Lecturas para el colectivo: «Estrellas de una noche cerrada» – Capítulo 1

Las historias de vida fluyen por desagües que por momentos suelen estar al descubierto, para llevarlas hacia aguas que las cobijen y las reúnan con otras que están por nacer. Otras veces se tapan con restos de cierta maleza que se interponen, con la idea de cambiar el rumbo del siguiente amanecer.

María Cecilia viajaba una hora por la mañana y una por la tarde a mis espaldas. El primer asiento era tan suyo como lo es el vientre para la madre. La compañía de sus libros no la dejaban y poco más que un “buen día” o “buenas tardes”, al subir y bajar del colectivo la distinguían. Su pelo detalladamente arreglado, un prendedor sobre su lado izquierdo que rara vez se repetía, y una cadenita que brillaba como el primer destello de Febo al despertar, la ilustraban. Cierta mañana la note algo extraña, más de lo común. Como si la fecha la ubicara en tierras lejanas, como si un proceso interno quisiera gritar lo que siente. Al regresar, su actitud era igual o peor; no aguante observar por el espejo el ahogo de sus ojos claros y decidí preguntarle:

-¿Se encuentra Ud. bien señora?- su sonrisa admito que me alivió, fue mas una mueca en realidad. Dejó lo que estaba por empezar a leer y bajó unos lentes que le colgaban del cuello.

Luego todo fluyo en sus palabras…

…El sonido de una piedra en la ventana me llamaba a gritos. Si, era El, que desde unos metros se alejaba de mi habitación, con los mismos ojos marrones que me salvarían del abismo en el que estaba inmersa.

-¿Estas lista?- susurro los más fuerte que pudo. –Hoy te cambia la vida para siempre.

Sin pronunciar sonido alguno me quede mirándolo unos instantes más, tan eternos como el sueño de libertad del pueblo reprimido, tan atónita como la cara del nene que ve el mar por primera vez. Si, era El. Lo reconocía y me había jurado hacerlo en cada una de las mañanas que me vieran despertar.

Su nombre era Juan. No era el más lindo, no era el más inteligente, no era el más alto, no era el más musculoso, ni el más divertido de todos; era el coctel preparado con una pizca de cada una de ellas, en la medida más justa que se pueda imaginar. Era El.

Tomé una muda que había preparado antes de acostarme tal como me lo había sugerido, dos pares de medias, un abrigo, y una cadenita que según me contaron había sido de mi abuela. Puse la almohada dentro de la cama y la mire con la sensación de estar viendo a la Cecilia que se podría haber quedado en el infierno, sino intentase arriesgarme. Ahora si estaba lista.

-Nada va a hacer desaparecer mi enojo Soledad. Es inconcebible querer imponerle a una hija que por ser mujer, su radio cuadrado girará eternamente alrededor de un hombre, que con suerte podré elegir.- Le dije a Sole unos días antes, mientras la profesora de matemáticas nos miraba cuchichear con cara de pocos amigos.

-La vida deber ser escrita, en parte, por el lápiz que decidamos imprimirle también nosotros. Saber que mi padre me obligará a juntarme con el hijo de los Zabala y que me impedirá, a cuestas de lo que sea, que siga mis estudios es algo que me deja a las puertas de un llanto incurable.

Soledad era mi amiga de confianza, como decíamos en esa época. Desde el primer día de clases, con la pureza de dos nenas, sabía que seríamos inseparables. Simple y humilde como ninguna, quizás enturbiada por una realidad, que como a mí, les había caído a sus hermanas también. Tenía claro que ni por las tapas ganaría un título distinto al de “mujer del marido.”

-No tiene nada de malo esperar a tu marido en casa con la comida caliente- insistía ella, -aguardar su llegada con la sonrisa que se nos dibuja al soñar un anillo en mano, al imaginar a nuestros hijos corriendo por el hogar y tener por fin todo lo que anhelamos durante tanto tiempo. El costo es bajo cuando haces un balance de lo que perdés con lo que ganás…- presiento que ni ella lo creía así, la conocía muy bien y no podían ser sus palabras las que vertía, sino un presente que la obligaba a rendirse.

Sus frases me hacían recordar a mi madre. –Una mujer tiene que vivir para su marido, así es la vida y siempre lo fue, tiene que hacer todo lo que este a su alcance para complacerlo, hasta festejar sus ideas como ilustres por más que no le sean propias, por más que no le gusten, ¡eso hace una buena mujer!

¡Por dios, que furia! Escuchar que una debía apostar su persona a las ideas de otro, sin poder defender las propias. Más aun, que los sueños incumplidos reinarían en las sabanas que me acogieran en adelante, me desesperada.

-No sabés la emoción que tengo de pensarte en ese altar hija mía, y mucho más con Ignacio. Un joven que promete y sin lugar a dudas te va a dar todo aquello que imaginé para vos Cecilia.- agregaba mi padre  durante una cena previa a la última semana antes de dar ese “SI” obligado.

–Mañana tenés que ir con tu madre a definir lo del vestido, no quiero que quede ningún detalle librado al azar. La comida, los invitados, la música y todo lo demás  corren por mi cuenta. ¿De qué otra manera podría salir bien?- la humildad no era una de sus características…

El fuego de este infierno parecía no cesar. Las reuniones con las chicas me llenaban aun más de preguntas. Por ese entonces las ideas revolucionarias de Alicia Moreau de Justo habían llegado a nuestras orillas y el hervor de libertades apetecidas surgían desde lo más profundo. “Humanidad Nueva”, era el periódico que nos arrimaba a Alicia, a su lucha y militancia por el lugar de la mujer.

Laura, una de las chicas del curso, que siempre se mostraba como la más liberal, en esta ocasión dejaba de lado sus fundamentos progresistas, para intoxicarse del todo.

–No podes ser tan desagradecida con todo lo que te han brindado tus padrastros. ¿Qué hubiera sido de vos sin ellos? ¿Dónde estarías hoy?- las preguntas explotaban mi cabeza, sin dudas había llegado al nido equivocado. A la hora de correr, los pingos se distinguían y mi hora de actuar había llegado.

-¿Vos no quisiste estudiar siempre medicina?- le contesté, ya con mis cabales bastantes deshilachados.  -¿Qué harías si te dijeran que te olvides de ello, y solo pienses en mejorar tus modales para atender a un hombre que no amás, que no conocés?

Aquellas charlas donde nos encontrábamos unidas como los gajos de la granada en época de estación, las que nos llenaban de profundas conclusiones, hoy eran fugases. La realidad de un mundo machista y egoísta nos había golpeado en la frente tan fuerte, que ni aturdidas seríamos capaces de reaccionar. La anestesia de un contexto manipulador nos dejaba sin fuerzas para luchar. Yo sabía que el antídoto me era lejano, que me era esquivo por el corto alcance de mis manos. Me encontrarían y todo sería peor aún. Estaba sola. Como cada una de nosotras.

El lunes siguiente fui al colegio con el envión de la rutina. Sin aliento. La desesperanza se había desparramado por mis venas. Las presiones familiares y sus veredictos permanentes me paralizaban, mientras el frio de la espada me traspasaba contra la pared. Alicia decía en una entrevista: “… de las noches más cerradas surgen las estrellas más resplandecientes”. Tal cual. Bendito el día que fui a la escuela ese lunes.

Faltaban cinco días, solo cinco, y lo vi.

Como cada mañana me senté en mi pupitre pero esta vez sin saludar a mis compañeras. Muerta en vida saque el libro de literatura, sentía la piel tersa, el pelo tirante como una rosa que se seca luego del paso del Zonda. Algunas de las chicas entraron corriendo a los gritos que la profesora Sterlich estaba enferma así que teníamos reemplazante.

Bendito lunes.

Su nombre era Profesor Juan… bueno era Juan en realidad. Había tomado un reemplazo ese lunes, ese bendito lunes. Tenía unos veinticinco años y daba por entonces sus primeros pasos como docente. He intentado en estos setenta y cinco años recordar aunque sea un comentario de la clase de ese día, sin resultados óptimos desde luego jaja. Había quedado tan estupefactamente helada, que hasta sentía la vergüenza de una nena que sería descubierta si no dejaba de mirarlo. Si no quitaba mi mirada de la esa sonrisa de costado, que hacían de cada palabra el sonido de un zorzal imitando el canto de un jilguero.

El timbre sonó sin sacarme de la nube que pintaba su cuerpo al caminar. Sentía a lo lejos moverse los  bancos al ritmo de las chicas hablando, como cuando estas soñando y los sonidos reales se infiltran en los fantásticos. Nunca fui muy buena para disimular cuando el pecho se me hace un nudo, cuando los  palpitares semejan a caballos galopando por campos vírgenes.

Dejó el manual sobre su escritorio, me miró, bajó la mirada y me volvió a mirar. Ahí estimo que desperté, con el impacto certero de una flecha que rasgaba mi corazón, a ese músculo que se rompía para crecer aun más. Me negaba a rechazar sus miradas, sus ojos marrones.

Se acerco lentamente como si sus pasos fuesen en la Luna donde me encontraba y me dijo.

-¿Estás bien?- relojeando que no lo observasen.

-Ehh… si. –balbucee entre dientes mientras que me apretaba al respaldar de la silla y los diez dedos de mis pies se encogían. Creo deje de respirar en un momento jaja.

-¿Seguro? Tus ojos tristes no dicen lo mismo.- mi ahogo no fue más que el silencio que se siente el instante previo antes de entrar al agua. -No nos conocemos, pero te aseguro que no hay nada imposible de solucionar en la vida. Pensalo. Mañana hablamos si queres…

¡Rinnng! Unos chicos tocaron el timbre para bajar del colectivo. No sabía si seguir o tirarlos andando. En el mismo momento me consultaban sobre una calle, “Avellaneda” no sé que mierd… ¡todo junto me cacho en diez! Quería seguir el relato. Solo escucharla. ¡!Que se bajen todos!!

Puse primera, arranque y le dije:

-¿Y?… ¿Qué paso después?…

NDR: Por problemas en el hosting (que en teoría ya están resueltos) se borraron todos los comentarios desde el Martes 15 de Noviembre de 2011 al Domingo 20 de Noviembre de de 2011. Un millón de disculpas a nuestros seguidores.

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