La Posada del Fracaso – Los Vrodsky

En el capítulo anterior: les presenté a Inés, la del 2º. Para todos es una mujer idiota, de un humor hosco e introvertida. Es callada, seria, desconfiada y sobre todo rutinaria. Eso es lo que todos creen, hasta que un día la seguí escondido y me di cuenta de su pasión oculta; todas las noches Inés se transforma en otra señora y se va al casino, se gasta todo su dinero y muta tanto física como psicológicamente. Inés es fascinante… y nadie realmente la conoce.

En un principio creí que los Vrodsky eran rusos, por el apellido, pero luego de ver el banderín que colgaron una vez en la puerta del 6º e investigar su origen, caí en la cuenta de que eran polacos. Rusos, Polacos o Eslovenos, lo mismo da, son todos nórdicos y no se les entiende absolutamente nada.

El único que habla un poco de castellano es el padre de familia Patryk Vrodsky, un hombrón de más de un metro ochenta y de contextura gruesa. Una tarde estaba intentando arreglar mi moto, con el destornillador de una cortaplumas y una tenaza a modo de pinza y apareció Patryk con una caja de herramientas y su regordeta y roja cara esbozando una sonrisa. Directamente me hice a un lado y dejé al vikingo que actuase.

Entre ajuste y ajuste le pregunté su nombre y nos pusimos a conversar. Patryk me comentó que era “técnico”, al menos esa fue su definición, pero me bastó observar con la peripecia que arreglaba mi moto y el amplio conocimiento que tenía para darme cuenta que era una especie de mecánico profesional.

No había venido por un trabajo en particular, sino para buscar un futuro. En Polonia las cosas estaban muy difíciles, problemas familiares, el frío, la falta de trabajo y los conflictos civiles habían puesto un punto final en su vida y había decidido migrar hacia las tierras donde su hermano lo había hecho antaño. Acá, al culo del mundo.

Llegado a Mendoza con su familia a cuestas, traía la esperanza de encontrar a su hermano bien parado y con los brazos abiertos para acogerlos, pero se llevó la sorpresa de hallarse solo y a la deriva. No habían rastros de Dominik Vrodsky, nadie sabía nada de él en la embajada, ni en los consulados. Tampoco ninguno de sus parientes polacos sabían del paradero de Dominik.

Así que así empezó su nueva vida, sin su hermano, sin un centavo, ya que todo lo gastaron en el viaje, con una mujer y dos hijos adolescentes que ni siquiera hablan inglés y con sus esperanzas por el piso, en una provincia dormida y con pocas posibilidades laborales para cualquiera.

Esa tarde nació una especie de amistad entre Patryk y yo, o por lo menos un trato más fluido como vecinos. El me hablaba con monosílabos y yo con los tiempos verbales sin conjugar, como un indio, para que se le facilitase la comprensión. Patryk me contó estaba trabajando en una metalúrgica como operario, que por un lado le costaba vivir tan lejos de su tierra natal, sobre todo porque su familia no se había podido adaptar al nuevo hábitat y vivía un continuo y desgastante reproche a diario, especialmente de su esposa Zosie?ka y su hija Aleska. También me dijo que lo que lo tenía feliz y con esperanzas era la tranquilidad de Mendoza, en todo sentido. Su hijo varón Radek había tenido muchos problemas con las drogas en Polonia y acá se le hacía imposible conseguir, no por no existir, sino por la dificultad para comunicarse.

Patryk temía que fuese un tema de tiempo, hasta que el muchacho aprenda a pedir en castellano, pero tenía la esperanza que lo que tardase en aprender a hablar, le iba a enseñar que quizás no necesitaba más drogas. Además la paz de Mendoza y de Argentina en general en término bélicos, le daba un manto de seguridad y alegría. Por lo menos sus hijos no iban a morir por una bala.

Un día pasé por la puerta del departamento de los Vrodsky y pude ver a Aleska hablando con sus amigas en la computadora. Llantos, risas y manos sobre la pantalla bañaban la situación. Por lo menos tiene una especie de contacto con lo que añora, pensé. Zosie?ka tenía a Patryk, mal que mal era su marido y sostén. Pero lo que me llamaba poderosamente la atención era la situación de Radek. Era aquel chico quien hacía que los Vrodsky fuesen una familia interesante para mí, digna de análisis.

