El Collar de Nácar: “Un lugar donde arder” – Cap. 4

Luego de la escena que acababa de ver, me escabullí en un bar que estaba a la vuelta de la casa del Abuelo. Necesitaba estar sola, pensar….

No sabía quien era la Rubia, pero tenía la íntima convicción que ella y el Abuelo eran más que amigos. Toda la gestualidad, todos los códigos implícitos y expresos entre ellos denotaban una cercanía que no implicaban una simple amistad….

¿Pero por qué me molestaba tanto? Hacía apenas una semana que conocía al Abuelo…¿Qué iba a pensar si le hacía un planteo? ¡Qué estaba loca, por supuesto! Yo también lo pensaba, pero no podía evitar sentir tanta añoranza…¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía simplemente disfrutar del tipo que había conocido? Ir despacio, pensar que jamás habíamos hablado de una relación, pensar que quizás yo no era la única mujer en su vida, y que no tenía por qué plantearse de esa manera…

Tenía que dar marcha atrás urgente… Tenía que sacarme esta sensación de blanco o negro, de todo o nada, esta sensación de que si no era con el Abuelo, no era con nadie…

Más tranquila, salí del bar sin tocar la taza de café que había pedido, le regalé al señor que cuidaba los autos las facturas que había comprado para el Abuelo….

Un clavo saca otro clavo, pensé ferozmente y arranqué el auto…

Al principio no sabía donde estaba yendo, pero después me dí cuenta que llegué sin darme cuenta a la casa de Marcos.

Marcos era un amigo de Tribilín, quien a su vez era un compañero de trabajo de mi ex, el Fabi (ese que mis amigas decían que era un molde de cuco). La verdad es que Tribilín y yo nos habíamos hecho bastante cercanos, a punto tal que luego de pelearme con el Fabi, me tomé varias cervezas  con el Tribilín, quien se portó como un amigo de aquellos . Incluso llegó a quererme llevar a una bruja, una tal Amanda, para que me “orientara”, pero me negué sistemáticamente….

-“¿Sabés que te vendría bien a vos?”, me dijo un día Tribilín, “buscar un amigo con derecho a roce…”

-“¡Ah, claro! Si yo conozco por lo menos diez pibes que me gustan y que no sean mis amigos íntimos, a quienes pueda  llamar y decirles: “Hola, que tal? No estás haciendo nada? Bueno, venite a mi casa y nos echamos un polvo, porque me acaba de dejar el idiota de mi novio y no quiero nada serio, pero igual tengo ganas de coger con alguien….¡Por favor, Tribilín, a veces pienso que vivís en Disney!”, le respondí.

-“Pero no seas pava, Nancy, buscate alguien de confianza…Mirá, te voy a dejar la dirección y el teléfono de Marcos, un amigo mío que anda con mal de amores, a lo mejor le pinta relajarse un rato, que se yo…”

-“Y bueno, dame el teléfono, total, una mano lava la otra y entre las dos….”

-“Se lavan el orto”, remató Tribilín.

-”No, Tribilín, las manos se lavan la cara…”, completé, dándome cuenta que Tribilín me había arrancado la primera sonrisa en semanas…

Así que ahí estaba, en la puerta de la casa del tal Marcos…Según Tribilín, sus otras compañeras de trabajo, decían que Marcos era bastante fachero, pero él no podía opinar de su amigo por dos razones: primero porque era su amigo, y segundo, porque no es de hombre andar fijándose si los vagos que conoce están ricos….

La casa de Marcos era la antítesis del depto del Abuelo: baldosas amarillentas gastadas, paredes de adobe pintadas de celeste y una cascada de hojas inmensas sobre una pequeña ventana, hojas que se mezclaban con las flores de un jazmín paraguayo…Un perro ladró desde adentro, y en ese momento, unos chicos de unos siete u ocho años pasaron corriendo con una pelota en la mano, mientras una señora, que venía con un changuito, les gritó: “Chicos, no corran, que se van a caer, y van a tirar a la señora!”, expresó amablemente,  refieriéndose a mí, sonriéndome a modo de disculpa, mientras daba vuelta la esquina.

No sé por qué, pero sentí una conexión tan profunda con esa vieja y desgastada casa de San José, que me descubrí tocando el timbre con impaciencia, como si fuera el pasadizo necesario y violento hacia un paraje  que todavía no podía identificar, pero que estaba mas cerca de lo que yo creía….

Antes de que alguien abriera la puerta, el celular vibró en mi cartera. Vi la pantalla y entró un mensaje del Abuelo: “¿Estás en tu casa?”.

