Manteca: «La Carpa»

— ¿Y este lugar…?
— No sé, Tordo, pero es descomunal.
Del auto de Curuchet ya habían bajado los otros ocupantes y avanzaban susurrando al aire.
— ¿Nos equivocamos? —preguntó Curuchet— ¿Qué lugar es este?
—No… No, Curu. Allá abajo está la cancha. Se ve clarito.
— Bueno… Bajemos entonces —dijo el Tordo.
— Saquen sus abrigos y cosas del auto porque… porque volver al auto va a ser… va a ser complicado —dijo el cura.

Y todos los ocupantes de los autos caminaron hasta el borde de la extraña meseta de aquella sierra hueca, hueca a propósito por un boquete inmenso que se hundía profundamente entre la roca del cordón montañoso descendiendo cientos de metros hacia abajo donde una explanada, también en apariencia artificial, se desplegaba ampliamente por debajo del nivel del suelo exterior. La planicie donde estaba marcada la cancha era más grande que el tamaño de lo que la sierra pisaba el suelo. Se podía adivinar a medida que se bajaba por el sendero picado a la piedra cómo una ranura oscura de los costados de la sierra escondía construcciones y estructuras por debajo del límite picado a la roca. El sendero bajaba en caracolitos cerrados que cada quince vueltas tenía una suerte de descanso, de entrepiso. Abajo, la cancha de panes de pasto colocada sobre macizo de piedra picada a siglos de historia se veía chiquita, se veía entera.

A medida que iban bajando un viendo direccional, paralelo a la montaña, empezó a soplar con fuerza.
— ¡La reputa con el viento,
que parece un remolino!
¡No se enojen si en un rato
devuelvo achuras y vino…!
— Juglar —le gritó el cura—, agarrate de Fifilín y mirá para arriba para no vomitar.
— Fifilín se hizo humo cuando apareció el chimango volándonos cerca de las latitas de paté —dijo la Norma.
El viento dobló la fuerza de su paso y ya era difícil mantenerse de pie.
— ¡Negro! —el viento hacía difícil escucharse— ¡Fijate si en las mochilas…!
— ¡No, padre! ¡No es Godzilla, es viento fuerte nomás…!
— ¡No, Negro, fijate si trajimos la carpa…!
— ¡Padre —interrumpió el doctor—, lo de las arpas es un cuento! ¡Cuando morimos, morimos nomás, sin arpas!
— ¡Carpa! ¡Carpa, tordo!
El viento arrancó una sillita de las manos de Curuchet y la llevó volando como hoja seca.
— ¡No sé qué para qué lo quiere, padre, pero a la vuelta carpimos lo que quiera, ahora sigamos avanzando así, con el pasto largo!
Era tan difícil mantenerse en pie que el esfuerzo hizo que el cura se enojase menos. En cuanto pudo se despegó de la pared de piedra y se lanzó sobre la mochila que llevaba el Negro colgada.
— ¡Ah, usted quería el morral, padre!
— Mochila, la puta que te parió, Negro forro, ¿desde cuándo le dicen morral a las mochilas?
— ¡No sé —gritó la Norma mirando al Negro— pero si el corral es un lugar donde se guardan los caballos, no parece raro que en un morral se guarden cosas que empiecen con M, como Merthiolate, por ejemplo!
— ¡Cómo mermelada! —contestó en otro grito el Negro.
— ¿Y por qué te interesa si estoy depilada? —le gritó de mal modo la Norma.
El cura sacando repasadores y vasitos que apenas salían de la mochila se volaban como polvo del camino de pronto hundió la mano y sacó el tubo grueso de la carpa empaquetada.
— ¡Acá está la carpa! ¡Curu! ¡Negro! ¡Juglar! ¡Vamos a armarla para proteger las cosas!
— ¡Pero, padre, se va a volar!
— ¡Aunque armemos esa carpa
con destreza y decisión,
apenas entremos todos
salimos como en avión!
— ¡Callensé y ayúdenme a armar la carpa!
Apenas desataron el nudito de la piola que la mantenía enrollada la carpa se abrió como un paracaídas y los cuatro salieron volando agarrados de los bordes, y Curuchet quedó embolsado en lo que sería el interior de la carpa.
— ¡Padre! ¡Padre…!
— ¡Qué pasa, Negro!
— ¡Padre! ¡Las estacas quedaron en la mochila!
— ¡Negro, la puta que te parió! ¿¡No ves que estamos volando!?
La carpa volaba a gran velocidad paralela y cerca de la pared del inmenso hueco de la sierra. Era como girar en círculos por el hueco de un volcán. En muy poco tiempo ya habían dado una vuelta y pasaban cerca de la expedición de jugadores que bajaba por la ladera.
— ¡Vayan bajando! —les gritó el cura.
— ¿¡Qué dijo!? —preguntó Manteca a la Norma.
— ¡Que están viajando! —respondió la Norma.
— ¡Ahora cuando vuelvan a pasar preguntémosle si vamos bajando! ¡Ellos lo más probable es que bajen con la carpa!
Los pasajeros agarrados de la lona volvieron a dar la vuelta. El grupo parado entre las paredes de la montaña veían venir una lona a la que le colgaba un habitáculo en donde se veía la cara de Curuchet que miraba para los costados como quien viaja en un funicular, y tomados con fuerza de la lona, flameando, venía el resto. Pasaron de nuevo al lado de ellos.
— ¡Padre, nosotros vamos bajando! —gritó Manteca.
—¡No! ¡No se alejen! ¡Bajen todos juntos! —gritó el padre a medida que la aerocarpa pasaba a su lado.
— ¿¡Qué dijo?! —preguntó Manteca.
— ¡Que por suerte que no tejen, porque se les saldrían todos los puntos! —dijo la Norma.
— ¿¡Sabés qué!? ¡Bajemos sin ellos!
— ¿¡Quiénes son bellos?!
— ¡No importa! ¡Bajá, Normi!

