Manteca: «El picadito ese…» (2da temporada)

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Una introducción obligatoria.
Por razones de carácter personal Manteca debió ser interrumpido  hace varios meses, por lo que me disculpo ante los que hayan estado siguiendo esta historia, y ante todo el staff del Mendo. Pero jamás dejé una historia sin terminar.
Le prometí a Bomur que en abril volvía Manteca. Bomur, acá está.

Manteca, 2da Temporada.

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(En el capítulo anterior «Nada cuesta veintiocho» el grupo llegaba al pueblo donde un jugador llamado «el Juglar» parecía ser el mejor regalo de Dios para con el fútbol. De manera casual el grupo lo encuentra en un bar-almacén comprando yerba.
«Lo que sigue, yo diría,
si por mí el Juglar dijese,
es lo que el fútbol obliga
a aquel que lo poseyese.»

Manteca)

— El juglar dio su respuesta.El picadito ese 04
— ¿Cuál fue?
— Acepta el trato.
— No sabe lo que nos alegra —le dijo el cura al representante—. ¿Cuándo podemos verlo jugar?
— Ahora mismo. Los está esperado en el Cruce de la Manca, cerca de la vía.

Pasando el cruce un camino de pedregullo que viboreaba en la incertidumbre los llevó hasta una tranquera castigada por el viento y la lluvia. Cruzando la tranquera siguieron una huella que se sumergió en un monte verde y tupido donde en algunos tramos fue necesario encender las luces de la camioneta. Al salir de allí, un campo libre de pasto corto rodeado de gradas de madera de hasta diez niveles y letreros con propagandas extranjeras y puestos de venta de comida y líneas de cal pintadas sobre el pasto y altas columnas de metal con nueve focos cada uno y pequeñas construcciones con vestuarios y bares y un amplio estacionamiento y el aire rancio y dulzón de máquinas funcionando y el viento sacudiendo los banderines de las tribunas…
— ¿Estamos en una cuarta dimensión? —preguntó el Negro— ¿Esto es parte del mundo en donde vivimos?
— Creo que tuvimos un accidente y estamos en el paraíso… —dijo Curuchet.
— No, así no es el paraíso —dijo de mala gana Fifilín.
— ¡Miren! —gritó el Gordo Sinetri— ¡Allá hay unas…! ¡Unas porristas!
— De acá parece que están buenas… —dijo Curuchet.
— Y son ¿seis…? ¿O son…? —pero apenas el Negro dijo eso  la Norma lo enmudeció con un cachetón en la nuca.
— ¡Qué andás contando mujeres vos!
— Hay una que lo mira al Negro… —dijo Fifilín mirando de reojo a la problemática pareja.
— ¡Ni se te ocurra, Negro! —sentenció la Norma.
— Pero ¿dónde está el Juglar? —preguntó el cura.
— Le voy a preguntar a las chicas, padre.
— Voy con vos, Curuchet.
— Pero, Fifi, vos sos un demonio, ¿igual podés…?
— Je… Ese es mi mayor atractivo, Curuchet.
— ¡Vamos, gordo!
— Dejá, Curuchet, me quedo acá buscando al Juglar.

