El Lobo de la Arístides Street– Tercera Parte

Javier no podía imaginar de qué manera sería posible gastar diez mil pesos en una noche. Todavía le dolían esos ciento cincuenta pesos que había tenido que pagar aquella vez que entró tardísimo con sus hermanos a un boliche ubicado en la calle San Juan. ¡Y eso que la entrada incluía tres tragos! Sin dudas prefería ahorrar esa plata y terminar de comprar los repuestos que le faltaban para restaurar el auto que le había regalado su padre hacía ya un par de años. Sin embargo, era consciente de que si quería mantener su recientemente asignado puesto de vendedor, tenía que hacer buenas migas con Fernando, su nuevo jefe. Además, para ser completamente sinceros, el Javi sentía mucha curiosidad por la fama que le habían dado a Fernando. Esta era una buena ocasión para comprobar si todo eso era cierto.

No habían pasado ni dos horas desde la venta de su primer auto con la ayuda del Flaco Pereyra, que Fernando se acercó al taller y le informó a Javier que ya había hecho todo el papeleo para que desde el día siguiente comenzara a trabajar en el sector de venta de usados. Dicho esto, le ordenó al Javi que buscara sus cosas, se cambiara y lo acompañara a hacer unos trámites al centro.

–          “A menos que te mandes alguna cagada, tus días como mecánico terminaron. Suficiente laburo por hoy, ahora hay que prepararse para esta noche. Bah, en realidad vamos a arrancar en un par de horas. Decime donde vivís así te llevo a tu casa.” – dijo Fernando ante la sorprendida mirada de Javier.

–          “De nuevo, muchas gracias, no lo voy a defraudar. Vivo a un par de cuadras del Barloa, pero con que me deje en el centro está bien.” – respondió el Javi mientras se limpiaba una mancha de aceite que tenía en el mentón.

–          “No me jodas pendejo, te llevo a tu casa. ¡Y dejá de tratarme de usted! Me hacés sentir viejo.”- respondió Fernando mientras aceleraba su auto importado.

En el camino a su casa, Javier tuvo la oportunidad de conocer un poco más a Fernando. A medida que iba sacándole charla, se iba dando cuenta de que no era tan idiota como sus compañeros del taller decían. Al contrario, de a poco se iba mostrando como un tipo común, no muy distinto a él. Una vez que Fernando estacionó su auto en la entrada de la casa del Javi, le dijo que tenía tan solo una hora para preparase antes de que volviera a buscarlo por el mismo lugar. Mientras, Fernando iba a hacer algunas llamadas y mover un par de contactos para asegurarse que esa noche fuera memorable.

Eran las 19:24 cuando la bocina del auto de Fernando despabiló a Javier. Sin demorarse ni un minuto, salió a la vereda vistiendo una camisa a cuadros rojo y blanca, un jean clásico azul claro bastante desgastado con un cinturón marrón de esos que se consiguen en las marroquinerías de la calle Las Heras y un par de mocasines que había lustrado como si fuera a recibir la primera comunión. Por supuesto, llevaba la camisa dentro del pantalón y abotonada casi a punto de ahorcarlo. Al subirse al coche, se vio invadido por una carcajada estruendosa de Fernando, quien se burló a más no poder de su atuendo. Por el contrario, su nuevo jefe se había vestido de forma tal que le recordaba a esos conductores de televisión del estilo de Fantino o Tinelli: jean oscuro ajustado, zapatos negros de esos que no necesitan cordones, camisa negra pegada al cuerpo y desprendida en los botones cercanos al cuello, cadenita de oro y blazer oscuro a tono. Javier podía apreciar lo prolijo y coqueto que era Fernando, hasta su barba candado estilo “real” estaba perfectamente delineada.

Después de burlarse un rato de Javier y de tildarlo de campechano, Fernando arrancó su auto en dirección al centro de la Ciudad de Mendoza. El Javi se mostraba algo callado, inquieto y nervioso. Si bien estaba impaciente por lo que pudiera pasar esa noche, no quería dar ningún paso en falso con su nuevo jefe. Aún brillaba el sol cuando llegaron a la calle Arístides Villanueva. Pararon en una de las esquinas, Fernando bajó del auto y desde el asiento del acompañante el Javi pudo ver como saludaba a dos chicas. Era una más linda que la otra, jóvenes y vestidas de manera similar: zapatillas de lona, shortcito de jean (haciendo énfasis en lo diminuto) y musculosa de algún color brillante. Para su sorpresa, después de conversar un rato con ellas, Fernando las acompañaba hacia el auto. Subieron en la parte de atrás, saludaron a Javier muy amistosamente y comenzaron a cuchichear entre ellas mientras el auto se ponía en marcha.