No le contesté. Volví a tocar el timbre de la casa de Marcos, una vez más.

Esperé unos minutos. La casa parecía estar vacía. La señora volvió a aparecer, precedida otra vez de varios niños, esta vez con su changuito rebosante de frutas, y me dijo: “Hace varios días que no veo el Renault de Marcos…Soy Clarita, su vecina…quiere que le deje algo dicho?”

“Dígale que vino Nancy, una amiga de Tribilín”, le pedí mientras me subía a mi auto, que habia quedado estacionado en el puente de la vieja casa.

Soy una tonta, pensé sin escalas. ¿Qué hago acá?. Soy una mujer grande y si había algo que podía hacer sin temor a arrepentirme, era no quedarme en el medio del camino. Obviamente, hice todo lo contrario de bajar la apuesta y desacelerar.

Sin temblor, saqué el Blackberry y empecé a escribirle un mail al Abuelo.

“Hoy te vi con una Rubia en la puerta de tu casa. No te gastes en decirme que no era nadie.  En ese momento comprendí que estaba desesperada…Y como dice Bukowski, los muertos no necesitan ni cigarillos ni aspirinas ni tristezas, pero quizás necesitan lluvia o un lugar donde arder…

Pensarás que estoy loca, pero no solamente me han aguijoneado los celos, me ha estallado el cerebro en mil pedazos, me imaginé la vida sin vos y un agujero inmenso ocupó todo el espacio….El agujero de mi cuerpo era gris y  respirar fue un milagro innecesario y compulsivo…

Abuelo, me he dado cuenta que puedo estar sin vos, intentar olvidarte, engañarme diciendome que sólo sos una historia mas, superarte, pero si hay algo que no quiero hacer, que no voy a hacer, es compartirte…

Perdoname la soberbia…¿Quién soy yo para decirte como tenés que vivir?…Pero de vos quiero tan poco, que en definitiva quiero todo (*)…Con vos las poesías sobrevuelan mis pensamientos, me vuelvo roja, me vuelvo sangre, vos sos el fuego….

Yo soy Oliverio y vos mi Poema 12, quiero mirarte, presentirte, desearte, apretarte, besarte, codiciarte, morderte, masticarte, estremecerte, tantearte,  acometerte, iluminarte, contemplarte, derretirte, perforarte, enloquecerte, desgarrarte, morderte, asesinarte, resucitarte y entregarme…En una palabra…te amo”.

Apreté “enviar”.

El “te amo” era irreversible, pero era cierto y me sentía liviana, ligera…Vibraba con una paz que iba mas alla de las consecuencias, tenía la sensación que habia hecho lo que debía…No me importaba si el Abuelo se asustaba o me dejaba, jamás me iba a perdonar no decirle lo que me pasaba, dejar pasar la oportunidad de expresarle cuanto me importaba….

No si estas cosas se adquieren con la edad, o a pesar de la edad…Cuando era mas chica, me importaba tanto no dar el primer paso, no mostrarle al otro el poder que tenía sobre mi…Con el tiempo, aprendí que uno se arrepiente en serio de las cosas que deja de hacer en la vida, que uno se reprocha amargamente todo lo que no se ha permitido, solo aquello que no ha encarado….

Ay, Dios, ¿Por que las cosas siempre tienen sentido cuando ya nada puedo  hacer al respecto?

Pasó como media hora y mi celular esta vez empezó a sonar. Era nuevamente el Abuelo. Yo todavía estaba en la puerta de la casa de Marcos. No contesté. El Abuelo insistió, esta vez atendí.

-“¿Nan, que pasa?, ¿Por qué no me atendés?. Estoy en tu casa”, dijo el Abuelo en español neutro, sin una pizca de conflicto o de animosidad en la voz.

-“¿Leiste el mail que te acabo de mandar?”, le pregunté sin rodeos.

-”No”.

-”Bueno, mejor. Decime, Abuelo, si te hago dos preguntas, me las contestás?”

-”Obvio.”

-”Ok. ¿Yo soy la única mujer en tu vida?”, me arriesgué sin rodeos.

-”Sí”. La voz del Abuelo era firme, sincera, llana….

-”¿Quién era la Rubia con la que estabas esta mañana?”

El Abuelo tragó saliva. Luego de unos interminables segundos, a su pesar, y lleno de tristeza, me contestó: “Mi cuñada.”

Continuará…

(*) Esta oración es parte de un inalcanzable poema de Julio Cortázar, que se llama “Una carta de amor”.

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