Extraña soledad || Capítulo IV: Noche

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Extraña soledad || Capítulo I: Amanecer
Extraña soledad || Capítulo II: Mañana
Extraña soledad || Capítulo III: Tarde

– Hola, Mica.

– Hola, Sol, que haces así vestida.

– Mejor no preguntes, un día de locos.

– Pero te dije que venía Dani, ¿te acordás?…

– Hola Sol, como estas – exclamo Mati, mientras la abrazaba y besaba.

Fue un Gong de cuadrilátero que alejó a Sol de las cuerdas mientras que Mica, clavaba una mirada penetrante a su amiga.

– Sol te acordas de Dani, mi supervisor, lo conociste hace unos días, en casa.

– Si como no, hola Dani.

– Hola Sol un placer verte nuevamente.

Dani se acercó y beso a Sol muy tiernamente y permaneció el tiempo suficiente como para que su colonia, se impregnara en la ropa de ella, lo cual le produjo en un principio un fuerte rechazo. Dani se veía un tipo excelente de estatura mediana, vestido muy elegantemente para la ocasión, peinado y perfumado. Como dictaba la mama de Sol. Pero su perfume era demasiado, al menos para ese día.

La noche sucedió. Cenar con charlas totalmente vacías y sin sentido en donde Sol solo opinaba en breve, si es que emitía algún tipo de sonido, todo bajo la mirada acusadora de Mica.

En un momento Mica retiraba los platos y Mati buscaba un aperitivo para Dani y para él. Dani aprovecho para romper el hielo o mejor dicho para unirlo, porque Sol estaba dispersa por todos lados.

– Y… ¿como estas, cómo va el trabajo, tus cosas, no sé?

– ¡Eh! Bien no se hoy fue un día de locos en el trabajo, y varias cosas no me salieron como esperaba.

– Si, parece, estas extraña hoy.

– Si me lo han dicho un par de personas.

– Si lo mejor en estos casos es… – y comenzó a emitir una seguidilla de consejos.

Dani movió su boca y Sol solo escuchaba aquella palabra que la había perseguido todo el día, había disparado la catapulta que impulsaba la mente de ella a los confines de la memoria, y pensaba en aquel chico, aquel joven extraño y en las palabras que le dijo. ¿Que habrá querido decirme que no éramos extraños por haberlo visto en ropa interior, que por eso debía llevármela? Volvió a la realidad, de igual modo le dio gracias a Dani y esbozo una sonrisa.

– Por fin, una sonrisa – exclamo Mica mientras traía el café a la mesa.

Dani estaba tan concentrado en el relato que narraba que había estado absorto del viaje de Sol, y de lo que le había causado gracia.

– Sol abrí el champagne que trajiste – dijo Mati.

Sol salto disparada hacia la cocina arrastrando consigo a Mica.

– ¿Pero que te pasa ahora?

– Nada, que me olvide el….

– ¿Te olvidaste de comprar?, yo lo sabía, no se te puede….

– No, no, me olvide de bajarlo del coche, lo busco y lo traigo, ves que sos.

Sol no se animó a decir la verdad a su amiga, porque no era el momento además, podía compara en algún negocio después de hora.

Salió del departamento y habiendo trascurrido veinte calles no pudo dar con ningún local abierto. Se le agotaban las oportunidades, y casi sin pensarlo, entre en uno que estaba cerrando.

– Flaca me tenes que salvar necesito un champagne, el que tengas por favor.

– Mira el último lo acabo de vender a un muchacho que salió para el lado de la costa a pie.

– No te puedo creer.

Sin más Sol salió corriendo por el cliente del negocio con la ilusión de que le vendiera la última botella que quedaba y que por un buen precio debía de convencerlo.

Atravesó tres calles sin ninguna noticia de siquiera un alma en las afueras, llego a la costa y se asomó por la baranda y observo una figura caminando por la arena.

De un salto se metió en la playa y empezó a correr al tipo, al cabo de unos minutos y ya exhausta se dejó caer de rodillas en la arena, y se quedó allí tendida, defraudada y enojada porque todo lo que había hecho en el día le había salido mal. Deseaba estar en su lugar especial ese que nadie puede tocar ni ver, ese en donde…

– ¡Eh! Te puedo ayudar, dijo la voz.

Sol se dio media vuelta y observó a un muchacho joven sentado en unas rocas que sobresalían de la arena, y que mientras hablaba empinada una botella.

– No te puedo creer, justo a vos te vengo a ver acá.

Sol no lo podía creer era el joven extraño de la tienda los trajes el cual estaba con la facha con lo que lo había conocido y que empinaba nada más y nada menos que su champagne.

– Y si… me veras seguido por acá

– Así ¿y por qué?

– Porque… no se, vengó siempre por acá, a meditar a tomar a estar un poco conmigo mismo, a ver el mar, la luna, a desear que este se lleve todo lo malo hacia dentro del océano y me acerque del adentro de la mar los mejores deseos, no se vengó acá, porque nadie me dice que tengo que hacer y cuando, nada de nada, ¿y vos qué onda?

Sol se quedó helada con las palabras del joven extraño, dado que estaba describiendo su lugar especial, un lugar como el de ella, un lugar donde es totalmente comprendida, y había alguien en el mundo que pensaba igual…

– Es jodido eso que te pasa… interrumpió el pensamiento de Sol, el muchacho

– ¿Que cosa, me pasa?

– Nada, eso… que te colgás, te pasa seguido.

Sol exploto en ira nuevamente.

– No… solamente cuando me pasan cosas malas, como las que me haces vos.

– ¿Yo por qué? ¿Que he hecho?

– ¿¡Que has hecho… has hecho…

Y Sol comenzó un relato pormenorizado de todo lo que le había pasado en el día, y que era, sin lugar a dudas atribuible a su persona. – y rematando el día, te tomas mi champagne, y me obligas a usar tu ropa interior.

En ese momento, el muchacho dejo de beber y la miro fijamente.

– ¿Que te obligo a que?

Y sin pensarlo Sol, bajo sus pantalones y exhibió el trofeo que había logrado en la tienda. Seguido de ello un silencio atroz irrumpió la escena, y solo se vio perturbado por una estruendosa carcajada que inicio el muchacho. Sol lo miro con los ojos cargados de sangre, y sin embargo ello, lo miro fijamente y se vio a sí misma. Comenzó a reírse a la par del muchacho.

Se subió los pantalones y sentó a su lado a tomar champagne y a mirar el reflejo de la luna sobre el mar, riendo por partes y llorando por otras pero en total silencio, al igual que el muchacho. Era como si no necesitaran emitir sonido como para entablar una conversación, era como si los dos supiesen que el espacio del otro no podría ser invadido si no solo por lo fundamental que era el pase de mano a mano de la botella.

– La verdad que es una lástima, suspiro Sol.

– ¿Que es una lástima?

– Que entre una cosa y otra me perdí el ocaso del sol desde aquí, es una vista formidable y es un ritual que no he abandono desde hace tiempo.

El joven la miro y replico con total tranquilidad y naturaleza. – Y bueno no nos

queda más que esperar el amanecer.

Ella se quedó sorprendida por los comentarios de su compañero de tragos, que simples y lógicos que eran y que profundas, y salvadoras que sonaban una vez que las escuchaba.

– ¡Ah! No me dijiste como te llamabas.-

– Mi nombre es Ciro, ¿y el tuyo?

– Soledad… extraña Soledad.

PD: Dedicados a todos aquellos que tienen una extraña soledad.

FIN

Escrito por Mauricio Gregurak para la sección:

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