Curuchet y Fifilín cruzaban el amplio campo de pasto corto mientras veían que las chicas hablaban entre ellas y se reían.
— Curu, ¿el Gordo no será puto?
— ¡Pará, Fifi! Porque no quiera venir no es puto. A lo mejor se puso tímido, andá a saber…
— No, yo lo digo por cómo te mira…
— Cómo me mira quién, ¿el gordo?
— Sí, lo veo que te mira mucho.
— ¿Cuándo?
— No sé, cuando hablás, cuando no hablás… bah, te mira todo el tiempo. ¿Nunca lo notaste?
— No.
— Bueno, más raro todavía, porque quiere decir que cuando lo mirás saca la vista.
—Oíme, Fifilín, que no sea una boludez tuya porque…
— ¡Uuuh, para qué hablé! ¡Qué pelotudo que soy! Olvidate de lo que te dije, no te mira nada.
— Pero ¿en serio lo viste mirándome?
— No, era joda, no hablemos más, Curuchet.
— Pero, ¿cómo me mira?
— Basta, era mentira, me equivoqué. No te mira.
Cuando Curuchet lo estaba por agarrar de las solapas se empezaron a escuchar las vocecitas agudas de las chicas que cuchicheaban entre ellas.
— ¡Mirá, Curuchet, mirá cómo nos miran! ¡Están muertas de ganas!
— ¿Te parece? ¿Solo porque se ríen…?
— No seas tan pelotudo, andá a saber hace cuánto tiempo que están acá solas. ¡Tal vez lleven horas de abstinencia sin estar con un tipo!
— Qué linda que está la morocha…
— ¡La morocha de la punta! ¡Sí! ¡Y mirá la petisa…! Qué bien le quedan esas calzas blancas…

— Pero ¿qué lugar es este? —preguntó el cura— Parece un oasis de pasto cortito y verde en el medio del desierto de Atacama.
— Padre… —alcanzó a decir el Gordo que señalaba hacia un grupo de abedules del monte.
El cura giró la cabeza y no es que se impresionara tanto por los dos elefantes que salían del monte ensillados con túnicas de arpillera coloreadas de blanco, azul y colorado, ni por los hombres que hacían malabarismos con pelotitas montados sobre monociclos, ni tampoco por la banda de seis trompetas, bombo, redoblantes y trombón que apareció detrás, tampoco lo distrajo el grito histérico de las porristas que abandonando a Curuchet y Fifilín corrían hacia la fanfarria de circo que ganaba paso por el campo como en una primera práctica de carnaval, lo que más le impresionaba al padre era que el gordo mánager del juglar venía sentado sobre un matungo bayo matado por todo el lomo con peladuras de hambre y que el juglar no estaba.
— Pero ¿qué carajo hace el gordo este floreándose con toda esta payasada…? —ante el silencio el padre lo miró al gordo Sinetri, tenia lágrimas en sus pómulos.
— Yo… —titubeó el gordo—, …yo quiero que gane el juglar.
— ¿Qué gane qué?
— No sé, ¡que gane! ¡Qué lindo es esto, padrecito!
Los elefantes a cada paso hacían vibrar levemente el suelo y la sensación era pavorosa.
— ¿Lo ves al juglar, gordo?
— No, no lo veo jugar, ¿dónde está?
— Que si lo ves “al Juglar”, no jugar al Juglar.
— ¡Padre, mire! ¡El elefante de la derecha nos miró! ¡Nos miró, padre!
— Bueno, listo, ya me llené las pelotas de toda esta pelotudez.
— ¿A dónde va, padre?
— Ahora me van a escuchar estos del circo…
— ¿Le va a hablar al elefante…?
Apenas avanzó unos pasos un espectáculo claramente inesperado comenzó. El elefante de la derecha aceleró el paso y tomó para cualquier rumbo. “¡Se dispara, se dispara!”, gritó el gordo arriba del matungo que ni siquiera tembló el músculo para sacarse las moscas. El matungo ni el gordo tampoco. Tres monocilistas saltaron de sus ruedas y corrieron al elefante gritándole “¡Relojito, Relojito!”, la banda dejó de tocar “Michel row the boat ashore” y arrancó con “When the saints go marching in” sin que nadie lo sugiriese, en un instinto musical infalible. Dos de los que corrían a Relojito quedaron colgados de la arpillera cuando el elefante empezó el trote llevándose puesto un alambrado de seis hilos y un bebedero antes de sumergirse en la espesura del monte donde ya solo se reconocieron las fuertes pisadas y los lamentos de sus jinetes involuntarios. El otro elefante quedó solo e imparable, aunque al paso, inmutable, destruyendo unas sillitas de plástico y marcando una parte del impecable campo de fútbol. El grueso de los monociclistas lo siguió sobre sus vehículos haciendo sus monerías como para no ensombrecer el espectáculo, y todos ellos se perdieron en un barranco del lado donde se pone el sol. El cura llegó hasta el gordo que taconeaba el viejo caballo que estaba detenido en cualquier parte del camino con la mirada en la tierra, como repensando toda su vida de paso corto, pasturas amarillas y mataduras con queresa. La banda hacía cinco minutos que se había acomodado con las porristas alrededor de un tablón apoyado sobre dos tanques de doscientos litros que hacía de despacho de bebidas. Curuchet y Fifilín estaban parados lejos de todos los lugares donde pasaba algo, mirando a las empalagosas mujeres.

