Lecturas para el colectivo: “Solos en el Edén” – Capítulo 2

Al salir del colegio las preguntas de Juan me zumbían, tanto como el eco que sentimos al poner un caracol en nuestro oído. Tenía ganas de hablar, de descargarme, de sacar el cúmulo de frases que se cruzaban por mi mente, y sin dudas no imaginaba mejor receptor que él.

En fin, debía enfriarme y  llegar a casa con la mejor cara, si mamá me viera en este estado lo notaría al instante. ¿Cómo hacerlo? Creer que mañana nos volveríamos a encontrar y quizás las circunstancias me dejarían comentarle no me conformaban en lo mas mínimo.

-Psh, psh… ¡Hey Cecilia!- Giré mi cabeza a la izquierda y luego a la derecha, había escuchado mi nombre ¡estaba segura! Aunque la locura del momento me podía estar jugando una mala pasada.

-¡Acá, atrás!- volteé sobre hacia atrás y un zoom me acercó su rostro a las narices. Estaba loca definitivamente, lo veía en todos lados.

–Vení, tenemos que hablar.- mientras  me llamaba abriendo y cerrando su mano derecha.

Me quedé patitieza. Fue un instante pero parecieron horas; otra vez esa sensación de frio y calor subiendo y bajando por mis brazos. No podía ser tan tonta así que me acerque.

-Hola profesor. ¿Cómo le va?

-Tuteame, decime Juan…

-Jaja, hola Juan. No entiendo, ¿Qué haces acá?

-Perdoname, pero al salir del colegio no pude dejar de pensar en la imagen de tristeza que vi en vos. Pensé que no era un tema mío, pero no pude. Que mañana volvería a preguntarte, y menos aun. ¨No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy¨, fue la frase con la que decidí convencerme para venir a buscarte. Hablemos, tal vez pueda no ser tan tarde…

No existía la posibilidad de que supiera lo que estaba viviendo; pero la forma en que me hablaba, tomandomé de la mano izquierda, solo de la puntita de mis dedos, me obligaba a seguirlo. Confieso me olvidé de mi casa, mi familia, de todo lo que debía hacer esa tarde; y me fugué en la paz del color de su voz por unas horas.

Subí al asiento de atrás de una bicicleta negra en la que andaba, esas de tipo inglesas, y me agarré de su cintura como la estrella de mar lo hace a la roca. Rápidamente salimos en sentido contrario a mi casa, con la velocidad de un guepardo y la suavidad del vuelo de un halcón peregrino; me llevaba en esa huida que imprimían la cadencia de sus piernas al pedalear.

Recorrimos unos cuantos kilometro y viramos entre unos arbustos al finalizar una de las estancias alejadas del pueblo. Estaba por preguntar a dónde íbamos y me habló. -Llegamos, es acá.

Me bajé como pude al instante que miraba a mi alrededor atónita. Nunca había estado en este lugar y aseguro haber andado por cada recoveco de mi pueblo. Caminé despacio entre la caída de un sauce que como un pórtico natural nos recibía. Mientras el sonido de los pájaros hacía de orquesta al compás de mis pasos, Juan acomodaba la bicicleta a la sombra de un frondoso fresno, que bajaba la sensación térmica de los treinta y cinco grados primaverales, de ese bendito lunes.

El lago que nos reflejaba el sol, derivaba de un brazo del Río Dulce que costeaba la Villa, y daba de tomar a un quebracho blanco y otro colorado que se apostaban por ahí. Mil variedades de flores y un verde césped alfombrado pagaban sobradamente mi retiro impulsivo. Estábamos solos en el Edén.

Repentinamente caí en la realidad, y lo busqué, como quien se distrae y reacciona nuevamente hasta que lo vi. Observé el detalle de sus piernas encimadas, siguiéndome con la mirada repostado en aquel fresno, y un palito de árbol en su boca, que decoraba la sonrisa con la que me imantó al lugar en el que me esperaba.

Quizás creyó que no note como redujo ese metro cincuenta al que me senté. Con disimulo y movimientos, eran ahora treinta y cinco centímetro cuanto mucho lo que nos distanciaba. Aunque lo pensaba, aunque lo deseaba, no me hubiera animado a hacerlo.

-¿Por dónde empezamos?- rompió el hielo si es que era necesario hacerlo, –aunque observo que tu rostro luce más cálido que esta mañana.

Me dejó hablar durante una hora aproximadamente. Le conté todo tal cual lo sentía, tal cual lo había hablado, solamente, con la conciencia de mis ideas. Cuando pensé que lo cansaba me interrumpió. – ¿Qué nombre tenés impreso en la cadenita me dijiste?

Me sonreí otra vez, mi sonrisa fácil se potenciaba a la diez sobre veinte tres. El escuchaba absolutamente todos los detalles, y los hacía lucir importantes por el solo hecho de que lo fueran para mí. Luego el silencio tomó partida sigilosamente y entre un irreconocible alivio me recosté sobre el césped. Ni siquiera tuve pudor de cómo quedara acomodada mi falda, me puse de costado con un brazo sosteniendo mi cabeza y volví a observarlo por enésima vez.

-Ya soy parte de tu historia-, sentenció. -Los secretos nos mantienen cerca, nos hacen sentir el sacudón de un alma ajena, nos invitan a ser cómplices del dolor o la alegría del otro. Soy parte y me niego a saltar de este barco sin tu compañía.

