Manteca: «Comanche»

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La entrada del pueblo al que llegaron era bastante pobre, con un boulevard arrasado por el desgano y las tormentas de registro histórico sin que nadie se haya preocupado siquiera por sacar los árboles volteados en combate. El camino podía debatirse entre un camino de tosca, pedregullo o los restos arqueológicos de lo que fue un pavimento. La camioneta dobló en redondo costeando un islote de cortaderas que probablemente sería una rotonda y enfilaron por lo que era ya, a la vista, una calle.

— ¿Y a dónde vamos, padre? —preguntó el Negro.
— Bueno, yo pensaba ir directamente a la parroquia, el cura debe saber de algún goleador local.

Doblaron en otra callecita sin cartel levantando polvo blanco.

— Padre…
— ¿Qué Negro?
— No, nada.

El padre Gustavo lo miró al Negro que ya había vuelto a clavar la vista en el parabrisas.

— ¿Qué querías preguntar, Negro?
— No, nada, padre. Mire, allá está la iglesia.
— No, eso es una capilla. Preguntemos.

Una señora que barría se aceró a la camioneta que, detenida, abría la ventanilla.

— Señora, buenas tardes. ¿La parroquia?
— ¿La parroquia? ¿Viene a dar misa…? Claro, viene a dar misa. ¡Teresa! ¡Teresa, vino un cura a dar misa!
— No, no, disculpe, señora, pero yo…

La puerta de la casa vecina se abrió y una mujer robusta y bonachona salió con una amplia sonrisa.

— ¡Ay, padre! —gritaba mientras se acercaba— ¡Nadie nos avisó que venía a dar misa, no preparamos la capilla!
— No, es que yo no v…
— ¡¡¡Raúl!!! —el grito de la bonachona no tenía nada de simpatía— ¡Raúl, levantate de la cama, querés! ¡Vinieron a dar misa!
— Señoras, perdónenme pero yo no vengo a dar misa.
— Sí, ahora salimos para allá. Raúl le va a llevar la mesa.

De la puerta salió un hombre de avanzada edad pero aún corpulento en camiseta a pesar del gélido vientito que apuntillaba la piel de todos los de la camioneta.

— Padre, si me espera ya salgo para…
— ¡No, no, que no vengo a dar misa!
— ¿Va a confesar antes de la misa, padre? —preguntó la primer vecina apoyada en la escoba— Qué buen mozo que es usted, Dios lo bendiga, padre.
— ¿Pero no están escuchando que no viene a dar misa? —dijo en un tono somnoliento Raúl— ¿Qué lo trae por acá, padre?
— ¡Qué pregunta tonta, Raúl, viene a dar misa! —lo reprendió la bonachona—. Andá a llevar la mesa.

Ante la mirada atónita del cura, Raúl dio la vuelta y se fue acatando la absurda orden.

— ¡Don Raúl! —lo llamó el cura—. No vengo a dar misa, estoy buscando un goleador.

Raúl se dio vuelta y se quedó mirándolo como si el padre hubiese hablado en esloveno.

— ¿Un goleador?
— Espérenos en la capilla, padre, que ya damos aviso a los demás de que llegó —dijo la bonachona y dándole unas palmadas a su vecina las dos se alejaron riendo nerviosamente—. ¡Elvira! ¡Elvira hay misa!
— Sí, don Raúl, estamos buscando un goleador. ¿Habrá en el pueblo alguno?

Raúl se acercó más a la camioneta.

— Y ¿para qué buscan un goleador?
— Perdimos el nuestro. No me pregunte cómo, pero nos quedamos sin goleador y tenemos un p…
— ¿Cómo lo perdieron?

El cura bajó la mirada, después lo miró al Negro, a la Norma que tenían sus caras expectantes, volvió a mirar al hombre de camiseta…

