Quiso morir

Según dicen los que saben, para poder ver crecer una flor, primero hay que plantar, luego cuidar, contar con los rayos del sol y que la misma naturaleza haga lo que sabe.

Algunos ansiosos, en vez de respetar este ciclo vital, eligen cortar las flores y exponerlas de una artística manera, con el fin de colorear fugazmente su jardín. Más, al no ser respetado ese proceso -en el que ese trozo de naturaleza hunde sus raíces, se toma fuerte del suelo y sale gajo a gajo- sus pétalos mueren lentamente.

Pero quiero contarles esta historia. Caminando rutinariamente para la parada del colectivo, a las 6 de la mañana, un jazmín encontré en un jardín, que hipnotizó el resto de mis horas. Cuando volví, corté una flor para regocijarme con su aroma y color. Días después, cuando aparentaba tener ese trágico y gris final, pensé en repetir el proceso de robar otro gajo y así seguir. Pero decidimos, ese jazmín y yo, jugar una buena pasada.

Juntos, nos propusimos pelear hasta el final. Me pidió tierra, sol y agua para poder vivir y le di además, amor, tiempo y calor.

Lentamente, esta maravillosa creación fue quitándome la absurda idea de reemplazarla. Ya ves, como dicen por ahí “que idiota el que intenta sacarse de la cabeza, lo que no quiere salir del corazón”. Y así fue. Ya formaba parte de mis días (sino, la más bella) y él quería vivir por mí.

El proceso fue lento. Su brillo, su color cambiante y su persistente idea de verme iluminada con su luz, hizo que mis ansias no pesaran tanto y que mi miedo a no haber sabido generar en él las raíces fuera disipándose con el viento.

Día a día, noche a noche, este intercambio de maravillas fue dando sus frutos.

Él es el único en mi jardín y lo cuido y siento palpitar. Baila con el viento, ríe con la lluvia y le gusta mirar al sol.

Sabia naturaleza, que propone ciclos ineludibles. Bella creación que desafió los principios planteados.

“Empezar las cosas al revés, quizás sea sólo una forma de obtener un resultado distinto”.

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