Fué Foul: “Otra vez boca arriba”

11:23 hs
En el parque no había prácticamente nadie. No estaba fresco, pero no hacía calor. Eli sacó una botella de agua saborizada, unos sándwiches… me olvidé del mate, la Eli no toma. Los sándwiches de la Eli son muy buenos. Sacó unos yogures, unas servilletas de papel, mi libro, sus apuntes. Su melena espesa casi no se movía con la brisa, salvo los pelos indefensos de la superficie que, lacios y débiles, iban y venían al mínimo soplido.

13:22 hs
La Eli persigue unas palomas, está muerta de risa. Corre y su falda parece un paracaídas mal abierto. Su falda verde intenso, como el pasto. Sus piernas aparecen y desaparecen bajo esa cortina que se embolsa con el viento de su carrera. Escucho una carcajada, se apaga, otra vez se ríe. Las palomas levantan vuelo y, provocadoras, vuelven a aterrizar detrás de ella. La Eli se detiene agachada, con sus manos en las rodillas, su pelo colgando como lianas espesas de una selva inexplorada. Respira profundo mirando el piso. Gira la cabeza y me encuentra mirándola, se ríe y me hace señas para que la acompañe. Me levanto y corro hacia ella.

15: 12 hs
La tarde no podía ser más linda. Este sol, no hace frío ni calor. Escucho el correr de agua que no sé de dónde viene. Hace rato ya que el tarareo de la Eli se acomodó al paisaje y varios pájaros en el roble que nos acompaña, la espían. Acostada en el pasto, sus piernas cruzadas, la pollera un poco corrida por el muslo, su pantorrilla hamaca su pie con la sandalia provocativa que cuelga de entre sus dedos. Su sandalia que parece de género pero que es de plástico, es para andar en el agua, por los charcos, o a la vera del mar. Una risita divertida interrumpe el concierto y los pájaros rompen el trance. Algunos se vuelan.

15:25 hs
Caminando por el sendero de pavimento vamos caminando lento agarrándonos del brazo. El tiempo se fue a alguna parte y nuestros pasos flotan en el mismo sitio. El mismo malvón, el mismo abedul, la misma nube estática en el cielo. La Elisa me cuenta cosas, historias, anécdotas, me enseña de procesos vegetales, de vidas marinas, y sus palabras caen como panaderos voladores sobre las hojas de las plantas. Toca todos los temas de la botánica. Sabe todo lo que está pasando a nuestro alrededor mientras sus aros brillan a cada giro de su cabeza.

15: 55 hs
El sendero de pavimento es eterno, tengo las gambas de piedra. La Elisa me cuenta que los eucaliptus son tan altos que, de viejos, muchos mueren derrumbados, cayendo derrotados frente a brisas de poca monta. Me pregunto si esas brisas serán de poca monta. Le pregunto si esos eucaliptus caen derrotados, o solo se recuestan a dormir su sueño póstumo acompañados de su más fiel compañero, el viento. Me dice que caen derrotados. Señala el cielo y me explica que ese es el Norte. Miro el supuesto Norte pero tropiezo con algo y siento mi muslo arder agotado. Temo caer derrotado.

16:18 hs
La Eli no quiere volver al departamento. El día es realmente impresionante. Yo todavía estoy cansado de haber dado la vuelta al parque, no sé si porque es tan grande, o porque no tuve recreo entre clase y clase. La Eli me mira. La miro. ¡Es tan linda! Me sigue mirando. La sigo mirando. Tiene la forma de la cara, la mandíbula, perfecta. Se ríe. Se ríe y la piel cumple con todas las leyes de la belleza. Su cuerpo conoce las recetas que los alquimistas jamás pudieron conseguir. Me mira. Está sumida en el encanto. Verla mirarme con esa expresión me conmueve. Parece que me viste y me desviste. Sonrío y me pregunta si dejamos la puerta de servicio cerrada, que estaba pensando que cuando saludó a su vecina esa mañana la dejó abierta. No sé, respondo, y miro roble… sin palomas.

16:22 hs
Eli está preocupada por la vecina que está muy sola. Me pregunta si tengo un amigo. Le recuerdo que su vecina tiene cincuenta y cuatro años. Me pregunta si tengo un amigo de cincuenta y cinco, sesenta años.

16:28 hs
Se saca pastos del pelo. Sigue hablando de la vecina mientras se saca pastitos del pelo, y le queda tan bien. Parece una pintura mitológica. De pronto interrumpe su labor y me mira, y su pelo hace unas vueltas y queda en una situación excelente. Sus ojos sobreviven debajo de una mata oscura, y de golpe y sin razón, dispara una sonrisa y todo el marco de su cara tiene sentido. Estiro el brazo para abrazarla, y mientras se deja atrapar, me explica que el ex novio de la vecina era drogadicto y una vuelta le pegó a la madre de la cincuentona. Apoyo su cabeza en mi pecho mientras sigue contando que con la golpiza la madre de la vecina cayó en el palier y vomitó sangre. La apretó un poco más, pero ella se reincorpora y me cuenta que por eso terminaron con el tipo, y que nunca más volvió a ver a otro hombre. Yo la miro. Ella me mira. Me mira pero no está. Está con su vecina. Le pregunto si quiere que volvamos al departamento, pero no quiere. La tarde está lindísima.

17:03 hs
Muero por un mate. El agua saborizada nos revivió después de la caminata por el parque, pero muero por un mate. La Eli no quiere volver al departamento porque aún no muere la tarde. Se ríe y parece que amanece, y me da la sensación de que falta más tiempo para que muera la tarde. Le digo que estoy cansado, que hoy no estoy para todo un día de parque, le pregunto si le parece bien que volvamos. Me dice que bueno, pero que antes vayamos a dar una vuelta por el sendero de pavimento. Entiendo su jugada, me callo la boca, y espero la muerte de la tarde.

17:08 hs
La Eli ya guardó las cosas en la bolsa. Todo está como cuando llegamos, ordenado y en su lugar correspondiente. Gira, me mira. Tal vez es el cansancio, pero ya no me río. Y ella tampoco. Nos acostamos otra vez. Otra vez más nos ponemos boca arriba para ver esa tarde turquesa que empezaba a aclararse, a gastarse, como un cielo que dio todo lo que era durante toda una tarde. Ahora un fresquito mínimo le ganaba al calor. Escucho pasar una bicicleta, una chiquita gritar, dos viejos hablando, pero todo es ese celeste gastado ahora. La tarde era turquesa, y ahora es celeste. La misma tarde. Y ni ahora ni antes la elegí yo. Cuando llegamos al parque la tarde estaba. La más linda de las tardes. Ya estaba. No la elegí yo. Muero por un mate.

19:13 hs
Trato de recomponer mi respiración. Todavía me siento agitado. Hago un repaso con mis ojos de cómo estoy: la ropa está bien, no estoy transpirado a pesar de la corrida, miro a cada lado de la vereda y no hay nadie. Acomodo el ramo de rosas. Está perfecto. Doy dos pasos y toco el timbre. Vuelvo los dos pasos para atrás. Se abre la puerta. Los ojos de Teresita se abrieron como dos luceros en una noche que nunca fue celeste ni turquesa.

(Continuará…)

También podés leer:
«La enfermera del lugar»