Luego de no más de quince minutos llegaron al complejo privado donde vivía Fernando. Javier nunca había estado en un lugar así, sentía que estaba en otro país. Casas gigantes con ventanales vistosos, jardines delicadamente cuidados, cocheras con lugar para dos o tres autos, bicicletas tiradas en la vereda… Era todo muy distinto al barrio en el que él vivía, donde al menor descuido te robaban hasta las ganas de vivir. Luego de estacionar y bajar del auto, los cuatro ingresaron a la casa de Fernando. Antes que nada, el dueño de casa salió al patio para darle de comer al perro. A continuación volvió a entrar, bajó las persianas, puso algo de música y se sirvió un whiskey etiqueta negra con dos cubitos de hielo. Preparó cócteles para sus invitados, se sentó en uno de sus grandes y cómodos sillones e invitó al resto a hacer lo mismo. Luego de no más de media hora de charla superficial y varios tragos, le indicó a las muchachas que comenzaran a hacer aquello por lo que habían ido hasta allí.

Ante la mirada perpleja de Javier, las minas comenzaron a bailar sutilmente al ritmo de la música. El clima cambió de un segundo a otro, donde la tranquilidad de una charla amena se transformó en un escenario donde dominaban la sensualidad, el erotismo y la provocación. Si bien el Javi era bastante inocente, no era ningún boludo. ¡Tremendo espectáculo estaba presenciando! De a poco, la morocha le iba sacando las prendas a la rubia hasta dejarla en tanga. La rubia no se quedaba atrás y le devolvía el favor a su amiga. Las chicas tenían cuerpos que parecían tallados a mano por el mejor artista italiano y con el show que estaban dando eran capaces de despertar al mismísimo Vesubio. Lentamente comenzaron a bailar sobre la falda de los muchachos, quienes estaban sentados en el mismo sillón. Mientras la morocha comenzaba a utilizar su lengua para explorar la boca de la rubia, Fernando trataba de levantar su mandíbula del suelo mientras la lujuria invadía sus ojos. No pasaron ni cinco minutos, que tomó de la mano a la blonda joven y se encerraron en su habitación. Mientras tanto, el Javi se encontraba solo con la morocha en el living. Ante su inexperiencia en situaciones como estas y la imposibilidad de controlar sus nervios, no supo aprovechar el escenario que se le presentaba. Si bien dejó hacer su trabajo a la chica, era consciente de que podría haber hecho lo que quisiera con ella. La mina, cuando vio que Javier no reaccionaba, comenzó a vestirse y se prendió un pucho mientras esperaba que Fernando largara a la rubia. El joven trataba de sacarle charla a la flaca pero evidentemente era una situación imposible de remontar. Al cabo de una media hora, Fernando y la otra chica salieron de la habitación. La cara del tipo reflejaba aires de proeza comparables con la de los los uruguayos después del Maracanazo. Mientras esperaba que las chicas terminaran de arreglarse, aprovechó para servirse otro vaso de whiskey mientras se limpiaba los restos de labial en su cuello y fumarse un cigarrillo en el patio. Luego de que las chicas se subieran al auto, le ordenó a Javier que fuera prendiendo el fuego y lo esperara dentro de una horita a que volviera con la carne para el asado de celebración.

Hipnotizado por el fuego, el Javi meditaba sobre lo acontecido. ¡No podía creer que había desaprovechado una oportunidad como esta! Después de maquinar un rato llegó a la conclusión de que si aspiraba a tener la plata y el estilo de vida de Fernando, debía trabajar en varios aspectos de su personalidad y forma de ser. Mientras limpiaba la parrilla, escuchó llegar a Fernando. No venía solo. Pudo reconocer de la concesionaria a los dos tipos que lo acompañaban. Uno era parte del equipo de abogados y el otro era uno de los vendedores que trabajaban con Fernando. Después de ser introducido a ellos, tomó la carne que traían y continúo con el ritual del asado. El dueño de casa sacó de su bolsillo un dispositivo extraño que resultó ser un recipiente donde guardaba cogollos de excelente calidad que le quedaban de su último viaje a Miami. Mientras enrollaba artesanalmente un par de porros, sus amigos descorchaban un par de botellas de vino tinto y atacaban sin piedad una picada mientras esperaban la cena. En la mesa se hablaba de anécdotas increíbles, peripecias de una doble vida y viajes cargados de vicios. Javier se asombraba más y más con cada historia que escuchaba, sin perder de vista el matambre al roquefort que estaba preparando.

