El Collar de Nácar: “Te voy a atornillar” – Cap. 5

-“Nancy, no es lo que pensás”, dijo el Abuelo inmediatamente.

-”¿Y qué es lo que pienso, a ver?”

-”Pensás que tengo una historia, que te miento…”

-”¿Acaso no lo hacés?

-”No te he dicho todo que no es lo mismo…”

-”¿Por qué no te sacás el rol de abogado, que esto no es un juicio?”

-“Esto no es un juicio, pero vos ya me has declarado culpable….” 

En eso tenía razón. Era irrebatible. El Abuelo aprovechó mi silencio. 

-”Prométeme algo”, continuó el Abuelo.

-”¿Qué?”

-”Que vamos a hablar. Las cosas no son como pensás”

-”Está bien. Te lo prometo. Ahora decime una cosa. La Rubia, tu cuñada, ¿Es la mujer de tu hermano o la hermana de tu mujer?”.

-”Es la hermana de mi mujer.” 

Las palabras fueron como piedras desde un peñasco y esquivé algunas, pero otras me dieron…

Me inundó la música, como todas las veces que una emoción me embargaba: pensaba con música, con canciones, con poesías…

En mis sienes golpeaban Los Piojos. “¿Qué voy a hacer con tanto cielo para mi?”(*) 

-“Nancy, me prometiste que….”

-“Está bien. Vení a buscarme. Estoy en la calle Marsella y Mitre de San José.”

-“¿Que hacés?, ¿Quién vive acá?”

-“Que te recalienta. Vos hoy no hacés las preguntas.”. 

Le corté. 

La mañana era perfecta. El agua repiqueataba en la acequia de piedras. El aire estaba despejado, la brisa matinal arremolinaba las hojas de los árboles añejos. El aroma del jazmín de la casa de Marcos se mezclaba con el XS Black que impregnaba mi ropa…el perfume de Marcos y y el mío… 

Otro sentido me sacó de mi ensimismamiento. Mi garganta estaba áspera,  necesitaba un estímulo. “Voy a soñar con un cielo al regresar”(*), retumbaba Ciro . Le mandé un mensaje al Abuelo. “Traé vino tinto. Malbec. Bogeda Sin Fin”. 

Me saqué los zapatos. No aguantaba mas los tacos. Revolví mi cartera. Tenía el clutch, gracias al cielo y en él, todo lo que necesitaba en ese momento. Lié un cigarro. Aspiré fuerte. Cerré las ventanillas del auto y el vaho de la desolación eclipsó al jardín de Marcos, a mi y al achocolatado perfume del armado.

Aspiré más fuerte. Mi mandíbula de desestresó. Mis dedos se pusieron flojos. Hice para atrás el asiento y me relajé. 

Debí quedarme dormida unos minutos, porque me sobresalté cuando el Abuelo golpeó el vidrio. 

Bajé descalza. El Abuelo miró mis ojos enrojecidos, pero no dijo nada. Cerré con llave  mi auto    y me subí al auto implecable y señorial del Abuelo y me envolví en su polarizado.

El Abuelo estiró la mano hacia atrás y sacó dos copas y la botella de vino que le había pedido. 

-”Perdete la copa el culo. Esto no es un brindis.”

-”¿ Y que es?”

-”Es sólo una botella de vino. Sólo son mis ganas de vino. Pero ustedes, los finos necesitan toda la parafernalia para disfrutar de las cosas. Si tienen un auto, tiene que ser importado. Si quieren vino, tiene que ser en copa. Si tienen mujer, tienen que ponérsela con otra mina…Así es la vida con ustedes…”

-”Veo que el caño te pega estilo psico-bolche agresiva.”

-”¿Viste? En cambio vos sos un forro al natural, nomás…” 

El Abuelo se calló. “Vamos al parque, necesito aire, dar una vuelta…”, supliqué. Apoyé los pies en el torpedo del auto. Mis uñas rojas se reflejaban en el vidrio. 

Me fui tomando el vino de a poco. La luz se filtraba entre el verde del parque. El aire y el calor me vivificaron. Las imágenes con el Abuelo se iban desgranando en mi cabeza como un trhiller… ”No sabés las ganas de tocarte las tetas que tenía, profesora!” Me reí con ganas…El Abuelo me miró y no entendió nada…. 

“No te asustes si me río como un loco
es necesario que a veces sea así…
será la vida que siempre nos pega un poco
nos encandila con lo que está por venir….” (*)
 

-“Llevame a mi casa”, le dije al Abuelo.

-“¿Y tu auto?”

-”Después le pido a la Ofe que lo busque, le mando las llaves”
-”¿Cuándo vamos a hablar?”

-”Cuando quieras.”
-”Bueno, vamos a cenar esta noche”.

