Manuel Gonzales, el infanticida de Las Heras

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Manuel Gonzales nunca fue un hombre normal, todos sabían de aquel hecho sombrío que oscureció su vida para siempre. De padres católicos ortodoxos, de muy pequeño le fue inculcada la religión a puntos extremistas. Todos los vicios del fanatismo religioso se replicaban en la familia Gonzales, y Manuel se fue nutriendo de ellos desde su nacimiento… pero sus ojos no podían ocultar la oscuridad que germinaba en su alma.

Todo comenzó cuando encontraron al pequeño Manuel en el gallinero de la familia. Entrada la década del 30’ era normal que cualquier familia de Las Heras contara con su propia granja. Luego de ser buscado por horas por su madre, Manuel estaba en silencio absoluto, sumido en una hipnótica tarea: con una navaja afilada les estaba extirpando el rostro a las gallinas del corral. No les cortaba la cabeza, sino que les mutilaba la cara, vivas.

Luego de una impresionante paliza, fue absuelto de su penitencia familiar a los veinte días. Pasaron un par de meses hasta que corrieron la misma suerte los conejos de la familia. Manuel los tomaba por el cuello, les clavaba sin piedad el cuchillo bajo el mentón de los animales y circundaba sus rostros, hasta quitárselos por completo. Luego se quedaba observando como los desgraciados animales padecían espasmos de dolor hasta morir en sus manos, obnubilado por la nefasta forma que adquirían sus víctimas.

El Padre Contreras determinó que estaba poseído. Manuel fue literalmente torturado durante meses, entre supuestos exorcismos, terapias de shock recomendadas por un supuesto médico de la zona, palizas incesantes propiciadas por la familia y toda clase de improperios y castigos psicológicos esbozados por familiares e intrusos que acudían a ver el espectáculo.

Nada de esto sirvió para aplacar aquella mirada oscura que se escondía tras los ojos de Manuel, quién fue creciendo sumergido en la soledad absoluta, la marginalidad, el ostracismo y la discriminación por parte de toda la gente del pueblo. Esto sumado a las constantes burlas, castigos y palizas que su propia familia le daba, generó una bomba de tiempo… bomba que Manuel supo tragarse, construyendo un castillo de odio por dentro, enlucido por una delgada capa de fragilidad externa.

A los veinte años conoció a Estela, en un retiro espiritual de su iglesia. Estela tenía sus facultades mentales disminuidas, pero esto no le impidió enamorarse de Manuel y darle cinco hijos. Durante diez años todo se normalizó para la nueva familia Gonzales. Se mudaron de El Resguardo a El Pastal, Manuel trabajaba de sol a sol en una finca de la zona para llevar el pan de cada día, mientras que Estela y su cuñada atendían los quehaceres de la casa. A pesar de hablar poco y mantener una actitud pasiva y tranquila, desde siempre había algo en Manuel que le impedía entablar amistad con sus pares, quienes siempre lo miraban con desconfianza y hasta un grado de temor.

A los 30 años y con algo de estabilidad económica, comenzó a gustarle un extraño (para Estela y sus hijos) hobby… hacer caretas. Cualquier material era utilizado, desde cartón, hasta yeso, plástico, tela y papel. Pasaba horas construyendo máscaras, que nada tenían de divertidas y dulces, sino por el contrario, eran grotescas. Un día hizo que su cuñada tomara una foto de su familia, haciéndole poner a sus hijos aquellas horribles piezas. Este fue aquella primera foto bizarra.

Al revelar su trabajo Manuel sintió un enorme placer, una sensación maravillosa y distinta comenzó a correr por sus venas, sus ojos llameaban de ira y odio. En aquella imagen veía el reflejo real de su alma, de su concepción personal de alma. Aquel cuerpo de niño, castigado por la vida, padeciendo los horrores del entorno, reflejados en un rostro desagradable, mutilado, sufriente… como esas gallinas, como aquellos conejos.

Entonces su rutina cambió, se sumergió en el altillo de su casa, pasaba horas nocturnas fabricando las más nefastas máscaras. Primero fotografió varias veces a sus hijos con sus horripilantes creaciones, incluyéndose también él, hasta que las escasas luces de Estela y la firmeza de su cuñada, más los llantos de los niños al ser obligados a tomarse fotos portando eso en la cara o viéndolo a él como un monstruo, detuvieron sus imparables ganas. He aquí algunas de sus más espantosas obras.

Luego buscó algunos vecinos de la zona y seduciéndolos con dulces, los hacía enmascararse y les tomaba fotos, sintiendo la adrenalina correr por su cuerpo. Un día lo vieron unos trabajadores, quienes sospecharon de aquella escena, en donde un hombre se afanaba por capturar la imagen de unos niños, quienes entre llantos y dudas posaban ante él, y luego de increparlo y de no contar con respuestas (Miguel no hablaba, mucho menos en situaciones de violencia), le dieron una feroz golpiza. De sus vecinos encontramos el siguiente material.

Los golpes no sirvieron para detener el vicio de Manuel, quién ya prácticamente no hacía más que fabricar máscaras y pasar horas disfrutando de sus fotos. Salía a la madrugada de su casa, cargando un bolso con su cámara y sus obras y viajaba varios kilómetros, buscando niños a quienes tentar y con quienes fomentar su práctica. Dicen que hasta llegó hasta Tunuyán en su búsqueda, pero sobre todo sus modelos eran niños del centro de Las Heras y las fincas de los alrededores. Aquí podemos ver algunas otras fotos, en escuelas, campos y hasta casas de personas.

