La Saga de los Asesinos: Cap.3 “El Psicólogo”

Como un rasgo característico de su patología obsesiva, llegó impecablemente puntual. Tal vez 1 o 2 minutos antes. Esperó en la puerta la hora exacta de la cita y golpeó. Yo disfrutaba de un descanso entre consultas.

Tardé en abrirle varios minutos mas como parte de la prueba de tolerancia que yo le imponía silenciosamente. Hacia frio en el calle, el otoño daba sus primeros indicios de presencia y la gente le respondía con ausencia en las calles y abrigos sobre los cuerpos.

Entró a paso cansino, y saludó cordialmente. Era un hombre de unos 38 años, de fisonomía alta y atlética, pelirrojo y bellos ojos turquesas. No eran sus ojos los llamativos, sino su mirada. Fría y penetrante, casi imposible de mantenerla por mucho tiempo. Una mirada oscura que destilaba un gusto raro, a podredumbre tal vez. El hombre ocultaba algo, estaba seguro de ello. Las pocas sesiones que habíamos tenido no habían sido suficientes para ahondar en lo profundo de su ser. Sin embargo algo me decía que estaba muy cerca de descubrirlo.

Se sacó el abrigo y el sombrero y los colgó en el perchero. Se colocó frente mío al escritorio y nos estrechamos amistosamente la mano. Luego  aguardó cordialmente que me sentara e hizo lo mismo.

Comenzamos con las banalidades pertinente para entra en calor; que el trafico, que el clima y demás temas carentes de trascendencia. Hasta que me dijo:

–           Tengo algo importante para confesarle…

–           Lo escucho, para eso estoy. – le respondí.

–           Pero antes debe prometerme que no le dirá nada a nadie… júremelo! – me exigió un tanto exaltado, como si lo que tenía para confesarme fuera realmente importante.

Yo le contesté: – Mire Julien, hay todo un trasfondo ético y moral para con nuestros pacientes. Nosotros somos confesores y estamos únicamente para ayudarlos.

–           Bien, eso lo veremos… – hizo una pausa de silencio y quietud que duró aproximadamente un minuto. Luego prosiguió hablando: – pues, verá, no he sido un ejemplo de persona que digamos…  he asesinado y he mandado a matar a mucha gente.

–           << ¡La puta que te parió!  Tan bien que venía este día…>> –  pensé sin dejar de mirarlo. El estaba impávido, con la vista fija en mí. Su mirada por momentos emanaba tanta maldad que podía amedrentar hasta al más guapo. Tragó saliva y sin dejar de mirarme siguió:

–           He matado hombres,  mujeres, ancianos  y niños  por igual. Esos menesteres me eran indiferentes. Era mí deber exterminar esa peste y mis gobernados habían puesto esa responsabilidad en mí.

–           ¿Quiénes se refiere? – le inquirí acercándome hacia delante.

–           A mi pueblo, el pueblo germánico, la raza pura. Él me confió esa justa tarea y puse toda mi energía en ello…

A esta altura de la sesión ya estaba empezando a dudar seriamente de la cordura de este hombre que tenía enfrente mío. No era la primera vez que debía llamar a los hospitales psiquiátricos de urgencia y mantener ocupados a los pacientes con artilugios y engaños mientras llegaba la ambulancia. Muchos de estos pacientes solían ponerse muy violentos e incontrolables. Recurrí a las preguntas de rigor para evaluar su capacidad de raciocinio inmediata:

–           ¿Quién es usted?

–           Me conocen como Julien Batista…pero no es él quien realmente soy…

–           Si usted no es Julien ¿entonces quién es?

–           Soy la segunda reencarnación del Führer. La primera fue una mujer y tuvo una muerte por demás trágica.

Creo que mi incomodidad ya se podía palpar. Tuve que hacer gala de todos mis recursos para poder sobrellevar la sorpresa sin hacer ningún gesto, me costaba creer lo que estaba escuchando.

–           Si en verdad es usted la reencarnación del  líder del Tercer Reich, ¿podría darme alguna prueba certera de lo que afirma?

Después de escuchar mi petición, me clavó esa mirada oscura y a la vez cristalina, y comenzó a narrar hechos y sucesos exactos y con todo lujo de detalles. Recordó las visitas a las matanzas y cuáles eran sus lugartenientes, recordó a sus amantes y a sus hijos (todos desaparecidos por la resistencia según él), recordó con repugnancia el hedor de algunas localidades pero no por sus muertos sino por sus vivos (los despreciaba dijo). Su seguridad en el habla era absoluta y letal.

A medida que contaba sus detalles y ofrecía las pruebas pedidas una a una mi pulso se aceleraba cada vez más. Yo conocía la historia muy de cerca  y podía dar fe de la veracidad de sus dichos.

Hasta que paré su discurso en seco y le dije:

–           Discúlpeme que lo interrumpa y espéreme un momento por favor Julien, ya vuelvo…

Me incorporé casi descompuesto y con las sienes a punto de estallarme. Me dirigí hacia el sanitario de mi despacho y tome el arma que escondía en el botiquín. Me cerciore que estuviera cargada y sin seguro. Luego regresé a la sala. Caminando y sin mediar palabra, le apunté con el arma y gatillé.  Con el primer disparo le volé el ojo derecho. El segundo proyectil le produjo un profundo agujero en la frente y en su salida llevó consigo parte del contenido de su cabeza regándolo en el respaldar de la silla.

Me acerqué a examinar el cuerpo tendido y noté que Julien en su mano sostenía fuertemente una hoja de papel plegada. Me acerque más aun y alcancé a leer mi nombre. Toscamente tomé la hoja atenazada entre los dedos y la leí:

–           “Sé quién eres Troskteins, y que bajo esa mascara te dedicas a cazarnos. Sé que si estás leyendo esto es porque creíste en mí. Vine para poner fin a todo esto. Vine por mi redención y para terminar parte de lo que empecé décadas atrás.

P.D. Te espero en el más allá.” 

Al levantar la vista, observé el artefacto en mi escritorio. Después todo voló por los aires.

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El tercer brazo


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