-”Ok. Vení  a las 10” 

Dormí todo el día. No sabía que pensar. No quería pensar. A las 10 exactas, el Abuelo llamó a la puerta. Estaba de punta en blanco, como vestido para una gran ocasión. Pareció decepcionado cuando me vió con una camiseta blanca y unos shorts de jean desilachados. 

-”¿Esperabas una superproducción?”, le pregunté cínicamente.

-”Yo…me conformo con que vengas conmigo….”, me dijo suavemente.

-”Te conformás con poco”, le espeté amargada. 

Cruzamos la ciudad y llegamos a La Chancha. Era una casa vieja, hermosa. Había un patio con una pileta iluminada. En las mesas de madera estaban ardían suaves fanales.

Un tipo probaba una guitarra. Me resultó muy familiar su rostro, como si me hiciera acordar a alguien, pero su anillo negro en el pulgar derecho y sus bermudas oscuras me despistaron…No sabía si todavía me duraba el sopor o en realidad lo conocía…Era como la versión informal de un personaje solemne, era como…. 

Mis devaneos se cortaron en seco. De una puerta trasera del patio, como de un departamento interno con paredes de piedra,  salió la Rubia, enfundada en una minifalda blanca infartante y una camisa amarilla con lunares. Un broche de coral se distinguía en su escote. Resuelta, se dirigió a nuestra mesa. 

-“¿Vos me estás tomando el pelo?”, le pregunté al Abuelo. “¿Qué hace el gato éste acá?”

-”Quería conocerte.”

“Pero vos sos un hijo de…”.

La Rubia me interrumpió la puteada.

-“Hola, Nancy. Yo soy la Rubia. Dejanos sola, Abuelo”.

-“Bueno, estoy atrás.”, dijo el Abuelo mientras se dirigía a la puerta desde donde habia salido la Rubia.

Yo estaba de una pieza. No podía creer que el Abuelo me humillara de esa manera.  

-“Nancy, el Abuelo me ha contado todo. Yo soy su cuñada,  como sabés. Esperá, dejame terminar, por favor. El Abuelo y mi hermana se casaron hace años, cuando yo era muy chica. Al poco tiempo, mi hermana se quedó embarazada y tuvieron a Ernesto, que tiene casi mi edad….Pero la felicidad nos duró poco…Mi hermana siempre tuvo una tendencia hacia la melancolía, hacia la tristeza,  y la energía del Abuelo no pudo detener su padecer. Se sentía muerta en vida y generó una enfermedad muy rara, el síndrome de Cotard. Hace más de veinte años que está internada. A nuestro modo, somos una familia. Quizás a vos te parezca raro que….”

-“Perdón, no sabía nada….El Abuelo nunca me dijo, yo creía que vos y él….”, balbucée mientras sentía como la sangre subía hasta mi cara. .

-”No te preocupes. No es algo grato, pero él tampoco te dijo nada… A veces las cosas no son lo que parecen, y a veces no se pueden explicar fácilmente….”

-”Es verdad, pero ahora estoy muerta de vergüenza…”

-”Ala, mujer!”, dijo la Rubia alegremente, “¡Que tampoco se ha muerto nadie! Les puse una mesa en el comedor de los invitados especiales…Apurate que se van a enfriar las rabas que les preparé!”, me animó mientras me apretaba el hombro, y se alejaba en dirección al músico. 

Yo crucé el patio de una zancada. Abrí la puerta y el Abuelo estaba descorchando una botella de Chardonay. Sobre la mesa había un paquete con un moño blanco. El Abuelo lo señaló y me dijo: “Abrilo”. 

Con cautela, desanudé el moño y me encontré con un collar, como una cogotera de nácar, toda labrada, con forma de flores y perlas traslúcidas…

-“Yo, yo….”

-“Date vuelta”, ordenó el Abuelo. “Esto es para vos. Esto sos vos”, me dijo el Abuelo luego de calzarme el collar en el cuelo.

“Abuelo, yo…” 

El Abuelo me  inclinó sobre la mesa, me desabrochó los pantalones y sentí su pecho en mi espalda. Con su mano izquierda me tiró el pelo hacia el costado y con su mano derecha me buscó hasta encontrarme. El brillo del collar chocó contra la botella y el vino impregnó el mantel de tela y mi remera. Luego el Abuelo se quedó quieto. Su inmovilidad contrastaba con mi pulso agitado. 

Tengo algo mal pensado, little baby en el colchón,

lloviznando, de repente….¿Dónde está mi amor?” (*) 

-¿”De que la vas, Abuelo, me vas a atormentar?”

-”No, nena, cambiá el CD…Yo te quisiera salvar….te voy a herir un  poquito más!”(**)                                                         

Continuará.

(*) Estrofas de la canción Bicho de Ciudad de Los Piojos.

(**) Estrofas de la canción Te voy a atronillar de Los Redondos            

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