Manteca: «De saco y corbata»

—Permiso —dijo la sensual voz femenina—, ¿me oyen?
El potente murmullo se apagó lentamente.
—¿Me oyen bien? —volvió a repetir la sensual voz.
—Seeee —repitió un grupo de espectadores.
—¿Cómo? No escuché…
—¡Seeeeeeeee! —se acompló ya casi la totalidad del público masculino.
—¡Aia! ¡Cómo me gusta escuchar la voz de los hombres respondiendo como hombres!
Otra vez el murmullo creció y se notó que la masa humana se movía.
—Y, díganme… ¿tienen ganas de verme…?
—¡Seeeeeeeeeeee! —la fuerza de la respuesta produjo un temblor hasta en los parabrisas de las camionetas.
—¡No escuch…! —pero la voz femenina se perdió en un grito de estadio, un grito de guerra.
—¡SEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! —reventó la gente que ya no podía quedarse quieta y en diferentes lugares de la plaza podían verse riñas y empujones nerviosos.

Un paño de liencillo pareció sacudirse al costado y salió caminando hacia el centro del escenario una mujer con el pelo suelto color madera, una remera que alcanzaba para tapar dos tetas que se adivinaban impecables bajo las barranquitas de género blanco, una cinturita que podía sujetar un pantalón con un reloj de pulsera, una pollerita de tablas celeste, dos piernas pálidas que bajaban como chorros de leche hasta dos tacos aguja que la hacían caminar como una madame veterana. Dos hombres trataron de trepar al escenario y apareció un guardia con un palo que les pegó en la cabeza hasta que cayeron, al tiempo que otro intentaba trepar por un costado, y el hombre fue hasta allá y repitió los golpes con el palo y también este último cayó como una manzana del árbol.
—¡Hola, chicoooooos! —gritó frente a un micrófono que llevaba en la mano y caminando por el escenario la diosa de la belleza, y la gente reventó en una aclamación eufórica.
—¡WWWWAAAAAAAAAAHHH! —gritaba la gente.
—¡Qué lindos los homb…! —pero no podía terminar de entenderse la frase a pesar de la amplificación de los parlantes de la plaza porque en ese momento ella giraba y su pollerita de tablas se levantaba al viendo dejando ver claramente la redondez inferior de sus nalgas redondas.
—¡WWWWAAAAAAAAAAHHH…!
—¿Les gusto?
—¡…AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
La muchedumbre gesticulaba, se movía, chocaban entre ellos, los guardias volteaban a los que intentaban treparse al escenario con barretas de metal, sin embargo el sonido pasó a ser un monótono constante y potente.
—¡…AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
—¿Así que les gusto mucho?
—¡…AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
Cada vez que preguntaba algo se detenía de golpe y la pollerita flameaba, y su top blanco se agitaba mostrando las cumbres de las fantasías de todo un pueblo.
—¡Aia! ¡Cuando los escucho así me pasan cositas…!
—¡…AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…! —el murmullo subió dos tonos, pero visualmente la gente estaba descontrolada, muchos de ellos se pegaban fuerte, otros saludaban y saltaban con sus caras sangrando, sus puños tajeados, el olor a huevo era tan denso que se hacía visible como una nube sepia de smog en una franja de sesenta centímetros flotando a la altura de las cinturas del público.
—¡Ay! ¡Qué lindo sos vos! ¡Sí, vos, el gordito del sombrero! ¡El que tiene mostaza en el bigote! Qué carita de pícaro…
—¡…AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…! —Casi de inmediato el gordito desapareció entre las cabezas y se pudo ver solo cómo bajaban los puños con furia sus vecinos celosos.
—Chiquis, ¿ustedes me harían un favor…? —la multitud se bandeaba como la copa de un árbol soportando el viento— Porque se acerca el partido del pueblo y… y a mí no me gusta perder…
De la nada se enarbolaron dos ramas grandes con una lona blanca que decía “Te doy hasta que el Pato Donald consiga laburo”, se podía ver que la gente llegaba corriendo por las calles…
—Necesito que me hagan un favor, ¿alguno me ayuda…?
Otra vez la marea de hombres se pegaba trompadas y gritaba sangrando absolutamente enloquecida por el proceso químico que esa voz y esa imagen del escenario les producía.
—Necesito que los que pueden colaborar con el partido…
El murmullo era monótono, sordo y constante.
—…se anoten en la mesa donde está mi amigo, mi gran amigo Manteca…
Cómo si Dios hubiese puesto pausa la plaza enmudeció. Se notaba que la tensión sexual estaba latente, pero la gente miraba fijo el escenario. Toda esa energía era la potencia de una bomba nuclear menor, había que hacer algo urgente. Al fondo de la plaza se escuchó a alguien toser.
—¡Aia! Me rasco una teta… —dijo la Ninfa y sumergió su mano debajo de su minúsculo top.
La gente reventó.
—¡…AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
Abajo del escenario, Manteca, el cura y el doctor respiraron hondo.
—¿Entonces me ayudan?
—¡…AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
—¡Aia! ¡No los escucho…!
—¡SSSEEEEEEEEEEEHHHH! —gritó ese silo humano de testosterona viva, y ella empezó a hacer unos bailecitos adolescentes.
—Manteca entre los anotados va a sortear a uno para que yo le dé un besito en la nariz. ¿Quieren?
—¡…AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH…!
—Muy bien, Manteca va a estar abajo anotando a todos. No me gustaría que le pase nada, ¿me lo cuidan a mi Mantequita…? —y lamentablemente la diva monumental al terminar de preguntar eso hizo un pucherito.
La gente saltó arriba del escenario y los guardias clavaban rastrillos de alambres en los pechos y piernas de los desbocados, pero no había manera. En la volada un guardia la agarró, se colgó de unos cables, cayó en el piso y corrió con ella por una calle. La mujer miraba por sobre el hombre del custodio la masa humana que la seguía. Ya había perdido su top y si el custodio tropezaba o se cansaba perdería cualquier oportunidad de seguir animando festivales. Apareció de la nada un camión de hacienda, abrieron la puerta, subieron y arrancaron lenta pero de manera constante hacia cualquier ruta provincial.

