Fue Foul: “La última ficha”

Me quedé duro mirando fijo la mesa de Traviata y Teresita. ¡Ella estaba ahí con la copa en la mano, y en cambio una voz a mis espaldas me dijo la palabra clave que me había anticipado la bruja! No era la Tere la que me iba a decir “Bonuí”, entonces… ¿quién? 

Lentamente, y sin levantar los puños de la mesa, giré mi cabeza. La moza me miró extrañada, aunque sin la sorpresa lógica para una actitud tan extraña como la que estaba teniendo. La miraba en silencio. Ella tampoco decía palabra. La profecía era contundente, debía darle un beso de inmediato, sin importar quién estuviese ni cómo fuera la cosa. Trataba de asimilar como propia a aquella mujer al tiempo que empecé a levantarme de la mesa con una lentitud rara. Yo me sentía raro. Tenía que besar a una extraña, no la conocía de ninguna parte, la cara ni me sonaba. Me puse de pie, pero a ella no pareció llamarle la atención. Más bien la vi como impenetrable, sólida, insensible a lo que sea, y eso me daba más miedo, y mis movimientos se hacían más lentos. Rogué para que escapara, para que se alejara rápidamente de ahí, pero ella, ahora que la miraba mejor, mantenía su mirada en mis ojos. De alguna manera se daba cuenta de que era raro lo que yo hacía, pero ni siquiera se movió un centímetro de donde estaba parada. 

Di un paso hacia ella. Mi lentitud me ahogaba, me cortaba el aire. ¡Por qué no lo hacía de una vez y a la mierda! Ya no pude dar otro paso porque quedé muy cerca de su cara. Sus ojos me miraban pero como si yo fuese una película. Sin ningún sobresalto. Eran marrones. De pronto sentí un deseo que me quemó el estómago, la tomé con mi mano de la nuca y la traje hasta mi boca. Y la besé. Escuché como cayeron al piso lo que serían la carta y la birome, y la seguí besando. Sus labios fríos no se movían, pero habían ocupado mis labios totalmente. No había lenguas, no había pasión, solo un beso largo y quieto, una transferencia de mi calor hacia el témpano muerto que era su boca. Corrí mi mano de la nuca hasta su cara, y ahí me di cuenta de que yo la estaba sosteniendo, porque apenas hice eso, se despegó de mis labios y se balanceó un poco hacia atrás. Y nos miramos. No noté expresión alguna en su cara cuando todo se puso negro y un “¡Plaf!” sonó como latiguillo girándome la cara. 

Abrí los ojos y me volví hacia ella. Sus ojos ahora enojados ya estaban más lejos, a pasos de mí, y tres mozos venían caminando visiblemente enojados. Ahí me di cuenta de que no había explicación que cupiese en aquel papelón insalvable. No intenté explicar nada, giré como para irme, pero mientras lo hacía, vi a la Tere con la sorpresa en su cara mirándome. Bajé los ojos, encaré a la puerta, y noté que los tres mozos venían a mi custodia. Apenas salí del restaurante uno corrió hasta mí, me giró del hombro y me tiró una trompada malísima que me rozó la cabeza. Lo empujé para escapar, pero el segundo sabía lo que hacía y me pegó en el estómago, me doblé, me levantó la cara y me puso una piña que giré y caí al piso. Ya no sé cuál me volvió a levantar ni cuál me puso otra trompada en la cara, la más certera, la más piadosa, que hizo que todos los otros golpes que vinieron fueran más leves, menos dolorosos. Menos humillantes. 

Reaccioné al rato en una alguna parte con muchas plantas y una mujer de vestido largo amarillo que me tocaba la cara. Me relajé y volví a cerrar los ojos. Al rato los volví a abrir y entendí que estaba en la banquina de la calle del restaurante. Me levanté como pude y empecé a caminar. Me sorprendió no estar tan lastimado como para semejante paliza. Pero cuando uno padece la golpiza de alguien que sabe pegar, los dolores quedan en el alma y se disuelven en  la angustia. Me subí al auto y me fui al hotel. 

Al día siguiente me levanté al mediodía con el cuerpo totalmente dolorido. Me sorprendió encontrar dolores en los lugares más raros. ¡Estos hijos de puta me habían pegado para que tenga! Me di un baño largo, hice mi valija y bajé para pagar. No tenía ni ganas de ver a la Tere, ni de saber mucho más de la misteriosa moza. Obviamente que la bruja me llevó hasta ahí para que yo “ayude” a la pelotuda esta, pero nunca me imaginé que no tuviese nada que ver conmigo.

