La venganza – Capítulo 12: “Sin alternativas”

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Te escondiste detrás del altar temblando, si te encontraba la policía ahora iba a ser tu perdición. Según las palabras del cura debías ir en busca del corazón de Peñaloza y devolverlo a su tumba, pero ¿por donde empezar a buscarlo? Un órgano con más de ochenta años de antigüedad debe haberse degradado, se debe haber desaparecido. Mientras pensabas y respirabas agitado de los nervios sentías como el cura decía no haber visto nada raro. Los policías le dijeron que habían asesinado a una anciana en Godoy Cruz, que un chofer había denunciado a un pasajero que había subido al micro con las manos bañadas en sangre minutos después y que algunos vecinos de la zona habían visto merodeando por la iglesia a un hombre con las manos lastimadas. Temían que estuviese dentro de la iglesia. El cura confió en vos y les dijo que no había entrado nadie que él estaba despierto rezando desde temprano. Sentiste el ruido de la puerta, los pasos del cura hacia el altar y la aceleración del móvil con la sirena a todo lo que da.

– Te estaban buscando a vos.

– Si Padre, los escuché.

– Solamente te creo que no seas el asesino porque la historia cuadra con las leyendas de magia. Sinceramente creo que deberías ir a la comisaría y contar todo como fue, yo podría ayudarte.

– Padre ¿usted se cree que la policía me va a creer lo de Peñaloza?

El cura titubeo, bajos los ojos y después de unos segundos dijo que no, al tiempo que mecía negativamente su cabeza.

– No, tenes razón… no te van a creer. Yo no te puedo ayudar acompañándote, tenes que buscar ese corazón y devolverlo a su tumba. Lo que si puedo tratar de hacer es averiguar la locación de la tumba de Peñaloza en las ruinas de San Francisco.

– Si Padre, voy a necesitar ese dato, pero…

– Obviamente no vas a poder entrar de día, ni tampoco andar con linternas, por lo que vas a tener que saber perfectamente donde cavar.

– Padre, pero… no se donde buscar el corazón.

– Mmmm… que difícil situación… han pasado tantos años. Primero pensemos donde no lo buscarías.

– Dudo que mi bisabuelo haya llevado el corazón a la casa de su nieta, o sea mi mamá.

– Bien. El corazón debería estar en un lugar que él considerase como íntimo, un lugar al que solo él tenía acceso. Tu abuelo era conciente del daño que le estaba haciendo a Peñaloza al quitarle el corazón, por lo que dudo que su lugar lo haya librado al azar.

– Mi abuela vivía en la casa de mi biscabuelo…. Él tenía su despacho en el altillo.

– Mira… si tuviese que empezar por un lugar, personalmente empezaría por ahí. ¿Recordas si tenía alguna caja fuerte?

– Si… tenía un cajón donde guardaba sus papeles bajo llave.

– No, no, ese es un lugar muy típico, muy visible para todos. Debería estar en un lugar más escondido, más oculto.

– Debería buscar.

– ¿Buscar? ¿Ahora? La casa de tu abuela debe ser un enjambre de policías, sería meterte en el ojo del huracán.

– Padre, ya se deben haber llevado a mi abuela hace horas para hacerle alguna autopsia. Dudo que hayan muchos oficiales.

– Hijo… no te queda mucho tiempo, aún contra mis presagios creo que tenes razón y que no te queda otra alternativa.

– Gracias padre, sus palabras no me alientan pero tengo que ir, esta pesadilla no va a terminar más.

– Anda con Dios y antes de irte lleva esto.

El cura te entregó un rosario blanco, con aquel raquítico Jesús colgado a la cruz sufrido y en pena.

– No Padre, Dios en esta no puede hacer nada, mejor deme la mano y deséeme suerte.

El cura te abrazó y te hizo la señal de la cruz en la frente, como bendición.

– No te podes subir a ningún micro, probablemente taxis y micros están al tanto de que te buscan. Mejor veni, te voy a llevar hasta Godoy Cruz yo.

Te subiste a un Fiat blanco con el cura y emprendieron en silencio el viaje hasta la casa de tu abuela, atentos a los autos que iban y venían. A escasas cuadras del lugar el cura te dejo y volvió en busca de los datos del entierro de Peñaloza.

