/Fulanos de Tal: Prólogo

Fulanos de Tal: Prólogo

Con el paso del tiempo un simple regalo se transforma en un tesoro codiciado

y las Fuerzas Oscuras, siempre al acecho, organizadas marchan tras

el preciado cristal que vitaliza a todo individuo. Cuando la hora de la verdad llegue,

observaremos en el reflejo de un lago sincero al pasado y, si la fortuna nos acompaña,

recordaremos sobre sus aguas aquel regalo originario: El Alma.

Si es que aún vive…, si es que aún la conservamos.

De lo contrario, seremos inmortales.

– Don Santiago Azul. ¨La hora de volver¨ –

 

La sombra de un viejo y conocido cliente del lugar apareció arrastrándose mientras la puerta principal de la sala magna crujía al abrirse. El tiempo para él había pasado, como para los pocos que aún se conservaban con aliento, los que no se habían vuelto aún Espías en la espera de la nada.

Uno de los Serviles lo acompañó desde atrás y otro lo condujo por delante; solo podía oírse el sonido de un bastón que golpeaba contra el mármol negro del suelo a cada paso del viejo, en suma con la respiración agitada de fondo de los que escondidos observaban… no tan lejos. El reflejo que amarillo ocre caía de unos candelabros flotando contra el techo, le daban la textura de sombras arrugadas a su rostro añejado; mientras se encendían, como luciérnagas entre las columnas, pares de ojos a medida que su tranco avanzaba.

La presura por negociar hacía imaginar un buen motín para los que aguardaban la inminente negociación… Los Espías tenían sed de libertad y un mercader como éste se volvía un oasis para la época de sequía que se vivía.

–Un largo tiempo has decidido tomarte, Vittorio –se escuchó desde atrás del altar una voz ronca–. Espero suficientes razones para el horario en el que te apersonas, porque de lo contrario seré tan cruel como se me antoje con el precio –sentenció y sonrió.

–Mi Señor, sepa Usted que si no trajera de las mejores presas, lejos estaría de molestarlo a estas horas de la madrugada. Sepa Usted, mi Señor, que la prosperidad a encontrado un nuevo jardín para sus deseos de eternidad –dijo mientras dejaba caer su sombrero en reverencia, el anciano.

De a uno y lentamente subió el Conde los cinco peldaños que lo separaban del extraño Ser, se arrodilló y apostó una maleta que cargaba sobre la alfombra blanca del altar. Con la atención del Hombre Oscuro, sacó de su pecho, con sumo cuidado, la llave oxidada que pendía alrededor de su cuello de un cordón de cuero hilachado…; tímidamente la acercó a la cerradura y en dos vueltas y un cuarto destrabó la tapa.

Muy bien sabía el Conde Vittorio que podría quedar en el Limbo si el flechazo de los ojos del Señor lo atrapaban; entonces sin abrirla un ápice, se alejó unos pasos al costado y se irguió a esperar sin mirarlo.

En un pestañeo apareció un Servil, quien sacó del interior el Libro Dorado y, evitando la maldita tentación, se lo alcanzó al Amo sin siquiera respirar la mercadería. El Ser Oscuro lo recibió en andas, como si llevara un corazón de cristal en las manos y tomó asiento sobre su trono. Durante la ceremonia que implicaba abrir el libro, Vittorio pudo observar cómo se juntaban de a puñados los Espías para no perder detalles, ansiando una tajada del trofeo.

Ya sin su cordel y abierto a la mitad, el libro levitó unos pocos centímetros dejando salir de su interior una decena de murmullos, en diferentes lenguas, envueltos en polvo ceniza y brillante. El Señor Oscuro se levantó sorprendido y su cara rasgada hasta los huesos empalideció con el reflejo del libro; se echó hacia atrás otra vez susurrando unas palabras y acercándose otra vez, aspiró cuanto pudo del él. Los Espías aparecían como hormigas, sobre el salón, por las columnas bajaban ansiosos sin resistencia alguna. El Ser Oscuro enseguida notó que la mercancía era sin igual, parecida a ninguna que jamás haya negociado nunca y en vistas de eso, lo cerró con todas sus fuerzas causando un estruendoso silencio en la sala.

–¿De dónde has sacado esto, Vittorio? –Preguntó buscando calma, remarcando cada palabra, desentendido.

–Quizás antes deberíamos ponerle precio al tiempo, mi Señ…

–¡¿DESDE CUANDO ME PONES CONDICIONES?! –Exclamó desencajado y sin tupé, y la sala completa se iluminó de rojo fuego– ¡Quiero saberlo todo!

El viejo mercader se tomó un respiro para encontrar confianza y volvió a la carga más seguro.

–Y lo sabrá, mi Señor, lo sabrá; pero a su debido tiempo, siempre y cuando podamos arreglar la cantidad de días acorde con la mercancía que le traigo. Le aseguro que será el dueño de cada secreto, que no habrá rincón donde se cultive esperanza que no caiga en la oscuridad de su conquista, mi Señor. Aunque para eso debiéramos empezar por tomar asiento… y charlar.

El Hombre Oscuro percibió la seguridad con la que el Conde lo observaba y de inmediato entendió la trampa que acababa de tenderle uno de sus mejores clientes. Haber descubierto esa pequeña dosis no haría más que dejarlo a la suerte de un cheque en blanco por la historia que aun no le contaban.

–Bien –dijo mientras terminaba de temblar la sala–. ¿Y cuál es el número que te haría feliz, Vittorio?

–No, mi Señor –contestó dichoso de la buena mano que sentía, por fin, tener–. Esta vez no. No vengo por días de vida que se agoten; aunque tal vez podamos arreglar algo superador, algo que nos beneficie a los dos, mi Señor…

El Hombre Oscuro intentó leer cuánto pudo de la mente de Vittorio sin contestar con un solo pensamiento; pero un hombre sin alma era siempre difícil de anticipar. Un mercader de almas, casi imposible.

  –Te escucho.

  –Quiero la compañía del circo a mi disposición, como en las viejas épocas; quiero un espectáculo que no admita resistencias, quiero animales exóticos y personajes nunca vistos para atrapar toda nobleza que se acerque a Le Cirque. Lo que Usted degustó hace instantes es solo la fachada de una siembra intacta que hemos descubierto, mi Señor. Se trata de un oriente al sur de Tierra Clara, desconocido para nosotros, llamado Caladdrÿl. ¡Plagado de almas limpias! Mercancía Pura…, como solemos decir. Creo que debemos apostar por el todo. Es hora de que el Circo vuelva a funcionar.

En la mesa de negociación crecía la tención al ritmo de los silencios suspensivos y como quizás nunca había sucedido, el Ser Oscuro veía que esta vez la orquesta no respondía solamente a su batuta.

–Dime, Vittorio… ­­¿Qué quieres en realidad? Según entiendo, vas a moverte por el Oriente entero, casi sin fondos, con la compañía obsoleta, para traerme a los pies…, para regalarme diría yo, la mercadería más pura que los dos hayamos probado en cientos de años. ¿Todo por un puñado de días más para aumentar la vida sin gloria que hasta acá has tenido? ¿Cuál es el precio final, Vittorio? Me gustaría saberlo antes de que agotes la poca paciencia que me queda y te vuelvas el desayuno de mis Serviles.

–Cuando regrese… quiero mi esencia otra vez, Señor –contestó atemorizado, Vittorio–. Al regresar dejaré en vuestras manos, sin quitar absolutamente nada, el banquete a cambio de lo que supe venderle hace ya un siglo. El precio final incluye mi alma, Reyna. 

 

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