-Hola… -escuché que me decían desde la puerta de entrada.

-¡Teresita!

Atrás de ella entraba el pelotudo tamaño familiar de Traviata, con la mejor cara de orto que jamás le conocí.

-Marcos, con Traviata nos quedamos preocupados por lo de anoche en el restaurante. ¿Qué hacés acá?

-Me vine para desenchufarme un poco de tant…

-¿Justo acá? –preguntó Traviata.

-Ni sé dónde, doblé en un pueblo… Y ¿qué hacen ustedes acá?

Teresita bajó la mirada y sonrió pícaramente.

-No importa, Marcos. Che, decime, ¿estás bien? A mí me parece que necesitás ir al médico. La paliza que te dieron fue impresionante.

-¿La vieron?

-Todo el restaurante la vio.

Lo miré a Traviata. En un segundo se le había ido la cara de orto. Miraba para la ventana.

-Cuando preguntamos –continuó Teresita- dijeron que te habían llevado de nuevo al hotel.

No era necesario preguntar quién había preguntado por mí. Sentí como un alivio no tener ya nada que ver con el sorete de Traviata.

-¿Por qué no te venís con nosotros, Marcos? No estás bien…

-Gracias, Teresita, pero es el aspecto nomás. La verdad que estoy bien para manejar. Y tengo ganas de irme.

-¿Quién era la chica esa? –preguntó la Tere, y volví a sentir en su mirada la misma intensidad que cuando hablábamos de la Elisa en Fue Foul. ¡Qué pelotuda!, pensé. Y en ese segundo la odié.

-No sé, Tere. No sé, pero me voy. Gracias, de verdad, por haberte preocupado. 

Arranqué el Renault 18 y lo dejé regulando un poco. ¡Tenía la esperanza de que pase algo que le diera sentido a todo aquel espectáculo absurdo que acababa de vivir en una población que no sabía ni su nombre! No sabía su nombre… Era raro que alguien no lo hubiera nombrado ya, o que no haya visto algún cartel con el nombre de aquella localidad… Y le regalé la última ficha al destino, y pensé que si me iba sin saber el nombre sería porque no volvería más a ese lugar. Y entonces empecé a sentir que tenía que irme ya, lo antes posible. Porque solo entendería el significado de todo ello cuando saliera a la ruta con o sin el nombre de aquella ciudad. 

Puse primera y salí. Agarré por la clásica calle Alem, que hay en cada pueblo de la Argentina. Encontré una España y le metí por ahí. Doblé en una calle Alemania, y finalmente giré en un boulevard que se llamaba Presidente Quintana y seguí derecho hasta que dejó de ser calle y se transformó en una ruta interna del pueblo. Una ruta que me llevaría hasta la ruta importante, la que va tejiendo localidades por los campos del país para llevarlas a la ciudad importante más cercana. No miraba los carteles. Pensaba que si debía saber el nombre de aquel lugar, lo vería indefectiblemente. A lo lejos empecé a ver una rotonda con los faroles altos, como un pobre montecito de luminarias. Nada, no veía ningún cartel de ruta, algo obligatorio en la entrada de cualquier ciudad. Ya estaba más cerca, podía leer las lonas de los camiones que cruzaban la entrada del pueblo, sin embargo no veía ningún cartel verde. Me empecé a inquietar. Me di cuenta de que tenía ganas de saber cómo se llamaba el pueblo. Tenía ganas de que tuviera sentido el beso y la golpiza. La rotonda estaba más cerca. No había carteles de ningún tipo. Si me iba sin saber me había prometido no averiguarlo jamás. Sin darme cuenta estaba yendo mucho más despacio. Me pasaban los autos. Estaba llegando a la rotonda. No había carteles. Diez, cinco, tres metros… Y doblé en círculo por la rotonda mirando para todos lados buscando un cartel. Mientras doblaba vi uno pero no era de los verdes. Seguí doblando hasta que pasé por el cartel. “Peligro. Cruce Ferrocarril”. Miré para todos lados, pero no encontré la vía, sino su antiguo terraplén que llegaba y se iba de la ruta hacia el pueblo. Hacia esa ciudad que, después de tirarme para atrás y poner la cuarta y la quinta, supe que ya nunca sabría cuál es. 

El sol llegó al zenit, las sombras se reclinaron al pie de los algunos postes, y en ningún momento, miré para atrás.

(Continuará…)

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