Tengo que dejar de enamorarme como un niño

 “Hay una cosa para la que nunca voy a madurar”

Si hay algo que me ha enseñado la vida, pura y exclusivamente en base a errores y aciertos de mi parte, es que en todos sus aspectos siempre hay reglas.

Hay reglas para que te vaya bien en el trabajo, hay reglas para ser un buen estudiante en la facultad, hay reglas para ser más simpático, hay reglas para ser más querido, hay reglas para ser un buen hermano, un buen amigo, un buen padre o madre y demás.

Quizá la palabra adecuada no sea reglas, sino aprendizajes…

Pequeñas enseñanzas tácitas que nos hacen avivarnos para no volver a tener malas experiencias.

Cuando te echan de un laburo por llegar tarde aprendes que importante es la puntualidad, y te haces una regla… “Para el próximo trabajo que tenga no voy a ser tan volado de llegar a cualquier hora”

Cuando te bochan mal y pasas vergüenza  en un final porque te tomaron una bolilla que no habías estudiado, aprendes y te haces otra regla… “No voy a ir a rendir si mínimo no le pegue una leída a todos los temas”

Cuando te levantas con resaca de una noche pesada y te acordas que le confesaste todo a la persona que te gustaba, tiras un par de insultos al aire y mentalmente apuntas otra regla… “No voy a volarme la jeta con alcohol si puedo pasar un papelón frente a gente importante”

Así es como, en base a nuestra experiencia personal, alegrías y traspiés por igual, vamos construyendo esta serie de leyes para convertirnos en seres más racionales, más astutos y -en definitiva- menos boludos.

Es un proceso que la gente suele llamar maduración. Es el camino que diferencia a un niño, desconocedor de la naturaleza del mundo que lo rodea, de un adulto, que ya esta curtido al máximo de tal mundo.

Siempre en todos los aspectos se puede crecer y lograr esta maduración. Ya sea en lo social, en el estudio, en la familia, en el trabajo y demás.

Pero hay un aspecto en el cual siempre voy a ser un infante, un nene chiquito, un inocente total…

Bomur escribió una nota hace un par de meses contándoles los que le pasa a muchos hombres cuando nos enamoramos. Dejamos esa imagen de masculinidad indiscutida, de jefes de la selva, por una imagen de criaturas mansas, sencillas y melosas.

Dicho en otras palabras, algunos hombres cuando nos empezamos a enganchar, nos volvemos unos tarados. Unos buenones. Unos volados.

Tengo que confesar, con todo el peso de mi vergüenza, que soy así. Cuando me enamoro, me vuelvo un boludo. No hay con que darle.

Cuando pienso en esa persona que me está moviendo el suelo, no puedo evitar dibujar una sonrisa, sueño despierto e imagino adonde nos va a llevar la vida, espero impacientemente el tiempo para volver a verla, disfruto cada conversación, cada beso y cada cariño como si fuera el último… y le hago caso omiso a cualquier indicio que pueda atentar contra mi ilusión.

Para enamorarme soy un niño.

¿Pero porque soy así?

No es porque no sepa las reglas, o porque no haya aprendido. Se perfectamente cómo se manejan las relaciones de hoy en día. Me toco pasarla bien y me toco pasarla mal.

Ahí es donde encuentro el problema.

Fíjense esto. Toda la maduración que tenemos en cosas ajenas al amor en pareja, siempre nos conllevan a convertirnos en personas más responsables, más serias, mas empáticas y mas laburadoras.

El enamoramiento es todo lo contrario.

De niños se nos presenta como algo puro y de máxima simpleza, como un juego de ingenuidad, pero a medida que vamos creciendo se va enroscando y complicando cada vez más.

Lo que de chiquitos vivíamos como un “me gustas” , un piquito y un par de risas, ahora de grande es un mes de chamullo por WhatsApp, 3 salidas, 10 histeriqueos y contando.

Ese es el tema, mientras madurar nos vuelve más eficientes y más sencillos en todos los otros ámbitos, en enamorarnos nos hace volvernos más desconfiados, mas enroscados, y hace todo en general, más complicado. Todo con el fin de no herirnos, de no sentir el dolor de no poder querer o no sentirnos queridos.

Las reglas están claras: las falsas imágenes personales, los histeriqueos, las omisiones, la falta de franqueza, las peleas, el chamullo constante, las mentiras y las verdades incómodas…

Todo esos esos recursos que usamos para crear una atracción que si no se dio de una manera sincera en un principio, no va a servir para nada en un futuro.

No quiero madurar por tal cosa… No quiero cambiar algo sencillo y hermoso, que sale plenamente del alma, por algo enroscado y sin forma.

No obstante, las reglas siempre estuvieron en mi cabeza, y las trate de seguir, cuando la mina no me quería y me corto la cara, cuando yo no quería a la mina y me toco a mi mandarla a volar, cuando enganche a una piba que no me gustaba y la termine usando, cuando buscaba o me buscaron solo para un garche, cuando una mujer me engaño o me ilusionó y termino siendo cualquier cosa…

En fin, en todas estas situaciones en las que una persona normal hubiera hecho borrón y cuenta nueva, yo me decepcione con las actitudes que tome.

Decepcionado más que nada, porque no soy así, no me representa. No me gusta descartar a personas que quiero de un día para el otro. No me gusta la promiscuidad con la que nos manejamos. No me gusta la falta de honestidad, sobre todo con nosotros mismos.

En este punto uno se da cuenta, que nunca le salió seguir las “reglas para enamorarse”. No porque no pudiera, pero porque no quería.

Si alguna vez quise dejar de escuchar lo que decía mi corazón por lo que decía mi pensamiento o mi libido, fue únicamente porque quería disfrutar de otras personas, o mejor dicho, dejar de sufrir por otras personas.

Pero no me sale del sentimiento, y no creo que haya decepción peor o equiparable que la de silenciar el alma, por más absurdo que suene…

Es obvio que si sigo este camino, dejo las reglas al costado y sigo siendo un pibe soñador me van a boludear, me van a ilusionar, me van a esperanzar y me van a terminar decepcionado una y otra vez, pero es lo que me sale de adentro, es lo más puro que tengo y no lo quiero cambiar.

Puede ser que algún día, dentro de algún tiempo, me canse de todo…

Y quizás quiera dejar de ser un inocente para las relaciones.

Y quizás me convenza que no puedo confiar plenamente en otra persona.

Y quizás sienta que finalmente tengo que dejar que la razón le gane al corazón.

Y puede ser posible que este espíritu chamuscado que tengo, se rinda y me deje hacer lo que quiera, libre de cualquier culpa.

Pero hoy, lo tengo acuñado acá en mi pecho, un poco averiado de tantos desengaños, pero siempre funcionando y siempre ilusionado con que va a llegar algo mejor…

Y quizás algún día me cruce con otra alma averiada, otra persona que sintió la decepción pero no perdió la honestidad, otra ingenua y crédula para el amor como yo.

Y si ese día llegara…

Voy a ser feliz de poder enamorarme como un niño.

 

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