El tiempo pasó y lo acontecido comenzó a esparcirse por las calles. El rumor de que un loco tomaba fotos de niños empezó por preocupar vecinos y terminó por alarmar a las autoridades. Los padres lasherinos temían que sus hijos anduviesen solos por la calle y en muchas ocasiones se produjeron actos de violencia contra desconocidos y extraños. Manuel no quedó exento de los comentarios y continuó su locura, con mucha más precaución y cautela… hasta que el tema se hizo imposible.

Una vez publicado en los diarios, que había un loco suelto, Manuel entendió que su vida y su libertad corrían peligro, pero la adicción que le generaba ver sus obras fue más fuerte… entonces tomó la más espantosa de las decisiones.

Tomás Silva volvía de la escuela en bicicleta, cuando se topó con Manuel en el medio de la calle. Una mano sudorosa y sucia lo tomó por la boca y la nariz, ahogando sus gritos e impidiéndole respirar. Un golpe seco y mortal bastó para dejarlo rendido, su cuerpecito cabía en una bolsa, bolsa que fue llevada hasta el sótano de Manuel… quién ahora tenía un modelo dócil y real para enmascarar y fotografiar.

El tiempo pasó y comenzaron las desapariciones de niños. Primero en El Pastal, luego en todo Las Heras, finalmente niños de todo el gran Mendoza aparecían en las búsquedas. La situación se mantenía en secreto, pero era una preocupación de todo el sistema judicial y policíaco de la provincia, hasta que desapareció el hijo de un funcionario lasherino de apellido… y todo se volvió caótico.

Manuel estaba desquiciado, perseguido y desesperado por la imposibilidad de manejarse con tranquilidad para captar sus víctimas. Una tarde de invierno, mientras móviles de la policía patrullaban la zona y rastrillaban las fincas aledañas, su locura llegó al extremo, atentando contra sus propios hijos, quienes se alteraban y negaban a actuar cuando su padre les intentaba poner las diabólicas máscaras, las cuales se habían tornado el fiel reflejo del terror. Con un cuchillo de cocina ultimó a cuatro de sus hijos, Estela estaba fuera con Juan, el más pequeño de los niños.

Al anochecer la desgraciada mujer volvió a su casa, para encontrar todas las luces apagadas. Con cautela entró a su casa, preguntando por Manuel, mientras Juan se quedó en la vereda por el miedo a la oscuridad. Entonces sintió un grito infernal de su madre, desgarrador y corrió en busca de algún vecino. Entre la sensación de temor reinante y la desconfianza que generaba Manuel, los vecinos no dudaron el llamar a la policía, las sospechas de lo que estaba pasando en Mendoza fueron motivo clave para que la gente ni siquiera dude en ir a ver qué pasaba por si sola.

Unas horas más tarde la policía llegó al lugar, irrumpieron en la casa de los Gonzales y comenzaron a buscar. Un oficial abrió la puerta del dormitorio de Manuel y encontró a alguien tirado, con una horripilante máscara, sin dejar de apuntar y gritando que se quedase quieto, pudieron ver que era el cuerpo de Estela, degollado.

Continuaron la búsqueda hasta que dieron con el sótano… y lo que encontraron allí fue una imagen de la que ninguno de aquellos oficiales jamás se pudo olvidar. Tirados como basura, sucios, apilados, mutilados y amontonados en el piso yacían los cadáveres de más de una decena de niños… los desaparecidos, todos muertos. La foto es demasiado fuerte para publicarla sin el previo aviso a nuestros (ahora espantados) lectores, por lo que les pedimos que quienes sean impresionables no la vean, quienes se animen pueden ver la misma haciendo click en el link:

FOTO NIÑOS MUERTOS

Manuel no apareció por ningún lado, los padres de los niños asesinados dedicaron su vida a buscar al infanticida de Las Heras, sin dar con ningún resultado positivo jamás. El tiempo pasó y solamente las familias de las víctimas no cayeron en el olvido, a quienes los años los sepultaron sin encontrar rastros de aquel demonio.

Hace algunos años y luego de mucho tiempo y problemas judiciales, la propiedad de los Gonzales se pudo vender. Con ánimos de eliminar todo rastro del pasado, la familia que adquirió el lugar, decidió demoler toda la casa.

Todo marchaba en paz, hasta que comenzaron a nivelar el fondo y hacer un pozo para instalar una pileta. El hallazgo macabro daba a entender que la maldad de Manuel Gonzales había llegado mucho más lejos de lo que la justicia creyó en aquel momento. Se calcularon no menos de quince víctimas más.

Pero lo más preocupante de todo no era el tema de adjudicarle o no las muertes a un asesino desaparecido que por esta época seguramente debía de estar muerto, sino que entre las osamentas se encontró un cajón de madera y dentro de ese cajón una pequeña foto con el nombre de “Juan”… Juan Gonzales, el único sobreviviente de aquella espeluznante masacre, cuyo paradero, lamentablemente, se desconoce hasta el día de la fecha.

ETIQUETAS: