Infidelidad (segunda parte)

Leer la primera parte

Pasaron algunas semanas y traté de hacer de cuenta que nada había pasado. «Solo fue un momento de calentura, no va a volver a pasar» pero no me podía olvidar de esos besos que nos dimos en el auto. Era imposible.

Francis, al parecer, no sospechaba nada. Nuestra vida pasaba normalmente, pero empecé a sentir que algo me faltaba. Nunca él me había besado de la forma en que Ernesto me había besado, más allá de que siempre lo hacía de una manera muy dulce, muy romántica, no lograba estremecerme de la forma en que él lo había hecho.

Más allá de que siempre he tenido una conciencia muy crítica conmigo misma, y sabiendo que probablemente me arrepentiría, me decidí a llamarlo. Ya no me importaba, y necesitaba sentir lo que sentí en el auto, era calentura pura, yo lo sabía perfectamente, pero no podía pensar en absolutamente nada más. A Francis quizá le tendría que dar explicaciones más tarde.

Llegué al punto de no retorno cuando escuché su voz del otro lado del teléfono.

– A las 23 nos vemos en el mismo bar del otro día – me dijo. – Sé puntual, por favor – agregó.

Esa fue la única vez que le mentí a Francis. Le dije que una amiga estaba muy mal de ánimo y que la quería ir a ver para acompañarla. Que probablemente me invitase a quedar a dormir, que cualquier cosa yo le avisaba. Me amaba, lo sé. Me amaba y yo le mentí en la cara, y creo que algo sospechaba, aunque nada me dijo.

Me puse un vestido que hacía mucho que no usaba y llegué al bar, puntual, y él estaba en la barra sentado. Dios, hacía mucho que alguien no me parecía tan atractivo. Amaba a Francis, no me malinterpreten, pero con Ernesto era una atracción magnética y extraña.

– Bien puntual, me gusta – me dijo y me saludó en la mejilla, como si lo de la noche en su auto no hubiese ocurrido. Pedimos las bebidas, él un whisky y yo un licuado algo raro con licor de chocolate.

Me preguntó que había sido de mi pareja, y le dije que se había quedado en mi casa.

– ¿Realmente no te molesta que esté en pareja?, solo para aclarar que no te estoy negando información sobre mí – le dije. Esbozó una sonrisa cómplice, y me miró a los ojos.

– Tendría que ser un pecado que las mujeres como vos tengan un solo hombre, y sé que la atracción no es sólo mía, sino que también va por tu lado. La siento. Tengo que ver lo que hay abajo de ese vestido. Quiero que veas lo que hay abajo de esta camisa y este pantalón, y sé que el otro día te paraste por razones morales, pero ya no hay nadie, hace de cuenta que no hay nadie más que nosotros dos. La vida es muy corta para quedarse con las ganas – me respondió.

Y de pronto el resto del mundo fuera de la mesa de ese bar, dejó de existir. El ruido, el murmullo de la gente, los autos pasando por la calle cercana, el todo, dejó de importar. Ya ahora todo formaba parte de una escena a la que ya nadie importaba. Me contó algunas cosas de su vida, yo le conté algunas cosas de la mía, y llegó un momento en que los dos nos miramos a los ojos y supimos perfectamente que hacer. Nos paramos, él pagó la cuenta y nos subimos a su auto.

Llegamos a un lugar medio extraño, donde él estacionó.

– Quiero sorprenderte – dijo. Entramos y era un boliche de música latina. – Quiero que nos entreguemos… Al baile. Venga querida, sígame el lado y bailemos hasta que salga el sol

Esa noche había una banda en vivo y estaban tocando salsa. Con Francis nunca íbamos a bailar porque a él no le gustaba. Pero me entregué por completo al lugar, y bailamos como nunca. Entre cada baile se me iban desapareciendo las inhibiciones y de pronto entre todo el sudor y toda la gente, nos empezamos a besar. Primero despacio, como quien va tanteando el terreno, después los besos iban aumentando en intensidad y de pronto me susurró al oído «vámonos de acá»

Cuando nos subimos al auto, con vidrios polarizados de un negro impenetrable, me empezó a besar y metió las manos en mi escote, y, desprendiendo con habilidad el corpiño empezó a masajearme los pechos para, después de un rato, meterse entre mis piernas. Nos sacamos la ropa mutuamente, y tuvimos sexo en el asiento de atrás, con tapizados de cuero. Fue una de las mejores noches de mi vida. Y al otro día cuando llegué a casa Francis me miró

– Ya sé que está pasando. – dijo suspirando.

Nunca voy a olvidar las lágrimas cayendo por sus ojos. Tantas cosas se me agalopaban en la mente, queriendo salir todas al mismo tiempo. Tantas cosas le quería decir. Solo atiné a largar un «te amo». Nada más. No cayeron lágrimas por mis ojos, nunca realmente me voy a explicar por qué, pero yo sabía lo que hacía, y, sorprendentemente, no me arrepentía. Yo sabía muy bien que en nuestra relación una infidelidad no se perdonaba, y me destrozaba saber que era el final. Pero lo era.

No discutimos ese día. Yo lo miré a los ojos mientras que él hablaba. Yo había causado un daño irreparable, era cierto, pero lo que me había hecho sentir Ernesto, era más grande que todo lo que había sentido por Francis. Entonces lo escuché.

Y cuando terminó de hablar, de golpear la pared detrás suyo, lo miré a los ojos, me paré de la silla del comedor, le di un beso en los labios y después otro en la frente , le susurré el último «te amo» al oído, seguido de un «espero que algún día me puedas entender» y me fui. Nunca me voy a olvidar su cara mirando al ventanal de la cocina. Quizá eso fue lo peor de todo, romperle el corazón a alguien que amaba. Pero yo sabía que su corazón iba a sanar, tarde o temprano, iba a sanar.

Con un bolso con mi ropa en las manos, le llamé a Ernesto por teléfono y le conté lo que había pasado. Él no lo dudó y me dijo que me fuese a su casa para ver qué hacer. Una vez ahí me dijo que si yo quería él tenía un departamento vacío para quedarme o quizá, si me animaba, su casa también estaba disponible para mí. Dejé todo tirado en el piso y ese día hicimos el amor, y fue tan increíble como la vez anterior.

Pasó un tiempo y me di cuenta que lo único que me unía a Ernesto era pura calentura, no amor, y que ya no tenía sentido una relación basada en solo eso, y fue que decidí quedarme sola. Tanto él como Francis se merecían ser felices con alguien que los amara y los excitara de igual forma, y yo no era la persona indicada.

Tiempo después una amiga me invitó a ver una obra en el teatro Independencia, y a la salida lo vi. Francis llevaba de su brazo a una chica morena bastante mayor que él, que lo miraba tiernamente. Él no se dio cuenta de que yo estaba ahí, y fue lo mejor.

Después de todo, de cuanto lo amé, se merece ser feliz. Ahora estoy sola, y está bien así, quizá estar sola sea la manera de aprender a quererme a mí misma, y saber que buscar en una relación. Lo que sentí por Ernesto fue muy diferente a lo que sentí por Francis y en ambas situaciones sabía muy bien lo que hacía. Ahora esbozo una sonrisa en sus nombres, y me pongo a pensar, que la felicidad solo es real si es compartida.

FIN

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