La venganza – Capítulo 2: “Escape”

Buscas la manera de escapar e irte a tu casa. Te paras en el medio de la calle San Martín. No ves taxis ni micros. Volves la mirada al hombre de negro que se avecina. Esta a tan solo una cuadra. Tras él la oscuridad se hace más violenta y siniestra. Todo se hunde detrás de él, al cabo de unos segundos de mirarlo todo comienza a oscurecer en torno a vos. Hay algo espantoso en aquella silueta. Tu mente quiere dejar de mirarlo y escapar pero tu cuerpo no responde, estas atrapado, miras alrededor y todo oscurece.

Los edificios se empiezan a cerrar sobre vos, el edificio Gómez se tuerce hasta atravesar todo tu cielo. Nubes negras se agolpan, el aire se torna denso. Las construcciones se comienzan a deformar a tu alrededor. Se derriten tornándose en una especie de alquitrán que cubre vidrieras, veredas, llega a las acequias, las rebalsa y comienza a inundar la calle.

El hombre de negro está a unos cincuenta metros de vos, miras hacia el sur, calle abajo. Logras soltarte de ese nudo espectral que te ata a él y comenzas a correr. Das media vuelta y ves que el hombre te sigue, cada vez más cerca. Corres como nunca en tu vida lo habías hecho. Sentis que te sigue, que te observa, que está atrás tuyo, te pisa los talones.

Ruidos extraños empiezan a sonar, emanan de él. Se siente como un motor constante, como de un avión lejano, mezclado con gritos sin fin, gritos de personas, gritos de sufrimiento. A medida que se avecina los ruidos son cada vez más fuertes. Temblas entero. Corres sin tregua por la calle San Martín, llegas a Colón y el paisaje se ha tornado monstruoso. No entendes nada, pero tampoco te podes parar a pensar. El hombre te persigue aún, incansable, no sabes que pasa pero estas seguro de que parar y que te alcance no es la solución. La iglesia del Sagrado Corazón tiene las puertas tapiadas con planchas de metal, desde adentro retumban golpes y gritos desesperados, cuando el hombre de negro pasa delante la oscuridad la cubre por completo y los gritos se hacen más fuertes y los golpes más graves y tu miedo más intenso. Seguís corriendo, casi sin aliento.

El hombre de negro está a escasos metros tuyos, mientras corres intentas mirarlo sobre tu hombro. Se acerca cada vez más, sumido en un halo de humo gris. Todo está derrumbado y negro por donde venías, solo alcanzas a ver al hombre y su alrededor.

Seguís corriendo en dirección a tu casa, hacia Godoy Cruz. Sabes que falta mucho para llegar pero nada te importa. No te has cruzado ni una persona, ni un auto, ni un alma en el medio de tu escape. Al llegar a la calle Pedro Molina el cuadro es infernal. Los árboles del boulevard están prendidos fuegos, bañados en el alquitrán que emana de los edificios, ahora las calles también comienzan a incendiarse. Corres en dirección a Morón. Las piernas se te cansan, pero no es por el desgaste físico solamente, sino que el piso se pone denso, pegajoso, pesado. Miras hacia abajo y el pavimento se va transformando en ríos de alquitrán líquido, al tiempo que el fuego se esparce por toda la zona. Poco a poco comienza a cubrirte, hasta los tobillos. La sombra te sigue, los ruidos son atronadores, te destrozan los oídos, te los hace arder, te tratas de tapar las orejas con las manos y sentís humedad. Sin parar de correr te miras las manos, hay sangre, te sangran los oídos. El ruido se torna ensordecedor.

Un calor intenso te abrasa, todo el cielo está negro, llueven gotas densas que al llegar al firmamento se incendian prendiendo fuego todo al caer. Te bañan de espanto, sentís el sabor amargo de esa lluvia en la boca, corres y escupís el veneno. El cuerpo no te aguanta más.

De pronto llegas a la calle Morón. Y lo que ves ahí es el fin de tu escape. El curso del zanjón Frías se ha transformado en un precipicio sin fin, la calle San Martín culmina en una especie de risco. Ríos de alquitrán ardiente caen por el precipicio y se pierden en el infinito. Al otro lado no divisas más que una noche oscura y eterna, todo negro y nublado. Te detenes exhausto. Das vuelta sobre tus talones y el paisaje es espectral. Todo está destruido, pensas en que quizás es el fin del mundo. Pero estas solo. De tu mundo tal vez. Todo se ha derretido, dejando a las construcciones como montañas negras ardientes. Las calles se han tornado en ríos candentes. Y él, el cazador, la incansable figura que te ha perseguido durante cuadras está ahí. Inmutable. Lentamente se acerca a vos. En tu pecho empieza a presionar algo, sentís que el corazón se te estruja de miedo. Retrocedes unos pasos y quedas al borde del precipicio. El hombre de negro mete la mano en su saco y toma un reloj de arena, de arena gris, te lo enseña lentamente. Lo da vuelta frente a vos al tiempo que continúa avanzando. A medida que se acerca sentís que el corazón se te agarrota. El pecho se te hunde. Tus oídos sangran, ahora sentís mojada la nariz, te pasas la manga de la camisa y ves manchas rojizas. Toses, volves a toser y escupís sangre. Te agarras el pecho, el reloj ha comenzado a correr.

El hombre se acerca al punto que logras verle los detalles de la ropa y las manos. Sus manos están sucias. Levantas la vista y ves su rostro. No tiene ojos ni boca, no tiene nada. Un vacío espeluznante lo cubre, un oscuro infinito, un negro asolador. El pecho se te cierra, no podes respirar bien, la sangre te brota a borbotones por todos lados. Lo tenes a escasos metros frete a vos, todo está acabado…

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