El mejor boxeador del mundo fue mendocino Cap. 1/4

Capítulo 1

Don Alejandro Sosa tenía un carácter tremendo. Forjado por años de calle, trabajo forzoso, esfuerzo y abrumadores embates de la vida. Con sus treinta y ocho años parecía de cincuenta, pero tenía la fuerza de un toro y la ira de un huracán. Su temperamento, de fácil estallido, lo había llevado a ganarse el respeto de todos y una reputación de recto y bravo, pero había pagado con creces estas cualidades. Toda su juventud arregló las cosas a las piñas, esto lo llevó a ser expulsado de cuanto colegio intentó asistir y a perder muchos grandes amores por su mal carácter. Respecto a sus parejas, sus celos incontrolables le habían dado una vida tormentosa, cargada de peleas, tanto con piropeadores como con mujeres. Siempre trabajó solo, era recto pero difícil, ejercía el poder de jefe y jamás fue considerado un líder entre sus empleados.

Había muchas cosas que Don Alejandro sabía de la vida, y muchísimas otras que no, pero lo que tenía muy en claro era que a su recién nacido Miguel le iba a enseñar claramente las cosas que no debía copiar de su padre… pero la sangre es fuerte.

El Miguelito era un niño hermoso, de muy chico floreció el carácter su padre, temperamental y celoso, pero Don Alejandro fue aplacándolo a fuerza de charlas y retos, sobre todo retos. Con tan solo cuatro años, el Miguel tenía un profundo respeto a su padre y un temor absoluto a ser castigado. Cualquier tarea que Don Alejandro encomendara, el Miguel la cumplía a rajatabla, porque sabía que si no lo hacía había castigo… y los castigos eran bravos.

– Yo te dejo hacer lo que vos quieras Miguel – le decía  Don Alejandro – siempre y cuando no me falles en la escuela. Si yo hubiese estudiado hoy no trabajaría en esta carnicería horrible. Sería dotor’ o abogado y la vida se me habría hecho más fácil.

Don Alejandro comenzó a leer y dejó de pelear cuando el nene tuvo uso de razón. Pensaba que si él quería que su hijo fuese pacífico y estudiado debía darle el ejemplo. Con el tiempo el Miguel fue aprendiendo de ese ejemplo. Los primeros años de primaria fueron estresantes, la presión que Don Alejandro ejercía sobre su hijo para las notas y las tareas se basaba en amenazas y golpes. En cuarto grado el Miguel había logrado entender la lógica de su padre y mantenía un buen nivel de notas, al tiempo que evitaba el castigo, siempre con un temor absoluto sobre las palabras de Don Alejandro.

Una tarde de primavera, el Miguel estaba en la vereda charlando con unos amigos del barrio. Don Alejandro se asomó por la ventana y le llamó la atención como su hijo relataba una historia de pie mientras sus amigos lo escuchaban admirados.

– … entonces el pibe viene y me dice “me voy porque la pelota es mía” – contaba el Miguel gesticulando con las manos. – Y yo le dije “¡tenes que terminar el partido, no seas calentón!”. Entonces el pibe fue a agarrar la pelota y le dije “eee, tocas esa pelota y te rajo”.

– ¿Y se llevó la pelota? – preguntó uno de los amigos.

– ¡Qué se va a llevar! ¡Apenas atinó a llevársela le puse un piñón en la cara que mamita querida! – respondió el Miguel al tiempo que mostraba en cámara lenta el trayecto del puño

– ¡Nooooo! ¡Que genio! – contestaron al unísono entre risas los amigos.

– Y vino el gordo Tulio, que tiene como catorce años, y me pegó un patadón, pero me levanté rápido y le metí un saque en la nariz que le hizo saltar los chocolates y llorar como una nena – contaba emocionado el chico.

Entonces la ira estalló en Don Alejandro. Salió de la casa como un vendaval, derechito hacia donde estaba el Miguel. Lo agarró del pelo con la zurda y con la derecha le metió tres cachetadas seguidas.

– ¡Yo te via’ enseñar a pelia’ a vos pendejo de mierda! – le gritó mientras lo fajaba.

El Miguel estaba horrorizado, el miedo y la vergüenza se veían en sus ojos.

– ¡Nooo papá! ¡Pará! ¡Fue sin querer! ¡Yo lo la empecé! Para que te cuente – gritaba el Miguel entre llantos y gritos.

Don Alejandro lo llevó a rastras de los pelos hasta la casa, entre patadas y cachetones – ¡Te he dicho mil veces que no quiero que te pelees! ¿Por qué no me hiciste caso? – le gritaba mientras lo sacudía al Miguel.

Luego de pegarle y dejarlo en penitencia todo el día, padre e hijo se encontraron en la mesa de la cena, un silencio filoso y un ambiente pesado se sentía en el ambiente. Calmado ya, Don Alejandro le habló a su hijo.

– Mira Miguel… vos sabes que yo te dejo hacer lo que queras, siempre y cuando cumplas con las reglas. La regla siempre ha sido que estudies y ahora que sos más grande le vamos a sumar que no pelees.

– ¡Pero papá…!

– “Pero papá” nada, vos vas a hacer lo que yo te diga porque tenes ocho años. Que yo no me entere de que te volves a pelear nunca más…

– Bueno, pero…

– ¡“Pero” las pelotas!. Me entero de una piña o te veo con un machucón, un ojo morado o un golpe y la que te voy a dar no te las vas a olvidar jamás – sentenció Don Alejandro – ¿Entendiste?… ¿Entendiste Miguel?

– Si papá – dijo el Miguel agachando la cabeza y tragándose la bronca y las explicaciones de la pelea.

CONTINUARÁ

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