Volver a enamorarse

Y pasó el tiempo, pasó el agua, pasó el bajón.

Pasó la sensación de tener una intensa cara de boluda que todo el mundo notaba, de tener menos sex-appeal que un paquete de yerba (con bajo contenido en polvo), de tener un cartel en la espalda que diga “pegame que me gusta”.

Y me di cuenta que pasó de un momento para el otro, en una milésima de segundo, en la que un cruce de miradas me sacó de mi indiferencia sentimental y me elevó como a una reina por encima de la más bella de las mujeres. Mi cuerpo volvió a tomar forma, mi piel se volvió tersa y luminosa, y mis piernas cobraron sentido de pertenencia, no como un simple medio de locomoción, sino como una peligrosa trampa mortal para mi futuro esclavo personal. Hasta mis labios se tornaron más carnosos, calientes, vibrantes. Un estado de ebriedad narcisista conocido por todos: ¿quién no estuvo a las puertas de un romance prometedor?

El período desde que se cruzan las primeras palabras hasta el primer beso es el que más disfruto, y creo que lo es también para una gran parte de las mujeres. Las cosquillas en la panza cada vez que recibimos un mensaje, un llamado; cuando se acerca la hora de que llegue a buscarnos; cada vez que imaginamos cómo será el encuentro, qué dirá, qué diremos, qué será lo que más les gusta de nosotras; cómo se las ingeniará para acercarse hasta nuestra boca, distraídamente o con impulsividad, tiernamente o como con un ruego; los primeros abrazos… Descubrir de a poco su mundo, cómo piensa, cómo es su vida, descubrir su cuerpo, y descubrir sobre todo lo que ese cuerpo produce en el nuestro; es como abrir un regalo de a poco. Y si cada descubrimiento nos sorprende gratamente (como a mí por ejemplo, que espero casi siempre que llegue la decepción), la cabeza empieza a producir alocadas oleadas endorfínicas que nos trasladan como un potente alucinógeno a una hermosa postal de pareja feliz y satisfecha. Y ahí está el peligro.

Cuando un hombre me gusta de veras, esto es, con el cuerpo, el corazón y la cabeza, ¡estoy en el horno! Me vuelvo absolutamente tonta, estúpida de felicidad, los días son más luminosos, la gente es más amable y hasta los políticos quizá mañana devuelvan todo lo que se robaron. Todos los demás detalles que atañen al hombre que me hace feliz por el sólo hecho de existir y elegir estar conmigo son invisibles. No existen. No me importan los defectos físicos (si bien tiene que atraerme), no me importa que sea el más boludo del grupo o el más ratón, no me importa que tenga un larguísimo historial de conquistas o que no tenga un trabajo fijo. De esta manera soy peligrosa hacia mí misma, perjudicial, autodestructiva. Después termino llorando como la más gila y no sé por qué. ¡Ay Dios! ¡Por qué los hiciste tan lindos, caramba! ¡Y tan hijos de puta!

Y ésta es la esencia misma de mi disyuntiva: ¿qué hago?

Enamorada soy un desastre. Soy vulnerable, frágil, crédula, doy mucho y no exijo demasiado. Dejo de tener voluntad propia (otra voluntad que no sea estar con el individuo en cuestión). Tendría que invertir un montón de tiempo en la relación, tiempo que no me sobra y tendría que robarle a mis otros amores. Volver a ponerle tanto esfuerzo y dedicación, porque han de saber que para las mujeres las salidas comienzan mucho antes, yendo a ver qué ropita nueva nos vamos a poner, qué tratamiento anticelulítico será el más efectivo, sin mencionar la depilación mucho más reiterada, profunda y prolija, el largo baño de 40 minutos con 20 adicionales para encremarnos enteras desde la exfoliación para pies hasta la crema para peinar, limarnos y pintarnos las uñas, elegir la combinación de zapatos-cartera-cinturón-aros-collar, peinados que queremos improvisar en el momento, y por último, el concienzudo maquillaje que seguramente la primera salida nos quedará horrible y harán que parezcamos una mezcla de Krusty y una muñeca pepona.

¿En qué momento me fui por las ramas? Sigamos. Es tan lindo dejarse llevar por la marea sin sentido del sentimentalismo. Es lejos, una de las mejores sensaciones que he experimentado, llegando a sentir nostalgia de ella las veces en que la relación se ha vuelto estable. Pero no me es útil, no me conviene, no es inteligente caer de nuevo…

Y no sé qué hacer. La cabeza me grita “¡Uhhhh otra vez pedazo de naba me tenés harta, dijimos que nada de boludeces!”, el corazoncito dice: “¿Y si es éste, y nos lo perdemos por no querer arriesgarnos? Recuerden las sabias palabras que leímos en aquel Power Point: ´La mayor equivocación es no haberse equivocado nunca`”, a lo que mi cabeza responde con una carcajada impiadosa mientras el cuerpo se encoge de hombros y dice: “A mí me da lo mismo, saben que cualquier bondi me deja bien”. Y desde afuera yo, escuchando cómo me hablan todas esas partes de mí a la vez, mirando a mi bombón que me invita a acercarme con el dedo, bah, no es mi bombón, es sólo un chico que me gusta… o tal vez sea algo más… o tal vez lo mande a la mierda y meta mi cabeza en el trabajo. ¡Qué tanto! Ahí es todo absolutamente claro y lógico: a mayor esfuerzo, mayor satisfacción.

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