El mejor boxeador del mundo fue mendocino Cap. 2/4

Capítulo 2

El último mes del cuarto grado fue fantástico, caluroso y cargado de fulbito y figus. El Miguel se quedaba después del colegio jugando con los chicos del barrio. Un día, después de un partido, cuando los chicos estaban volviendo, se les arrimaron dos extraños. Luego de pedirles plata comenzaron a empujarlos. El Tito se largó a llorar mientras que el Roli se sacaba los botines. El Miguel estaba inmutable.

– ¡Dale flaco! ¿Qué te la das de guapo? ¡Dame los botines! – le dijo uno de los malvivientes.

– Sacamelos – sentencio el Miguel mientras que al Tito una gota le embarraba la mejilla.

El ladrón trató de agarrarlo por el cuello y el Miguel lo eludió, en ese momento se le vino a la mente la cara del padre diciéndole “te veo con un machucón y la que te voy a dar…” entonces le tiró una trompada violenta a la cara. Miguel se hizo hacia atrás y el ladrón pasó derecho, acto seguido le colocó un derechazo en la oreja que lo hizo trastabillar.

El otro se puso en alerta y se le vino como viento. Le largó un puñetazo de arriba hacia abajo, bravío, descontrolado y sin técnica. Miguel lo esquivó de costado y le asestó un gancho al hígado, dejándolo sin aire en el piso. En ese instante dio media vuelta y le estampó un puntapié en la cara a la aún mareada primera víctima.

– ¡Corramos! – les dijo a sus amigos al tiempo que se palpaba la cara.

Corrieron a toda prisa durante más de cinco cuadras y entraron en la despensa de Doña Coca, el Miguel pidió el baño. Entró agitado y se miró al espejo… no tenía heridas. Se levantó la remera y se miró la panza, todo en su tono correcto. Salió tranquilo mientras sus amigos lo esperaban vitoreando su hazaña.

Habían comenzado las vacaciones, el Miguel había aprobado todo, por lo que Don Alejandro le daba permisos extras para que anduviese por la calle. Los Corralitos no era una zona peligrosa para un chico, menos para la época en la que Perón era Presidente.

Una tarde, en un partido, se armó una trifulca entre un delantero y un mediocampista. Se metieron los de un equipo, se sumaron los del otro y al cabo de unos instantes una maraña de piñas se había desatado en el centro de la cancha. El Miguel se mantenía en un costado, con más ganas de entrar que de irse, pero con la voz del padre retumbándoles en los oídos.

Entonces lo empujaron de tras, se calló al piso y se le vinieron tres encima. Se logró zafar rápidamente y se puso de pie. Al primero lo embocó sin darle chances de atacar. El segundo le sacaba dos cabezas. Una patada le marcó la distancia, impactándole en la cintura. El grandote intentó patearlo por segunda vez, pero el Miguel esquivó la pierna e ingresó como una espada, ágil y liviano. Una seguidilla de cinco cortos en la mandíbula del grandote bastaron para tumbarlo rendido. El tercero venía con un palo, arremetió contra el Miguel dando palazos a diestra y siniestra, imparable y vigoroso. El Miguel esquivaba con la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda mientras retrocedía con la guardia baja. Un palazo horizontal lo hizo agacharse y cuando volvió la embestida lo sacudió en el hombro derecho, el dolor le electrizó todo el brazo. Su enemigo intentó dilapidarlo con un palazo en vertical, pero Miguel lo esquivó con facilidad. Nuevamente intentó con un golpe horizontal. Otra vez el Miguel se agachó pero esta vez le metió un certero puñetazo con la zurda en la boca del estómago, dejándolo sin aire y agachas. Una vez más la riña había terminado y el Miguel estaba ileso.

Así pasó todo el quinto grado, sin buscar pelea, pero dando batalla en cada ocasión. Raras veces lo golpeaban en el cuerpo, ocasionando moretones y heridas fáciles de esconder, pero jamás en la cara. Su rostro estaba intacto.

El Miguel había tomado un coraje y una confianza en sí mismo increíble, el único secreto era que su padre no se podía enterar. Fue aquella vez cuando su vida dio un giro. En el último grado de la primaria. Estaba saliendo de un baile cuando un borracho de mucho más edad y mayor que él se le vino encima. Lo tuvo casi cinco minutos tirando golpes al aire sin siquiera rozarlo. Con la derecha, con la izquierda, ganchos, codazos, patadas, cachetadas, nada tocaba al Miguel, que eludía risueño. El borracho arremetió hasta agotare y quedar a merced del Miguel, completamente fatigado y chivado hasta las medias.

Un viejo lo había estado observando todo el tiempo. Sin siquiera pegarle al borracho, el Miguel se fue y fue ahí cuando el viejo se le arrimó.

– Che pibe… ¿peleas? – le dijo.

– ¿Qué? – contestó el Miguel sorprendido – ¿quiere pelear conmigo?

– ¡No! ¡jaja! – rio el viejo – soy boxeador… bha… era. Ahora soy entrenador. Te pregunto si entrenas en algún lado.

– No… eestemmmm… no, señor.

– ¿Y te gustaría probarte?

– ¿Contra usted?

– ¡No! Por el amor de Dios nene… si te gustaría entrenar, si te gustaría probar entrenarte.

Una vez más, como la previa de cada pelea, se le apareció la cara de Don Alejandro, seria y hostil “me entero de una piña o te veo con un machucón, un ojo morado o un golpe y la que te voy a dar no te las vas a olvidar jamás”.

– No… no puedo.

– ¿No podes? ¿O no te animas?

– No… no es eso…

– ¿Entonces?

– Es que mi papá…

– ¿Queres que vaya a hablar con tu papá?

El Miguel se imaginó instantáneamente la conversación entre el viejo y su papá, el primero contándole como lo había visto pelear y el segundo solo pensando en fajarlo.

– No… no me gusta, no quiero.

– Pero peleas bien…

– Si, pero no quiero, no me gusta – finalizó el Miguel y siguió su camino.

Aquella noche no pudo dormir.

CONTINUARÁ

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