Varias botellas de vino vacías decoraban la mesa mientras comenzaban a correr los vasos de fernet. Si bien aún quedaban varios pedazos de carne en la parrilla, la reunión lentamente comenzaba a convertirse en una previa: la noche no iba a terminar allí. Cerca de las dos de la mañana tomaron la decisión de ir de cacería a uno de los bares emblemáticos de la calle Arístides. Se tomaron un par de minutos para ordenar mínimamente el caos que habían causado y para mandarse un par de líneas reactivadoras cada uno. Javier volvió a ser un simple espectador de este escenario, tal como lo había sido anteriormente en la oficina de Fernando. Si bien el resto de los jóvenes lo había tentado para que probara aunque sea una línea de cocaína, el miedo que le generaba el potencial efecto hizo que declinara la oferta. Aunque para ser sinceros, poco sabía él que eso que comenzaba a sentir se llamaba curiosidad.

Ni bien llegaron a la puerta del bar, el patovica de la entrada reconoció a Fernando y lo hizo pasar sin que tuviera que esperar ni un segundo. El resto del grupo avanzaba detrás de él a pesar de las exclamaciones de desaprobación y frustración por parte del resto de los mortales que debían esperar afuera con la excusa de “es una fiesta privada”. El bar se había ganado su reputación con los años, no había sido tan popular en un comienzo. Estaba ubicado en un punto clave y apuntaba a llamar la atención de turistas extranjeros que estaban de paso por Mendoza. Además, se poblaba de aquellos menducos que sentían que su ciudad les quedaba chica y encontraban en este lugar un espacio “cool” para pasar sus noches. Aunque este no era el caso de Fernando. Él amaba este lugar porque allí encontraba mujeres que encajaban perfectamente con el estereotipo que había diseñado a lo largo de los años. Su debilidad eran las extranjeras, particularmente las europeas. Mientras más del Este fueran, mejor.

No cabía ni un alfiler en el lugar, a pesar de ser un día de semana. Esta era una de las particularidades de este bar, daba la impresión de que sin importar qué día de la semana fuese, siempre estaba lleno. Fernando se acercó a la barra a pedir su whiskey mientras sus amigos se decidían por tomar cerveza. Le alcanzaron uno de esos vasos grandes a Javier, quien aún estaba tratando de procesar tanta información nueva. El lugar no se parecía mucho a los boliches que solía frecuentar, la música le parecía extraña y no encontraba caras conocidas. Fernando fue muy rápido y fichó a un grupito de tres chicas que ingresaba por la única entrada del bar. Codeó a sus amigos y las interceptaron rápidamente. El Javi no entendía un pomo lo que hablaban, evidentemente las minas no eran de Mendoza y no hablaban español. Risas, tragos y cocaína danzaban al unísono mientras el tiempo pasaba. Javier sabía que estaba en desventaja con las chicas principalmente por la barrera del idioma. Si bien encontraba que una de ellas lo miraba bastante, no sabía cómo hacer para acercarse. A diferencia de él, el abogado de la concesionaria hablaba un inglés básico pero entendible, por lo que le sacó cierta ventaja frente a la extranjera.

El bar estaba por cerrar cuando Fernando se acercó a Javier para dejarle un par de billetes en el bolsillo de su camisa. Le indicó que se tomara un taxi para volver a su casa, dado que él iba a volver a la suya con sus amigos y el grupito de extranjeras. Javier hizo caso un poco indignado y se marchó cabizbajo mientras veía como el resto del grupo se subía al auto de su nuevo jefe. El Javi tomó un taxi y cuando llegó a su casa se acostó aunque más no fuera por un par de horas. Si bien la noche que había pasado le dejaba un sabor agridulce, no debía perder de vista el gran acontecimiento que esperaba por él: su primer día como vendedor de autos.

Al otro día, luego de que le costara horrores levantarse, el Javi llegó a la concesionaria. Lo primero que hizo después de saludar a sus ex compañeros del taller, fue dirigirse a la oficina de Fernando. Golpeó una, dos, tres veces pero nadie respondió. Decidió preguntarle a la recepcionista si sabía algo de su nuevo jefe, quien le indicó que no lo había visto llegar.  Salió hacia la playa de estacionamiento y se dio cuenta de que el auto de Fernando no estaba allí. Se le ocurrió que al esperar ahí mismo, se enteraría de la llegada de su jefe. Los minutos se hicieron casi una hora y no había ninguna novedad. Volvió a preguntar en la recepción, donde trataron sin éxito de contactarlo a su teléfono celular. Javier ya comenzaba a preocuparse… ¿habría llegado Fernando a su casa anoche? Si bien estaba bastante pasado de vuelta, no le parecía que no estuviera en condiciones de manejar. ¿Habrá tenido algún accidente o simplemente se habrá quedado dormido después de tanta joda? Lo cierto es que Fernando no solía llegar tarde, por lo que ya había despertado la preocupación del mismísimo gerente del local.

CONTINUARA

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