Pensé en dejar de morderme el labio o lo lastimaría, pero casi imposible era despejarme del deseo de abrazarlo. Qué pensaría de mí, qué imaginaría si solamente lo abrazara, si me dejara atrapar un instante por las garras del perfume que lo rodeaba. Hasta que no aguanté mas, ahogué mis prejuicios y me acerqué… él lo entendería.

-¡Cecilia, Cecilia!- exclamó una voz femenina, que como un baldazo de hielo derretido cortó el clímax de raíz.

Era Laura. Mi amiga, mi compañera, con la que más cerca estábamos en ideales de la vida. Al verla supe todo sin que dijese absolutamente nada.

-¡Hace horas que te estoy buscando nena! ¡Tus padres saben todo! Están revisando la Villa entera para encontrarte y saben que no estás sola-

Laura cruzó miradas cómplices con Juan como si se conociesen. Él le extendió su mano.

–Tranquila, tranquila, gracias por avisarnos.

Yo no entendía nada. -¿Cómo sabías que estábamos acá?- le pregunté sin salir del asombro, sin dejar de imaginar un instante en la cara de mi padrastro encontrandomé con Juan. Me mataría.

Laura confesó que nos vió en el curso conversando y al salir se arrimó a hablar con Juan. Le había relatado lo más que pudo, le había pedido que me ayudara, que quizás fuera el único que podía hacerlo. Me dijo que mucho menos que rogarle tuvo que hacer antes de que él dijera ¨…despreocupate, está en mis manos¨. Ella sabia donde hallarnos.

Hacía veinte minutos que había visto a sus padres con los míos hablando del alboroto familiar. Laura debía regresar, sino se darían cuenta de su ausencia. Me miró firmemente como nunca. Sacó una carta del bolsillo y me la dió. Yo no caía en la cuenta de que, tal vez, sería la última vez que nos viéramos, no quería pensarlo. Respiró dos veces para evitar el trago amargo que se arraiga en la garganta, esquivó el nacimiento de un llanto de despedida y me abrazó tan pero tan fuerte, que aún hoy siento la articulación sus brazos en mi espalda.

–Cuidala…- a lo que Juan asintió dejando caer sus parpados y cabeza al mismo tiempo. Tan fugaz como la estrella que llevaba en su interior Laura desapareció. Tal cual lo indicaba su sabiduría, sería esa vez la última que nos tendría frente a frente.

Sin dejarme caer en la angustia, Juan me tomó del antebrazo firmemente pero sin desesperación.

-No hay tiempo que perder.- mientras con su otra mano incorporaba la bicicleta. Cuando quise acordar ya rodábamos cuesta abajo por un callejón.

El viento que nos daba en contra, más la velocidad que la inercia de la bajada nos imprimía, me dificultaban enormemente seguir el hilo de sus palabras. Solo veía pasar en cámara rápida, los álamos que rodeaban a una finca.

-¡Tenemos que tomar una decisión!- Gritaba girando su cabeza hacia la derecha y agregaba otras frases que no lograba escuchar. – ¿Me escuchás? Si nos ven juntos tus padres, volvés a tu casa para nunca más salir y yo a patadas fuera del pueblo.

La decisión por mi parte ya estaba tomada. No había más para pensar o meditar. Era la estrella que nos dá luz cuando la sombra de la desesperación y las nubes de una tormenta no pasajera, riegan nuestra esfera con el peor de los temporales. Juan era mi estrella.

Doblamos a la izquierda bordeando un puente que cruzaba el arrollo, cuando los frenos apretados sobre las ruedas detuvieron en seco nuestro andar. Mi cabeza de lado apostada sobre su espalda sintió acelerar su pulso, entre la humareda que se levantó con la frenada. Nuevamente giró y me tomó sin titubeos de la quijada, incrustándome la vista en las pupilas.

–Acá no se termina la historia,- ahora si se lo sentía con nervios. -Viernes a la media noche, un abrigo, dos pares de medias y la pasión que tenés para vivir. Es todo lo que necesitás.

Como cuando te dan la noticia que rendiste mal y recordás todo lo que tendrás que volver a estudiar, se cayeron desilusionados mis hombros y empalidecieron mis pómulos. El rostro se me seco. Juan se hizo a un lado y me quedé sentada frente a la presencia de mi padre, respaldado pasos atrás, por unos amigos de él, que prometían comer crudo a Juan con bicicleta y todo. Mi padrastro me agarro del pelo y me arrastró hasta el asiento de atrás de un Knox rojo modelo 20, aquel que me devolvería al calvario.

La imagen de Juan alejándose de mí, el auto que aceleraba tanto como mi temor por lo que le harían esos matones, más los gritos enfermos de mi padre me amilanaban y dejaban besando el suelo a mis ganas de vivir…

La parada de Doña María estaba un par de cuadras por delante y a la historia le quedaba mucho más que el nudo. Ella se incorporó ayudada por la baranda que rodeaba el respaldar de mi asiento y me miró a través del espejo.

–Sospecho que nuestros viajes resultarán mucho más interesantes, ¿no lo cree?

Mientras me hacía un guiño que me dejaba tan sedienta como absorta. Finalmente, bajó uno a uno los escalones de la parte de adelante y se perdió al terminar la vereda de su calle…

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