— Dígame, ¿dónde está el Juglar? —preguntó el cura cuando llegó al lado del gordo.
— ¿Usted puede creer? El caballo se quedó quieto, no quiere avanzar.
— Bájese.
— ¿Del caballo?
— ¡Claro! Bájese y vemos qué le pasa.
— Pero si me bajo ya no me va a importar lo que haga el caballo. Yo quería…
— ¡Bájese! —ordenó el cura.
Apenas el gordo puso la primera alpargata en el suelo el caballo apoyó las dos rodillas delanteras en el suelo, luego plegó las traseras, se ladeó sobre el pasto y en unos minutos dejó de respirar.
— Otro caballo que se me muere… ¿Será el calor?
— ¿Dónde está el juglar? Usted dijo que…
— ¡Sí, sí! Pero ¡qué impaciente! Ahora llega. Le dije que tarde unos minutos por el desfile. Venga, acompáñeme. Lo invito con… con… Bueno, tenemos confianza, evitémos las formalidades, ¿no le parece? Si quiere algo allá está la barra. ¿Sabe? Yo solía ir a misa…
— Disculpe —interrumpió el cura—. ¿Cómo es su nombre?
— Simón.
— Simón, cuando llegue el Juglar me avisa.
Y el cura dio media vuelta y se fue hacia el Negro y la Norma que probaban sus pies sobre las profundas huellas que el elefante más sereno había dejado sobre la cancha de fútbol.
— ¿Y, padre? ¿Novedades?
— Todavía no llega porque el gordo le dijo que llegue más tarde.
— ¿Al elefante…?
— No, Negro, hablo del Juglar. ¡La reputísima madre, me llenaron las pelotas con este desfile barato!
— ¡Perdone, padre, es que esto es muy poco común! —dijo el Negro.
—Es raro ver un elefante suelto por el campo —dijo la Norma.
— O tantas señoritas de pollera cort… —el cachetazo hizo que desde la tabla del bar los de la banda miraran a la lejana pareja que estaba allá, donde las huellas del elefante.
— Creo que no voy a esperar nada —dijo el cura—. Me cansó todo esto. Me parece que esto del Juglar es todo mentira. Es un gran engaño del gordo este…
—Si yo fuera usted no me iría a ninguna parte. Mire, padre…
— ¿Qué cosa, Negro…?
— Allá, por los abedules, por donde venía la fanfarria…
Iban saliendo de entre los árboles, desde el oscuro monte, jugadores y jugadores, todos con una camiseta rayada colorada y amarilla. Todos menos el primero de ellos, el petiso de adelante que traía una camiseta blanca. Salían y salían jugadores de entre los árboles. El gordo Simón llegó en un trote lamentable que hacía dudar de si no sería el último de su vida.
— ¡Padre! Padre… ahí llega el Juglar…
— Y ¿quiénes son todos esos que vienen con la misma camiseta?
— Son los equipos contra los que entrena. Le quiere hacer una demostración, por eso lo invitó a un entrenamiento. Padre, ya puede quedarse tranquilo. El picadito ese que tienen con el otro pueblo delo por ganado…
— No es el primer goleador que vemos, Simón. Y no sé si será el último.

 

(Continuará…)