Te quiero, pero no conmigo. No otra vez.

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Estuve leyendo en alguna página que se abre literalmente en Facebook, una carta de una mujer a su ex pareja. Estaba llena de nostalgia y en la misma casi imploraba que volviera con ella. Como si en el Amor (sí, lo escribí con mayúscula) ese que es tan verdadero, tan auténtico que no se necesita nada más porque ya lo tenés todo, existiera la necesidad de suplicar para obtenerlo a cambio de un par de lágrimas y algún que otro corazón roto.

Y yo, después de leer eso que me pareció tan humillante y devastador, me quedé pensando (como esas veces que nos quedamos en pausa sin darnos cuenta). Así permanecí durante algunos minutos intentando expresar con algo que no fuera solo un gesto lo que había generado en mí, buscaba una sensación, lo que esa carta me había hecho sentir.

A gran parte de nosotros nos ha costado intentar olvidar a esa persona que alguna vez tuvimos el honor o la desdicha de amar, pero finalmente logramos arrancar ese sentimiento aún a costa de nuestra voluntad para volver a la vida. ¿Paradójico, no? En otros casos, sucede lo inevitable, el amor no te suelta y te volvés preso/a de ese celular que permanece en silencio mientras antes te volvía feliz cada vez que sonaba. Implorás que vuelva, intentás hacerte creer que fue solo un sueño de esos que te hacían despertar con el abrazo de mamá. Pero te das cuenta que ahora que sos grande, como querías, dejaste de llorar por tonterías y te da la bienvenida el nudo en la garganta por no lagrimear delante de algún familiar por ese triste y roto corazón, que aún esperás, pueda cicatrizar con un par de mensajes que fueron tirados a la basura.

La dignidad y el amor propio parecen haberse esfumado con cada llamada no contestada, cada mensaje no leído o con cada tilde azul que se te clava como puñal en los ojos. El frío corazón de la persona que creíste alguna vez te amó, te desconcierta, pero la cabeza no te da tregua. Intentás disculparte por cosas que no hiciste, pero a veces no te alcanza, tenés que hacerte más daño. Necesitás quererte un poco más y lo sabés.

Tras largas noches sin dormir y ya sin recuerdos que llorar, por fin te das cuenta que amaste de una manera desmedida y más que a vos mismo/a y entendés que fue ese el peor error. Porque aunque cueste creerlo, si amás a alguien más que a vos mismo/a te estás olvidando de vos. Y si ya no te importa derramar lágrimas en vano, suplicar un cariño que deberías merecer a diario, mendigar mensajes que puedan sorprenderte alguna vez al mes o simplemente una compañía que te permita permanecer en bienestar, a nadie va a importarle romperte una y otra vez el corazón, probablemente no escuche cada vez que reclames algo que no está bien o no se tome el tiempo para dedicarte algún momento especial. Sabe que te tiene, entiende que sos incondicional, supone y está en lo correcto que es más importante que vos mismo/a y ya no le importa buscar razones para que ese cariño nunca se funda.

Y tras una infinita noche, después de haberlo comprendido todo, asumís que a pesar de haberte hecho más daño que entragado amor, lo/a querés y aún no podés lograr dejar de hacerlo más que a vos mismo/a. Lo/a amás con todo el dolor del mundo, lo/a querés, pero no de vuelta. ¡No con vos!

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