La Guerra de la Sal | Capítulo 2

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El Jefe Núñez estaba nervioso. Iba y volvía por el recinto pequeño con una mesa, un par de sillas, un mapa de la Antigua Mendoza y un escudo del Club Independiente Rivadavia clavados en una de las paredes. Era un hombre pequeño, regordete, muy inteligente y con un mostacho que siempre se estaba atusando. Gracias a él el Feudo Central había sido posible. Fue quién promovió las Nuevas Leyes y supo como usar la sal para potabilizar el agua entre otras cosas. Era el líder.

Entró su lugarteniente: el Gringo, su mano derecha y su fuerza de choque. Un hombre de casi dos metros de tez negra pero de un pelo hirsuto casi pajizo. Boxeador peso pesado en el pasado no tenía muchas luces y respetaba a rajatabla las órdenes del Jefe Núñez.

Éste lo miró interrogativamente – ¿Hay noticias de Nefer y su grupo? – preguntó preocupado mientras se acercaba al mapa. El Gringo negó con la cabeza – Ni noticias…¿qué hacemos? – preguntó a su vez. El Jefe Núñez se quedó mirando pensativo el mapa, suspiró y le contestó – Vamos a mantener una seguridad mínima, no sea que alarmemos a los pobladores –

Él Gringo asintió con la cabeza y salio sin decir más. El jefe Núñez se acercó a la ventana y se puso a mirar la actividad afuera: hombres trabajaban en la construcción de casas, un grupo de niños jugaba a la pelota; unas mujeres más allá se encargaban de una pequeña huerta. Para sus adentros se preguntaba dónde estaría Nefer.

II

 Álvaro y Nefer estaban agotados de tanto correr. Sólo la cercanía de sus seguidores los mantenía en pie. Los perseguían desde hacía un rato largo cinco guerreros, lo extraño es que no eran integrantes de la misma tribu. Eran dos de los Losmayén, uno de los Ipos y dos más de los Sanroque. Álvaro se preguntaba qué hacían tres tribus enemigas colaborando entre sí. Sabía que no podría mantener ese ritmo por mucho más.

Un camión cisterna volcado tapaba el camino por donde escapaban. Nefer lo miró con desazón. Sus perseguidores aceleraron la marcha al ver que no tenían escapatoria.

Álvaro se detuvo e hincó una rodilla en tierra. Nefer, sorprendida por lo que hizo éste, dudó un poco y continuó. Los dos Sanroque fueron tras ella, mientras que el resto rodeó al hombre arrodillado y rendido de cansancio que miraba hacia el piso. El Ipo se le acercó levantando un machete. La hoja oxidada y sin filo apuntó hacia el cuello sucio de Álvaro.

El garrotazo fue brutal, inesperado. Le destrozó al Ipo la mandíbula haciéndole explotar la boca en un Big Bang de sangre, lengua y dientes. Álvaro se guió por el sonido de los pasos del otro para lanzar el golpe desde abajo, en un único movimiento circular. Antes de que el cuerpo muerto del Ipo cayera al piso Álvaro ya se había erguido al tiempo que arrojaba un cuchillo. Este zumbó mientras viajaba por el aire. Se incrustó en el cuello de un Lomayén, la punta salió por la nuca. Un chorro de sangre salpicó a su compañero, quién aterrorizado levantó los brazos en señal de súplica. Fue inútil, el golpe del garrote fue tan fuerte que sus sesos mancharon la cara de Álvaro.

Uno de los Sanroque sostenía a Nefer de los brazos, mientras que el otro le sacaba los harapos que la cubrían. Ella, semidesnuda, intentaba oponer resistencia. La golpearon salvajemente. A Nefer todo le pareció envuelto en una nebulosa blanca. Sentía asco al percibir las manos de los hombres sobre su cuerpo. Miraba la cara del que le sacaba las ropas, llena de sarna y con una úlcera en la mejilla que le permitía observar el interior de su boca. Entonces, en cámara lenta, vio como la cabeza de su atacante explotaba en una bola roja, mientras que astillas del garrote salían despedidas.

El cuerpo laxo del atacante cayó sobre Nefer. Álvaro tomó de los hombros al que la sostenía y le dio un cabezazo en la cara. Lo último que sintió Nefer fue cómo se quebraban los huesos del rostro del Sanroque. Luego se desmayó.

III

Eran cientos de personas. Estaban reunidas todas las tribus conocidas. Habían venido desde los lugares más recónditos. Estaban las poderosas y las no tanto. Losmayén con sus pericotes entrenados; los Ipos, expertos en camuflarse y mimetizarse con el entorno; Los Sanroque expertos en el manejo de catapultas; los Losaseras que no dejaban prisioneros; los Beltrán provistos de una caballería conformada por jamelgos malnutridos; Los Nuyán excelentes en el uso del arco y flecha; Los Sanartín luchadores imbatibles ya sea mano a mano o con cuchillos.

Había en el aire cierta tensión. Los integrantes de las diferentes tribus se observaban con resquemor. Entonces de la Tribu de los Sanartin salió un hombre de pequeña estatura de una obesidad maciza, el pelo enrulado le caía sobre los hombros. Caminó lento bajo la mirada de todos. Con aplomo se detuvo donde todos lo vieran y habló con voz profunda y ronca -Mi nombre es el Garza y todos me conocen…Soy el jefe de los Sanartín – estos al escuchar el nombre de su tribu estallaron en vítores. El Garza los hizo callar con un ademán – Todos sobrevivimos cómo pudimos … – prosiguió – …haciendo cosas espantosas para vivir… Luchando a morir entre nosotros cuando podríamos ser hermanos, ser una sola tribu – La cara de el Garza era surcada por gotas de sudor – Entonces les propongo que se unan a nosotros, los Sanartín y todos seamos uno… Para que vayamos por la sal que ellos tienen, tienen kilos en sus territorios –

Entre los presentes se levantó un murmullo. Se sentía la tensión en el aire. Las armas pugnaban por generar una masacre. Del grupo de la tribu de los Ipos se desprendió su jefe: el Varicela, un rubio flaco y alto, con la cara llena de hoyuelos. Se acercó al Garza con las manos arribas en actitud pacífica – ¿Puedo decir unas palabras? – preguntó con voz fina, tartamudeando.

El Garza lo miró y se abalanzó sobre él. De un golpe en la cara lo derribó. Se sentó sobre su pecho y empezó a golpearlo con su puño sólido. Cada puñetazo hacia que se quebrara algo en la cara del Varicela; cuando esta fue un amasijo de sangre y huesos asomando por la piel, cuando no quedó ningún diente en su lugar ahí el Garza se levantó y habló – ¿Alguien más quiere decir unas palabras? – hubo un silencio absoluto -¿Se van a unir con nosotros, los Sanartín, y vamos a ir en busca de la sal? – Se escucharon algunos gritos aislados. Entonces el Garza gritó con todas sus fuerzas – ¿Se van a unir a nosotros?… O los voy a dejar peor que a éste… – dijo al tiempo que le daba una tremenda patada en las costillas al moribundo Varicela. Entonces la ovación fue generalizada. Estaba todo dicho, serían una sola tribu para atacar al Feudo Central.

Continuará…

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