¿Cómo estaría afrontando la abstinencia? ¿Qué se le pasaría por la cabeza? ¿Qué planes tendría un muchacho de veinticuatro años adicto, incomunicado y solo? Pensé que sería como estar preso, preso en libertad. ¿De que era libre Radek? ¿Cuánto tiempo resiste una personalidad frágil y agresiva como la que percibía en él ese martirio de eco y sombras? Decidí conocer a este personaje. Patryk’s sobran… ¿pero Radek’s? Tenía que conocer al muchacho.

Entonces un día pasé por el departamento de los Vrodsky y pregunté por el chico. Me abrió Zosie?ka y Luego de un palabreo que no comprendí apareció Radek con cara de mala siesta. Me miró hostil, le hice seña de que tenía algo para tomar, llevándome el pulgar a la boca con mis cuatro dedos restantes cerrados en forma de botella y luego le señalé arriba, mi departamento, el 7º. Radek asintió con la cabeza, le dijo algo a la madre y salió conmigo.

Subimos las escaleras y al llegar a mi departamento Radek observó extrañado. Sobre la mesa había una botella de licor y dos notebooks, una al lado de la otra. Me senté frente a un monitor y le indiqué que se sentase frente al otro. Una vez ubicados, tipie en mi computadora, le di enter y por los parlantes sonó un “hola Radek, me llamo Alberto, bienvenido a mi casa” en polaco. Una mueca se dibujó en el rostro de Radek, me miró desconfiado en un instante que pareció eterno.

“Es un programa de internet, escribís en polaco, le das enter y reproduce el texto en español por los parlantes, proba si queres” se escuchó en su idioma.

Radek escribió algo, le dio enter y un español robotizado y entrecortado sonó en la habitación: “hola Alberto, gracias por tu invitación”. Su cara de duda me comunicaba todo el resto. Así que escribí al tiempo que sonaba:

“Soy amigo de tu papá. Veo que él tiene su trabajo y su esposa, tu hermana tiene a su mamá, pero a vos te veo solo y aburrido. Tenes solo unos años menso que yo, por ahí nos podemos hacer amigos”.

“Gracias, pero yo no tengo amigos” – escribió y clavó los ojos amarillos en mí. Yo titubee un segundo

“Bueno, pero podes conocer gente nueva de la cual hacerte amigo”.

“No me interesa, este no es mi lugar, no es mi gente, no es mi espacio, me siento mal, solo, aburrido, esta no es mi ciudad” – Escribió y esta vez se quedó mirando fijo la pantalla, con la vista perdida.

“¿Y porque no te quedaste en Polonia? ¿Por qué viniste?”

“Porque allá debía mucha plata y favores, mi familia perdió el trabajo, yo estudiaba, no me quedaba otra alternativa que escapar, la venida de ellos acá me sirvió de excusa” – escribió y nuevamente clavó sus ojos amarillos en mí.

“¿A quien le debías?” – pregunté sin bajarle la mirada.

“¿Para que queres saber eso vos?” – Me contestó y un velo de ira cubrió su mirada.

“Pregunto nomás, podrás ver que no tengo estampa de un asesino polaco a sueldo”

Radek se rio, yo estaba en lo cierto. Nada en mí se parecía a un polaco, ni siquiera a un asesino.

“Debía mucha plata a una pandilla y algunos favores a gente que no invitarías a comer a tu casa” – escribió Radek con una sonrisa maliciosa.

“¿Eras pandillero en Polonia?” – pregunté acomedido. La palabra “pandillero” me causaba una mezcla de risa y temor.

“No, soy drogadicto” – contestó decidido.

En ese momento no supe que decirle. Lo que acababa de cometer Radek era un sincericidio al que no estaba muy acostumbrado.

“Comencé a consumir marihuana y luego pasé a drogas más duras. Consumía de todo, hasta que toque fondo”

“¿Tuviste una sobredosis?”

“Tuve varias, pero no por eso toque fondo, sino que me di cuenta del negocio detrás de las drogas” – Me dijo seguro.

“¿Y que hiciste?” – pregunte.

