto!”, y me respondieron con sus vocesitas: “Pero, papá, si no estamos jugando con la pelota…” y la pelota apareció picando, atravesando el pasillo y entrando a la pieza de ellos. Al instante vinieron los dos corriendo a mi cama. Esa noche dormimos juntos los cuatro juntos. Yo sentí a la pelota que picaba de a ratos aquella madrugada mientras los demás dormían.

—¿Y hubo más contactos? —pregunté ansioso.

—Hubieron varios más, ellos saben que algo pasa y eso me tiene muy preocupado. Con Laura tratábamos de disimular, de minimizar lo que sucedía, de hacerle oído sordo a los ruidos, a las cosas que se movían, a las puertas y ventanas que aparecían abiertas, al kilombo en el patio, pero hubo algo que no pudimos ocultar… Tocamos fondo.

—Contame.

—Un mañana estábamos los cuatro desayunando, como siempre, y Ramiro, el más chiquito estaba como demasiado callado, no nos miraba. Parecía asustado. Apenas comenzamos a servirnos me di cuenta y la miré a Laura, haciéndole señas. “¿Que pasa mi amor?” le preguntó mi esposa. Él se quedó callado, mirando la mesa, como si lo hubiésemos retado. «Rami… ¿que pasó?», le pregunté, «¿te hizo algo Agustín?». Mi otro hijo me miró, se notaba a la legua que ocultaban algo. «¿Que pasó Agustín?» le pregunté a mi otro hijo como para apurarlos. «Mostrale Rami», dijo Agustín, y entonces el más chiquito se arremangó el brazo y nos mostró. Tenía en el antebrazo unas marcas amorotonadas, se notaba que una mano lo había apretado porque los dedos estaban en un morado más oscuro que los moretones en general. «¿Se pelearon?», pregunté presintiendo con miedo la respuesta mientras Laura estaba con los ojos abiertos como platos. «Anoche soñé que un señor me agarraba… y no me podía escapar. Y hoy cuando me levanté me dolía acá y mi miré… y tenía esto», dijo Ramiro con su vocesita temblando. Intentamos disimular lo ocurrido diciendo que era el machucón de algún juego brusco y que lo otro había sido un sueño feo, una pesadilla. Pero con Laura sabíamos lo que era. Esa mañana llevamos a los chicos al colegio y nos sentamos en una computadora intentando buscar en Internet casos similares. No quisimos involucrar más gente. Estábamos desesperados.

4

—Algo malo… Algo malo ha pasado en tu casa, Carlos, y están intentando comunicarse con ustedes de alguna manera.

—Bueno, ese es el tema. Yo creo saber qué ha pasado. Estamos buscando otra casa que no sea muy cara para irnos porque lo que supongo involucra a mi suegro… y no quiero kilombos en mi familia.

—¿Que supones?

—Mira… Una noche estaba mi suegro en casa, yo cocinaba. Entonces llamaron a la puerta, era para él. Suele hacer pasar a sus amigos, pero esta vez apenas vio al tipo que venía a buscarlo salió a la vereda, lo atendió casi en la calle. Él no sabía que yo estaba en la cocina y como oí unos gritos me arrimé a la ventana a ver qué pasaba. Pude escuchar algunos comentarios entrecortados: «esta casa no es tuya, te has quedado con algo que no te pertenece», le decía el tipo enojado. «Mira hijo de puta, esta casa es mía y vale por mi silencio, si alguien me la quita te juro por mi hija que cuento todo, cuento todo lo que pasó acá, cuento lo que hicimos, vos no vas a dejar sin techo a mi familia». «Vas a mandar en cana a todos, además de ganarte el repudio de la sociedad» le advirtió el tipo, que por su estampa y su forma de hablar evidentemente también era un milico retirado. «A mi no me importa, quedamos en esto hace casi cuarenta años, en ese momento nadie quería firmar una mierda, esta casa es mía y si me la quitan voy y hablo, los denuncio a todos”. Se dijeron un par de cosas más y el tipo se fue furioso. Mi suegro entró, saludó y se fue sin comer, estaba desencajado.

—Casi cuarenta años… Fines de los setenta —dije horrorizado, ahora el pecho me palpitaba.

—Si, me agarré de esa charla y comencé a recavar información, fui al Observatorio de los Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Río Cuarto y a la biblioteca Evaristo Segat, me reuní con gente de la Comisión municipal de la Memoria que está en el tema de los desaparecidos, investigué casos, recorrí la emeroteca del colegio de abogados y hasta tuve un par de citas con periodistas del diario “El Puntal”. Indagué sobre hechos que habían pasado en aquellos años en el barrio Vice Comodoro Marambio, me metí a los archivos y llegué a una conclusión terrible.

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En la camioneta, por primera vez, el sonido monótono del motor le ganó al silencio de sus palabras. Carlos miraba fijo la ruta.

—¿Qué conclusión? —pregunté.

—Mi suegro estaba metido en la cagada en la época del proceso militar. Siempre lo sospechamos pero por respeto nunca se habló del tema en casa. Además conmigo siempre fue excelente, y a mí jamás me interesó ni la historia ni la política. En Río Cuarto desaparecieron muchos estudiantes, y acá no había un río como en Buenos Aires… así que enterraban los cuerpos. Encontré que varias casas de mi barrio habían sido denunciadas como lugares de tortura, pero jamás se demostró nada, aunque ahora estoy seguro que en mi casa torturaron gente. Y eso no es lo peor. Lo peor es que estoy seguro que esa gente está enterrada en el fondo de mi casa, en el único lugar donde se puede enterrar un cuerpo. Aún están ahí, por eso se abren puertas, por eso pasan cosas atrás, por eso se asustan cuando aparece mi suegro. Vivo en una casa donde han sepultado desaparecidos… y no se qué hacer.

Carlos me hizo jurar que no iba a escribir esto, pero ya pasaron varios años de este suceso y no lo puedo ocultar más. No lo quiero ocultar más. Creo que Río Cuarto merece encontrar respuestas a esto, por la paz de esos desaparecidos, y por el bien de Carlos y su familia.

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