El cura, el Negro, el Juglar y adentro Curuchet volaban en círculos. Cuando el cura vio que el equipo volvía a moverse hacia abajo suspiró.
— ¡Están bajando! ¡Ahora tenemos que tratar de bajar nosotros! —gritó el cura.
Pero de la nada un bólido los cruzó muy cerca y sacudió la lona doblándola y haciendo casi perder la aerodinámica.
— ¡¿Qué fue eso?!
— ¡Es una sombrilla, padre! ¡Allá vuelve otra vez! ¡Tiene tres tripulantes a bordo!
La sombrilla no iba en círculos cerca de las paredes del cono sino que giraba de manera aleatoria incluso de a ratos subiendo nuevamente ante el pánico y el llanto desgarrador de sus tres pasajeros que viajaban agarrados del palo.
— ¡Padre, nos da! ¡La sombrilla nos da!
— ¡Juglar, juntá las rodillas y hacete bolita!
El juglar que estaba en la otra punta opuesta a la del cura se puso en posición fetal con las rodillas en el pecho y con las manos estiradas tomándose de la lona. El aire encontró mayor resistencia en su nueva forma y la fricción fue más fuerte. El Juglar estaba poniéndose morado pero la aerocarpa comenzó a reducir la velocidad de su lado haciendo girar la carpa hacia un costado logrando que la sombrilla pase rozando nuevamente en una pirueta espeluznantemente ascendente. Por el contrario, y ante el pánico de todos, la aerocarpa salió de su órbita circular y emprendió una picada hacia el centro y hacia abajo. Otra vez la sombrilla los cruzó en un vuelo oblicuo esta vez con dos pasajeros, y a algunas decenas de metros vieron planear en una plástica mesita de jardín a una pareja semidesnuda tomados ambos de las patas.
—¿¡Cómo hacemos para remontar la carpa, padre?!

Pero el padre ya no dijo nada. La carpa caía en una picada rápida girando lentamente en tirabuzón. Era como un misil, como un avioncito de papel bien logrado que cruza en línea recta. Era el fin. La cancha de fútbol se veía más grande cada vez.
— ¡Padre!
— ¡Sí, Curuchet! ¡¿Qué pasa?!
— ¡Vayan levantando la carpa o nos vamos a reventar contra el estadio!
Pero el padre volvió a callar. La caída libre le hizo valorar más la altura. Estaban cayendo como piedra y sin embargo tardaban mucho en llegar al suelo. La agonía era terrible. Lo que más temía era que le vuelvan a preguntar qué hacer para salvarse.
— ¿¡Padre!?
Pero ya no contestó.

Le dio un falso consuelo ver a siete personas agarradas de un colchón también cayendo en picada aunque más rápido que ellos. También los pasaron un grupo de veinte tipos agarrados de un cartel publicitario de ruta. “¡Padre!” escuchaba cada tanto, pero el cura miraba para los costados. No había solución, la cancha se veía cada vez más grande, entre ellos y el suelo se veían los grupúsculos de personas agarradas de diferentes cosas que los iban pasando. Todos iban a reventarse contra el piso. Aunque…
El cura de pronto miró para arriba, volvió a mirar el piso, miró a los que estaban cayendo… Pero ¿qué es lo que está pasando…?

 La carpa 1

 

(Continuará…)