“Primero compraba drogas a la pandilla y las dividía en dosis más pequeñas, empacándolas para luego revendérselas a gente de la alta sociedad de mi ciudad, luego aprendí a refinarla y rebajarla, entonces de lo que compraba, una parte lo refinaba y vendía a más precio y otra parte lo rebajaba y vendía en cantidad”

“¿Y con esa plata no pagaste tus deudas?”

“No, con esa plata armé un pequeño laboratorio en un sótano que alquile en las afueras de la ciudad y gracias a la confianza que me había ganado una compra grande, muy grande,  a la pandilla”

Me di cuenta de que Radek estaba vomitando verdades, por más que se hiciese el duro y el gélido tenía más ganas de hablar que yo de escuchar tremenda historia. Traté no que mi cara no demostrase la emoción y las ansias de saber. También traté de que no percibiese el temblequeo nervioso de mis manos. Ahora la palabra “pandilla” no me sonaba tan cómica.

“¿Entonces?”

“Entonces comencé a vender a montones, la única regla era que no podía vender en el territorio de la pandilla, lo demás estaba todo permitido. A medida que mis ventas aumentaban, disminuían las ventas de la pandilla rival. Yo operaba en ese territorio. Todo se me fue de las manos”

“¿Tuviste problemas con la pandilla rival?”

“Si. Entraron a mi laboratorio e incendiaron todo, robándome toda la droga y toda la plata, ahora le debía un dineral a la pandilla que me había vendido las drogas”

“¿Y no podías contarles todo?”

“Como se nota que no sabes nada de pandillas. Ellos no escuchan explicaciones ni motivos, solo quieren lo que les pertenece, así se manejan las pandillas”

“¿Y hablarlo con la otra pandilla?” – Pregunté ignorante.

“Todas las pandillas se habían puesto en alguna medida en mi contra”

“¿Por qué? ¿A quien más les debías?”

 “Por el incendio en el laboratorio se había duplicado la vigilancia militar en todo el territorio. Mi cabeza a las pocas horas ya tenía precio”

“Asique aprovechaste la venida de tus papás a Argentina”

“No sin antes vengarme”

“¿Cómo que te vengaste?”

“La noche anterior a nuestra partida me infiltré en los laboratorios de la pandilla rival, los que me habían quemado y robado todo. El que está adentro del circuito sabe todo, yo sabía todo. Entré y bañé toda la tapadera en nafta, antes de prender fuego fui en busca de mi dinero, pero solo encontré una carpeta llena de papeles. La guardé en mi mochila e incendié todo el edificio” – Radek escribía como un desquiciado, orgulloso de su acto.

Yo no salía de mi asombro, en menos de media hora aquel impúber idiota se había transformado en un psicópata antihéroe. No supe que preguntar, hasta que torpemente volví a escribir.

“Entonces con más razón no podes extrañar ni querer volver”.

“Mucho menos después de lo que tenía la carpeta” – Dijo sospechoso.

“¿Y que tenía la carpeta?” – pregunte apurado, imaginando los nombres de cientos de políticos y celebridades consumidoras.

Radek comenzó a tipiar y de pronto entró Patryk con su barba amarilla cubriendo su cara colorada. El chico cerró la computadora y empinó un trago de licor. Patryk estaba sorprendido de que estuviésemos hablando, Radek se paró, le dijo un par de palabras tranquilas al padre y mientras este le respondía dio media vuelta me agradeció con la cabeza y salió de mi departamento. Patryk se sentó y nos quedamos charlando un rato, sin las computadoras ya que su castellano era cada día más entendible. Al cabo de un rato y media botella de licor Patryk se fue con el atardecer.

Me puse a hacer mis cosas, ordené la mesa, guardé lo que quedaba de licor, apagué mi computadora y cuando abrí la notebook que había usado Radek leí lo que había estado por contestarme respecto a que contenía la carpeta…

“La fórmula para que la cocaína no sea detectada  por los perros”

En el próximo capítulo: Les voy a hablar de Sofía y Juan, los del tercero. A simple vista son la pareja perfecta, jóvenes, hermosos, exitosos, enamorados… a simple vista.

También podes leer:
La posada del Fracaso – Inés

El año pasado escribíamos:
Payunia City – VI