Sombras

Te veo, miro tu sombra como se fusiona en un baile de luces con la del hermoso atardecer que se avecina. Siempre fui muy observador, nunca supe bien que decir. Salimos, anduvimos de la mano, nos divertimos, nos amamos, observaba tu sonrisa siempre bien puesta en esas comisuras, tu cara teñida en porcelana, delgada, fría, a veces caliente. Sabíamos que tenía que ser así, por el solo hecho de serlo, como un valor intrínseco ubicado en nuestro pecho.

Sentíamos cosas parecidas pero éramos a la vez tan distantes de opinión. Llegó la calma, la paz… momentos inolvidables en los que uno solo quiere que se detenga el tiempo para poder sacarle provecho a esa felicidad provisoria, instantánea. Y nos complementábamos, nos uníamos en un vaivén de emociones. El reflejo de ese espejo constante que nos envolvía era el común de nuestros actos. Parecía irónico, tantas cosas en las que pensar y nosotros sintiendo, siempre sintiendo pocas veces pensando, pero esas pocas veces eran únicas y no por eso menos hermosas que nuestros sentimientos.

Atardecer, cuando los cuerpos y volúmenes toman escala monumental y se amplían por el plano horizontal en el que transcurrimos. Se puede sentir esa amplitud, esa desgarradora sensación que nos lleva, nos traslada, nos hace sentir aún más. Y así continuábamos erigiendo esto que se hace llamar amor. Las sombras se alargaron, se dejaron ver nuestros temores en ese negro translucido pero supimos aceptarlos y convivir con ellos, a nuestras espaldas.

La noche era ineludible y aunque la esperáramos o aunque no la deseáramos llegaría tarde o temprano. Y él se alejó saludándonos con un cordial haz de luz, desaparecieron las sombras, ya no se esconderían detrás de nosotros, tal vez ahora todos lo sabrían pero no nos importaba ¿Habría que esconderse como lo hizo el sol? Éramos haces de luz viajando en la oscuridad, nos encontrábamos y sentíamos lo tibio de la unidad, y aunque no se dejara ver tu rostro, sabía que estabas ahí esperándome, aceptándome con todos mis temores y deseos en carne viva, a flor de piel. Yo también lo sabia siempre lo supe, y entendí que no teníamos porque escondernos porque aceptábamos nuestras indiferencias y aun así nos amábamos.

 

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