— Solo le puedo decir que se lo llevó un demonio y no lo pudimos recuperar.
— ¡Qué bárbaro! Es que las mujeres son como los yuyos. O se sacan en la siembra o se llevan planta y semilla. Pobre hombre. Y ¿cómo supo de Comanche?
— ¿Quién es Comanche?
— Ah, usted llegó acá de casualidad, no conoce a Comanche…
— No sé quién es Comanche.
— ¡Qué envidia le tengo! Todos querríamos volver a sentir la emoción de ver por primera vez a Comanche. La locura, la pasión…, ¡el baile deportivo, la danza futbolística! Parece el inventor del deporte, el primo de la pelota…
— El padre y el Negro iban abriendo los ojos dejando crecer suavemente una sonrisa blanda e hipnótica que trepaba sus comisuras ante cada palabra del atérmico Raúl.
— Comanche duerme con medias largas, es habilísimo, nadie lo alcanza, ni los aparatos eléctricos lo patean. Mire que tiene un televisor en corto y es el único que lo puede prender…
— ¿Y dónde lo puedo encontrar a Comanche?
— Mire, probablemente ahora esté cazando perdices en la curva de lo de Miranda. Agarre esta calle tres cuadras, doble hasta donde termina el pueblo que seránnn… dos cuadras más creo, porque el galpón de Apirovi ya está afuera del pueblo, así que serán dos cuadras más creo yo, y ahí vuelve a doblar pero para la izquierda. No doble a la derecha que se va a volver para donde vino y la calle no es buena. Fernández, el de la F100 blanca de la tercera casa siempre dice que el camino no es bueno, yo no ando mucho por allá, pero él es amigo mío y me dice eso, y yo le creo. Siga por esa izquierda, la izquierda esta que le acabo de decir que doble, justo donde el galpón de Alpirovi…

Cuando el cura cabeceó por segunda vez el Negro no tuvo otra alternativa que ponerle un codazo en la espalda. “Negro, cebale mate al cura que si se duerme nos perdemos”, le dijo la Norma.

— …cuando entre estos árboles que le digo, viejones y lindos, vea que a la derecha hay un cartel azul medio borroso, ese cartel está ahí desde los años de mi tío abuelo, que también se llamaba Raúl, pero Raúl Oreña, yo soy Raúl Espinoza, nada que ver el apellido pero era tío abuelo mío, y él nos contaba que ese cartel estaba desde que él llegó al pueblo con la Lola, su mujer, era mansa y linda la Lola, buena mujer. Bueno, en ese cartel baje la velocidad que por ahí está el rancho de Garmendia que siempre anda haciendo puntería con el pedregullo, está muy solo y se aburre…

Sin que ninguno de los tres se diera cuenta de pronto el silencio lo había ocupado todo, se escuchaban los pajaritos, Norma fue la que los advirtió: “che, este tipo Raúl ya se fue, ¿vamos?”. Y como superando una importante resaca el cura se inclinó para prender la camioneta y el Negro se recompuso agarrando el termo y el mate. Arrancaron y salieron a buscar la promesa futbolística.

— ¡Qué suerte que estamos teniendo! ¡Este tal Comanche nos viene como anillo al dedo!
— Pero, padre, ¿cómo vamos a hacer para que quiera jugar para nosotros?
— El tordo Giménez ofreció un cordero entero para el que acepte. Y yo le doy hospedaje por tres días en la parroquia. Además el tordo le tiró unos mangos a la Juliana para que lo tenga interesado esos días…
— Le pagó para que… para que ella y el goleador… este…
— No, Negro, le pagó para que le hable y le sonría. Después Juliana hará lo que le parezca.
— ¡Esa! —dijo con despecho la Norma— Bien que pagaría ella para andarse con cualquiera. Es una perdida, una arrastrada, una…
El cura la miró y la Norma ablandó la cara en el acto.
— Bueno, al fin y al cabo una debilidad la tiene cualquiera, ¡ejum!… Pobrecita la Juliana…

Un golpe en el capot los despabiló a todos. Otro golpe en la caja de la camioneta, otro golpe en la puerta del cura. “¡Hey, aceleren! ¡Están tirando piedras!”, gritaron desde la caja.

— Debemos estar en lo de Garmendia —dijo el cura— ¿Quién oyó lo que el tipo dijo después?
— Tenemos que doblar en la próxima curva y seguir el camino hasta una tosquera abandonada —dijo la Norma—, ahí es donde caza el Comanche.

La tosquera era un conjunto de lomadas separadas por un espejo continuo de agua. Parecían continentes pequeños separados por un océano en miniatura. En una de esas lomas un tipo estaba quieto, parado sobre una sola pierna con la otra hacia atrás, como si lo congelaran en el momento exacto antes de patear un penal, pero estaba estático. Parecía una estatua, un monumento al jugador anónimo levantado precisamente en un páramo perdido. Pero la figura era de carne, estaba viva, y de pronto sacudió su pierna y un pequeño proyectil redondo salió de su empeine como un balazo desplumando una perdíz que en ese preciso momento apenas había comenzado a elevarse a más de veinte metros del pateador. El hombre sobre la loma giró y tomó un cilindro, sacó una tapa…

— ¡Es un tubo de pelotas de tenis! —gritó el Negro señalándolo.
El hombre volvió a poner otra pelota en el suelo, levantó la pierna izquierda hacia atrás y se quedó duro, quieto, inmóvil esperando su próximo objetivo.
— ¿Qué hacemos? ¿Lo interrumpimos?
— Para, Negro. Dejame ver un tiro más de este mago.