 

Manteca ya había anotado dos mil seiscientos noventa y tres personas cuando uno se paró frente a la mesa.
—¿Sabés que no soy estúpido? Vos no cagaste la orgía y yo… yo te voy a matar. Vine para matarte.
Pero no alcanzó ni para susto. Una rama pesada apareció por atrás y otra vez la sangre y la gente lastimada.
—Degaleh a la shiqueta esah que hablaba in bolah que io lo salvé, ¿se…?
—Sí —dijo Manteca—, ¿cómo es su nombre?
—Ilmío, Pelón.
—Ilmío…
—No, no, que mi nombreh éh Pelón
—Ah, a ver… Peeeee-lón, listo, anotado. Gracias, Pelón, yo le digo.
—Gracia.
—Manteca, la verdad que no sé cómo hiciste, pero sos un genio.
—Padre, yo sé hacer las cosas. Le pedí un día, ¿cuanto vamos?
—Para mí, un siglo. Es el día más largo de mi vida.
—Yo creí que el curita y yo pagábamos por vos, Manteca.
—No, doctor. Pero bueno, ya podemos empezar con el entrenamiento…
—Y ¿para qué querés a toda esa gente que convocaste, Manteca?
—Para nada, era la única manera de anotar con nombre y apellido a aquellos que se comprometen a no cagarme a trompadas. Me da pena Tetita…
—¿Tetita?
—Sí, la chica del escenario, la quiero mucho…
—¿Tetita le decís?
—No, se llama Tetita. Vicky Tetita Chesterhood Longland. El “Tetita” era el apellido del padre. Después dicen que no hay que fijarse en los apellidos…
—¿El padre era de apellido Tetita?
—Sí, Lucas Tetita. Dicho así solo jode el apellido, pero en una familia inglesa, el Lucas era peor que el apellido.
—Pobre tipo… —el cura meneaba la cabeza lentamente.
—Hay gente que la pasa mal… —el doctor metió sus manos en los bolsillos y miró para el costado.
—Una vida… —Manteca miró el cielo que ya se teñía de azul oscuro— una vida de mierda. Pobre Lucas…
—Juntá todo, Manteca. Mañana empezamos con el entrenamiento, y quiero que se termine esta historia de la Tetita y la Negra y qué se yo cuanto.
—Perfecto, padre. Hágame un favor, ¿puede convocar al equipo en la cancha para mañana a las seis de la mañana…?
—Por supuesto.
—¿…todos de saco y corbata?
—¿De qué?
—De saco y corbata…

(Continuará…)

El guardaespaldas