Declaración de principios, una filosofía de vida

Leí “El Principito” a los ocho años. Podría decir que a partir de la lectura de ese libro tengo lo que las viejas llaman “uso de razón”. Desde ese momento, volví a leerlo y releerlo infinidad de veces. Hay partes que puedo recitar de memoria.  Es un libro para todos aquellos que intentamos no dejar de ser niños, en el sentido de nunca perder nuestra capacidad de asombro. Para los que no dejamos de mirar el mundo y las cosas como si todo fuera nuevo, para los que siempre tuvimos en el corazón la sospecha de que no todo es tal y como parece a simple vista.

En distintos momentos de mi vida fui descubriendo pasajes y mensajes distintos. Y con el tiempo elaboré una teoría psico-socio-filosófica. Las personas se clasifican en dos tipos: aquellas que leyeron, interpretaron y amaron al “principito” y aquellas que no pasaron del dibujo de las boas cerradas y las boas abiertas y pensaron que todo aquello era una soberana pelotudez. Con esto –aclaro nuevamente queridos y reaccionarios lectores- no estoy descalificando a nadie. Simplemente creo que es un modo de pararse ante la vida. Acepto en conformidad las  cosas como me enseñaron que son y desecho todo aquello que me genera inquietud,  incomodidad o altera mi status “adquirido”; o me animo a ir por más, indago en las causas de las cosas  y me replanteo a mí mismo mis propias normas y mi propio status.

“Lo esencial es invisible a los ojos” es una de las frases medulares del libro. Cuando era más chica, la interpretaba a nivel “micro”: no hay que ser superficial, hay que mirar adentro de las personas. Era más cursi.  Cuando crecí, le di otra dimensión: no hay que ser idiota. La sociedad no funciona como parece a simple vista. No alcanza con abrir los ojos y ver. Hay que ir por más. Hay que animarse a arrancar los baobabs del pensamiento.

A quienes formamos parte de la clase media – intuyo que a los de la alta también- se nos impusieron desde chicos verdades jodidas.

Nos dijeron, entre otras cosas, que la clase media es la que sostiene al resto. Eso no es tan así: las clases bajas y las clases medias son las que sostienen al resto. Las empresas, las fábricas, los campos producen gracias a la gente que trabaja en ellas: desde el chico de la limpieza hasta el contador. El empresario no es nadie sin ellos. La clase baja la pasa peor que porque hacen el peor trabajo, en negro y  ganan menos. Generalmente, a la clase media le gusta su trabajo y a la bajas no, y la causa profunda de esto tiene que ver con  la posibilidad de acceso a la educación. Pero es la misma gilada.

Por eso es que no alcanzo a entender por qué  molesta tanto la asignación universal por hijo o la entrega de netbooks en las escuelas públicas.  Es tirarle margaritas a los chanchos, escuché decir por ahí. Cuando ciertas ideas o acontecimientos implican un cambio, yo trato de hacerme la siguiente pregunta: ¿Por qué no? Si el estado tiene el dinero para intentar esto… ¿por qué no habría de hacerlo? Nos quejamos de una educación caduca y de mala calidad, pero cuando llega el momento de encarar el cambio, todos nos resistimos. ¿En qué cambia mi vida de abogado, contador, bioquímico, metalúrgico o comerciante si a los pibes del secundario les regalan una computadora? ¿En qué cambia? Sí señor, no cambia en nada. ¿A cuántos pibes les regalan un auto a los dieciocho y nadie dice nada?

Cargarán contra los fondos de las ANSES. Que los fondos jubilatorios los maneje el estado es tan o más seguro que confiar en el negocio de las AFJP. Vaya uno a saber a qué negociado partía la plata de los trabajadores en otras épocas.

Nos dijeron también que los putos son anormales, enfermos y perversos. ¿En qué  cambió la vida de los heterosexuales desde la Ley de Matrimonio Igualitario? Sí señor, no nos cambió en nada. Seguimos garchando, poniéndonos de novios y casándonos con quién se nos da la puta gana. Como siempre. Sólo que ahora se reconoce un derecho a quienes no lo tenían.

Nos enseñaron también que los pobres son vagos, que son pobres porque tienen muchos hijos, que son pobres porque son ignorantes, que los pobres no estudian,  que los pobres gastan mal la guita: se compran terribles zapatillas o terribles celulares, que los pobres toman, que los pobres roban, que los pobres pegan, que los pobres no se estresan. Alguien me dijo una vez que el estrés de los pobres, en vez de terminar en el psicólogo, termina en el juzgado. Sería bueno empezar a preguntarnos por las causas profundas e históricas de todo esto, que dan para todo un tratado.

Si los de abajo están mejor, estamos mejor todos. Si hay más educación y menos hambre, si se achica la brecha en el acceso a la salud, la educación y los bienes,  con el tiempo habrá menos resentimiento social y menos inseguridad. Además, los subsidios imponen un piso al salario. En los tiempos de la vendimia se quejaban porque no había cosechadores: nadie quiere trabajar porque todos cobran subsidios, decían. ¿No será al revés? ¿No será que los cosechadores estaban cobrando miserias al límite de la dignidad?

Adhiero al peronismo –el doctrinario, el histórico, no el de los noventa- porque aún reconociendo todos sus errores, planteó un capitalismo nacional con redistribución de la riqueza.   No plantea el fin de la propiedad privada ni la eliminación del capital, asuntos mucho más idealistas defendidos por el socialismo –no el de Binner- y el comunismo pero más difíciles de lograr en la práctica. Simplemente plantea que se distribuya mejor lo que producimos entre todos.

Para los que salgan a decir que Menem también  era peronista, les recomiendo los “Cuatro peronismos”, de Alejandro Horowicz, o “Los tres peronismos” de Ricardo Sidícaro. Quizá entiendan mejor la naturaleza del movimiento y  sus mutaciones.

Soy Nac&Pop porque implica la opción por el cambio y la esperanza de que se concrete. Lo otro es más de lo mismo, ya lo conocemos. La historia juzgará si el 50% de la Argentina hoy la está pifiando.

Mientras tanto, yo, como el farolero que le cae  bien al principito, simplemente prendo y apago mi farol. Algunos pensarán que es al pedo, que me equivoco y que por eso soy una malcogida. Prefiero equivocarme ante lo nuevo y no seguir defendiendo fórmulas que ya se mostraron caducas. Aunque la tarea sea cada día más pesada, yo seguiré prendiendo y apagando mi farol.

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