Los minutos pasaban, pasaban de a cinco, de a diez, quince minutos. El hombre estaba tan inmóvil que cualquiera que pasase por allí desprevenido lo habría confundido con una planta desojada por la estación. Sin advertir desde la camioneta nada extraño el hombre giró cuarenta y ocho grados según el cura, cincuenta y dos según el Negro, y sacudió nuevamente su pierna sacando un balinazo de tenis hacia otro ángulo distinto volviendo a ver el resultado de las plumas esparcidas por el aire. El Negro con la boca abierta lo miró al cura que tenía sus ojos a punto de rebalsar de emoción. No era un goleador, era un ingeniero del fútbol. “Ya vengo”, dijo el cura y abrió la puerta de la camioneta. Recién ahí advirtieron el frío al que Comanche parecía ignorar por completo.

— Perdón que lo molestemos, buenas tardes —dijo el padre Gustavo mientras saltaba a la última loma de la tosquera—, pero lo vimos cazando y nos dejó impresionados.
— ¡Padre! —dijo el cazador de perdices— Creí que le habían avisado.
— ¿Qué cosa?
— No soy más monaguillo. ¿Viene a dar misa?
— No —dijo con ninguna simpatía—, no vengo a dar misa. No me interesa que ya no sea monaguillo.
— Pero hable con el Alberto, que él es monaguillo por vocación. Hace de monaguillo cuando estamos en el boliche, y nos acerca un platito a la boca cuando comemos papas fritas, le encanta…
— ¡Que no vengo a dar misa!
— ¿Viene a condenarme?
— ¿A condenarlo? No, tampoco vengo a condenarlo, Comanche, vengo buscando un goleador.

Los ojos de Comanche se achicaron, sus cejas se oprimieron en el entrecejo, sus labios se apretaron y una sonrisa creció hacia los costados de sus mejillas.

— ¿Para qué necesita un goleador, padre?
— Tenemos un partido decisivo —dijo el padre en voz baja viendo que estaba tocando en el genio una fibra sensible—, un partido donde nos jugamos el honor de mil años de historia, un partido que se remonta a los mayas, a competencias que quedaron registradas en pinturas rupestres, nos jugamos la gloria de millones de generaciones, Comanche, un torneo ancestral que no podemos perder. No-podemos-perder. Y nuestro goleador…
— ¿Qué le pasó a su goleador?
— Nuestro goleador ha sido poseído por un espíritu contrario, un demonio que jugó hace miles de años en contra nuestra. Quieren ganarnos de manera paranormal. Necesitamos un jugador épico, distinto, diferente…, un espíritu deportivo, con aura de ganador, elegido por el Olimpo, un Apolo, un nuevo Apolo, un dios olímpico contemporáneo nuestro…
— Entonces… ¿no vino para que sea monaguillo? Porque me cansé de estar parado ahí en la misa delante de todos. A veces me pedían que lea y… yo no leo así, taaan bien…
—No, Comanche, no… no… no… —el padre respiró hondo y miró el cielo. ¡Todo era tan difícil!— Si te parece bien me gustaría probarte, ver cómo jugás. Vine con algunos jugadores…
— Es que no sé si quiero jugar…
— Bueno, en ese caso… Necesito un monaguillo para la misa de mañana…
— ¡Padre no quiero ser más monaguillo!
— Entonces ayudanos, Comanche, ayudanos, necesitamos ganar este partido.
Comanche bajó la cabeza.
— Bueno…, bueno, acepto.
— ¿Te parece que mañana hagamos unas prácticas?

Comanche miró el horizonte. La naturaleza lo llamaba, parecía sentir que traicionaba su espíritu salvaje.

— Está bien, padre. Mañana. Mañana hacemos las prácticas.
Y dándose vuelta, Comanche caminó dos pasos y, con desgano, pateó una piedra que se elevó en una parábola  precisa y cayó detrás de una de las lomas de la tosquera. Enseguida unas plumas se elevaron por el aire.  

(Continuará…)