Llegaste a la esquina de la casa de tu abuela y observaste desde las sombras hacia la puerta. Había un móvil parado en la calle y dos policías en la entrada de la casa. Cruzaste la calle, rodeaste la manzana y apareciste en el terreno baldío que daba al fondo, en el mismo lugar donde horas antes habías corrido desenfrenado. En el baldío encontraste un cartón que te sirvió de cobertor de los vidrios pegados al borde superior de la pared que habían lacerado tus manos. Había un tacho de pintura vacío que te sirvió de escalera, te impulsaste y luego de un gran esfuerzo caíste del lado del patio. El césped ahogó el ruido de la caída.

Ahí estaba el fondo de la casa donde tantas tardes aquella viejita te había hecho feliz. La puerta de salida del patio completamente descuadrada y destrozada, las ventanas de los costados hechas añicos, vidrios por el piso, astillas por todos lados. El forcejeo había sido peor de lo que imaginabas. Tus ojos se llenaron de lágrimas. Caminaste despacio, agazapado, mirando hacia todos lados, intentando siquiera suspirar.

Pasaste a través del marco destrozado… ya estabas dentro. Manchas de sangre en el mueble y en el piso denunciaban la terrible perdida de sangre que había sufirdo tu abuela, producto del tremendo golpe de Peñaloza. Los pelos de los brazos se te erizaron, caminaste hacia la escalera casi en puntas de pies. Al subir al primer peldaño miraste hacia arriba, la densa oscuridad del pasillo te espantaba, era como entrar a la mismísima boca del infierno.

Subiste uno a uno los peldaños hasta que llegaste al extremo del pasillo. Hacia ambos lados habían piezas, al final estaba el que otrora había sido el despacho de tu bisabuelo. Caminaste lento, procurando que la madera del piso no delate tus pasos. Sentías tu agitación tus nervios. Al pasar por la habitación donde hace varios años habías encontrado a tu abuelo colgado el pecho se te hundió de pena nuevamente, como reviviendo aquel nefasto episodio. Miraste hacia adentro con el estúpido miedo de volver a ver a tu abuelo colgado en una especie de imagen fantasma, pero la oscuridad libraba a tu imaginación peores sensaciones.

Llegaste hasta el despacho de tu bisabuelo, al otro extremo del pasillo. Abriste el picaporte con cuidado y procuraste dejar la puerta cerrada para que no te escuchen al revisar. Comenzaste por el cajón con llave, abriéndolo con aquella llave que tu abuelo guardaba bajo el reloj de péndulo. Había solo papeles y polvo. Continuaste inútilmente revisando los cajones del escritorio, algunos estantes de la biblioteca y sobre un aparador que tenía contra la pared lleno de adornos sucios. No había nada.

Faltaba poco para el amanecer, el cansancio te atacaba y la corrida de horas atrás había devastado tus piernas. Te sentaste en el sillón de tu abuelo. Miraste hacia la puerta, fijando la vista en la nada, intentando que una idea se te cayese. Rotaste la silla giratoria hacia la izquierda, sin perder de vista la puerta de entrada, la giraste hacia la derecha con la cabeza en el mismo lugar, tomaste un pequeño impulso, levantaste los pies y diste un giro completo, circundando con tu mirada todo el despacho. Hasta que lo viste. El único cuadro en toda la habitación.

Te paraste, quitaste con cuidado el cuadro y comenzaste a palpar el papel que lucia la pared. Encontraste un pequeño surco, lo seguiste con tus dedos percibiendo que dibujaba una puerta. La separaste con tus uñas de la pared dentro había una pequeña caja negra. La tomaste con ambas manos al tiempo que todo tu ser temblaba como una hoja. Diste un paso atrás para que la luz de la ventana iluminase el contenido de la caja, lentamente la abriste. No hizo falta más que lo que viste para darte cuenta de que aquella masa uniforme negruzca y bordó era el corazón de Peñaloza, una sensación de alivio se sacudió por completo. Hasta que de un portazo se abrió la puerta del despacho de par en par.

– ¿Quién anda ahí? Arriba las manos

– Espere oficial, no… no

– ¡Quieto o disparo! ¡Arriba las manos la puta madre!

Sin soltar la caja levantaste los brazos, diste media vuelta y lo viste. El policía empuñaba el arma con ambas manos, apuntando directo a vos, estaba a varios metros tuyo, cualquier estupidez o movimiento extraño le daban un amplio espacio para abrir fuego y liquidarte. Pero no me pueden atrapar ahora, pensaste.

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